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Hienas anónimas en Twitter

El caso de Lucca y sus padres revela el matonismo al que poco a poco se le ha dado derecho de ciudadanía en las redes sociales.

El periodista español Javier Gómez Santander escribía no hace mucho un texto entrañable sobre la muerte de su hermano, quien además de haber pasado toda su niñez en una silla de ruedas, a los 16 años desarrolló cáncer. Para cuando fue diagnosticado los médicos no le dieron más que unas semanas de vida. A la casa que sus padres habían ido construyendo poco a poco siempre le había faltado una rampa. En ese punto, ambos se preguntaban si valía la pena empeñar esfuerzos en ella o si se rendían al hecho de que los médicos habían desahuciado a su hijo.

“Entonces —narra— hicieron algo absurdo, algo hermoso, algo de padres: decidieron construirla”. Lo maravilloso de esta historia es que cuando la familia comenzaba los trabajos, hombres de todas las casas cercanas, hombres de 40, de 50, 60 y 70 años empezaron a salir con ropa de trabajo, poniéndose guantes, para hacer la rampa para el joven que vivió casi un año más para usarla.

Las razones de Javier Gómez para hurgar y abrir a los demás algo tan íntimo es simple: “Para mí, esos hombres viniendo significan la palabra barrio. Porque en Lluja [su barrio] nunca nos han dejado sentirnos solos. Porque esa mañana de hace casi 20 años contiene todo lo que me enamora del ser humano”.

Esta semana ocurrió un incidente en un negocio de entretenimiento familiar llamado Recórcholis, al interior de una plaza comercial en la Ciudad de México. Los protagonistas de la historia fueron la periodista Bárbara Anderson y su hijo Lucca, de cinco años, quien tiene parálisis cerebral infantil.

Además de hallarse con que el elevador para personas con discapacidad estaba descompuesto, Bárbara y Lucca se encontraron en el lugar con empleados sin criterio ni preparación para darle las facilidades para acompañar a su hijo y hacer uso de los espacios y los juegos. Anderson dio a conocer lo sucedido en sus redes sociales.

Lo que vino en las siguientes horas fue la activación de un grupo de cuentas con similar número de seguidores y de tuits, anónimos que se siguen mutuamente y dialogan con familiaridad, aunque un gran número de perfiles fueron creados en octubre de este año. El equipo detrás de estas cuentas inició una campaña de más de 24 horas de amenazas, fotomontajes denigrantes del hijo de Bárbara y mensajes violentos del tipo “Si tienen hijos lisiados enciérrenlos en un sótano y no los exhiban”, solo por citar uno de los menos miserables.

El estudio Preventing, Redressing and Inhibiting hate speech in new Media, financiado por el Programa de Derechos Fundamentales y Ciudadanía de la Unión Europea, establece que desde el anonimato, la gente tiende a sentirse más cómoda expresando desprecio, lanzando ofensas o humillando y deshumanizando a otros, asumiendo que no serán descubiertos ni tendrán que lidiar con las consecuencias. La despersonalización y la distancia ilusoria que se establece en relación con el mundo real hace también que la mayoría de los autores de mensajes de odio sea incapaz de enfrentar a las personas que agreden más allá del teclado.

Por supuesto, las leyes relacionadas con los delitos de odio siempre persiguen conductas que son primero, y fundamentalmente, conductas criminales, además de que no todo el discurso ofensivo es susceptible de ser sancionado por la vía penal. No obstante, algunos académicos consideran que el discurso de odio en la red abarca más que las conductas conocidas; hay otras en las que se percibe un componente de intolerancia que no es penalmente relevante, pero sí altamente lesivo, pues el agresor selecciona a su víctima sobre la base de características personales del colectivo al que pertenece o manifestaciones de la propia identidad y por tanto íntimamente ligadas a la dignidad personal. Ahí entran —y este es el caso— la enfermedad o la discapacidad.

El caso de Lucca y sus padres revela ciertamente el matonismo al que poco a poco se le ha dado derecho de ciudadanía en las redes sociales. Sin embargo, la violencia verbal y la “tempestad de mierda” no vinieron de la miseria de personas inhibidas y frustradas escondidas en el anonimato, sino de perfiles creados con fines de acoso, manejadas por varias personas que rinden cuentas y cumplen cuotas. Basta con observar a quiénes siguen dos de las cuentas agresoras con mayor antigüedad, @TotodileSDC_ y @DonZambucas, para encontrar a todos los autores de las amenazas e insultos contra la periodista.

A esto se añade el hecho de que a la mañana siguiente del incidente, circuló el pantallazo de un supuesto mensaje insultante de la cuenta de Twitter de Recórcholis, que fue compartido por las decenas de golpeadores de este grupo de manera simultánea, pero que había sido elaborado con photoshop.

Tras cada una de las personas que desde el anonimato buscaban herir personalmente a Bárbara Anderson está presente la ignorancia del sicario a sueldo que después de acribillar duerme normalmente. “Hienas”, les llama el esposo de Bárbara.

Vuelvo al relato del inicio sobre cómo las personas son capaces de obras que crean comunidad. En un pasaje de la novela Ánima, del libanés Wajdi Mouawad, el protagonista descubre a una rata de alcantarilla que lo ha acechado durante minutos mientras él busca al asesino de su esposa. Lejos de atacarla, le tiende la mano. “No todos los humanos son trampas —dice el roedor en la ficción—, no todos son veneno, quiero decir con esto que no todos son humanos, algunos no han sido infectados por la gangrena”. ~