artículo no publicado
Foto: Gage Skidmore/flickr

El ruido y la furia: interpretando a Donald Trump

La interpretación simultánea es uno de los procesos cognitivos más complejos que existe; los hábitos discursivos de Donald Trump han añadido a la práctica un nivel de complejidad extra.

Hay pocas cosas más misteriosas que el cerebro de un intérprete simultáneo.  Quien observe a uno en funciones –sentado detrás de un cristal traslúcido, unos audífonos cubriéndole los oídos, pronunciando palabras a medio metro del micrófono— corre el riesgo de pensar que un intérprete no hace más que escuchar y hablar. Al igual que el ecuánime funambulista que da pasos aparente sobre una cuerda floja o el cirquero que malabarea distraído seis pelotas, el trabajo del intérprete simultáneo puede parecer, para quienes desconocen las dificultades de la traducción, más sencillo de lo que es.  

Pero la  interpretación simultánea –la forma oral de la traducción– es uno de los procesos cognitivos más complejos que existen. Es tan complejo, de hecho, que los neurólogos que han intentado descifrarlo no lo han logrado aún. Saben que la interpretación requiere el uso del sistema motriz. Que requiere de una alta capacidad de memoria. Que se necesita coordinación entre pensamiento y oído. Que las actividades las coordina una zona del cerebro llamada núcleo caudado. Pero la forma exacta de interacción entre estas funciones sigue representando una  interrogante para científicos e intérpretes por igual. Ante la pregunta de cómo hacía su trabajo, la intérprete veterana Lynn Visson alguna vez lo comparó con “preguntarle al ciempiés cómo camina”. 

Para el intérprete, que debe construir un discurso coherente en otro idioma en tiempo mínimo, pocas oradores son más difíciles que los trastabillantes, los inconexos, o los que cuentan chistes y comparten los refranes de su pueblo. Los mensajes políticos, en cambio, suelen ser sencillos de traducir: discursos sometidos ya al escrutinio de un equipo de asesores. Palabras sin ambigüedades, pulidas por los orfebres del publirrelacionismo.

Al no ceñirse a las reglas de la comunicación política, Donald Trump es un político anómalo. Su éxito ha recaído, en buena medida, en una estrategia que va contra las formas consabidas del discurso: más que con sus mensajes, ha enamorado al público con su capacidad de improvisación.

Y los intérpretes lo han sufrido.

En todo el mundo, los profesionales de la traducción se han quejado de sus propuestas inconexas, de sus ideas mal formuladas, de sus palabras inventadas. La ciencia los respalda: de acuerdo con un análisis de la Universidad Carnegie Mellon, el vocabulario de Donald Trump es comparable con el de un niño de primero de secundaria; y su gramática, con el de uno de sexto de primaria. Mientras que Abraham Lincoln –el presidente más elocuente, según el estudio- era devoto de Shakespeare, las palabras de Trump asemejan un pasaje célebre de ese autor: aquél donde Macbeth alude al “relato de un idiota, lleno de ruido y de furia, que nada significa”.

Para un intérprete simultáneo, interpretar ese relato idiota resulta complejo. Contrario a lo que podría suponerse, traducir las palabras de un imberbe puede ser más difícil que traducir a un doctor en matemáticas: un intérprete experimentado puede estar preparado para términos especializados como trickle-down economics; pero los neologismos trumpianos como braggadocious (¿presumidérrimo?) o bigly (¿grandemente?), que no tienen traducción clara, desconciertan al intérprete más avispado.

Interpretar no sólo es dar con las palabras indicadas: los discursos tienen tonos e intenciones, y  según relata Raúl García Corona, uno de los intérpretes que ha sido la voz de Trump en televisión, lo más complicado a momentos es reproducir la carga “visceral” y “casi grosera” de las palabras del presidente. Sus insultos poco refinados (llamar a Hillary Clinton una “nasty woman”) son difíciles de transmitir al español: si se le endulza, se le mejora. Si se elige la palabra incorrecta, existe el riesgo de hacerlo más vulgar aún.

*

Un traductor entiende que la poesía y los balbuceos de, digamos, un borracho, tienen una cualidad parecida: ambas pueden ser, por razones diferentes, intraducibles. La poesía, por ser la forma más alta de una lengua; los balbuceos, por ser su forma más básica, por rayar en lo preverbal. Y aunque el sinsentido puede ser tan morfológicamente complejo como la literatura, ambas guardarán una diferencia sustancial: la poesía dice una verdad profunda, y el balbuceo no alcanza a hacerlo.  Como descubre Vicente Huidobro al final del canto III de Altazor: Después nada nada / Rumor aliento de frase sin palabra

Traducir es, con frecuencia, examinar la prosa: revelar sus imperfecciones, descubrir que lo que parecía profundo es ornamental y vacuo. Son frecuentes las historias de traductores desencantados con los autores que traducen: dado que al hacerlo miran con microscopio ahí donde el lector sólo miró de reojo, es común que encuentren verrugas donde a primera vista había lunares. La interpretación, a pesar de su inmediatez, tiene un efecto parecido: desnuda el discurso. Y en el caso de Donald Trump, la dificultad para interpretarlo es uno de tantos síntomas de su vacuidad discursiva. “Sus ideas inconexas hacen difícil hallar un hilo conductor. Por su discurso ilógico, es difícil anticiparse a lo que sigue. Hay un temor constante a oírte como una intérprete torpe”, me confiesa Ghislaine Margarita, otra intérprete mexicana que tradujo en televisión los debates de Trump. ¿Cómo reconstruir en otro idioma aquello que no tiene sustancia en el original?

Durante su campaña presidencial y en sus primeros meses de gobierno, Trump ha apostado a la emoción y no a las ideas: a los gritos en lugar de las propuestas; a los insultos y no a los argumentos. Trump es un hombre de setenta años que hace promesas inverosímiles como un niño de once. Su retórica intenta, perífrasis e hipérbole mediante, distraer al público. Y aunque es probable que algunos espectadores resulten encantados, los intérpretes, ávidos de un discurso coherente para traducir, serán los primeros en percatarse de que todo es un truco de hipnosis.   

A veces los males intérpretes pueden ser los más elocuentes. En el funeral de Nelson Mandela, por ejemplo, un intérprete de señas engañó al mundo con gesticulaciones apócrifas que nadie en su momento cuestionó. El intérprete se convirtió, sin pretenderlo, en una especie de símbolo para un país como Sudáfrica, donde a los políticos les importan poco las personas con discapacidad, incluyendo los sordos. Él estaba ahí para aparentar una inclusión social que los líderes presumen pero que socialmente no existe. Quizá el intérprete perfecto de Donald Trump sería uno que, en lugar de enmascarar sus palabras o intentar traducir lo insustancial, honrara la pobreza discursiva del republicano. Un intérprete que, en medio de un mitin, vociferara sinsentidos: exclamaciones, falsedades, odio y vituperios. El ruido y furia del idiota.

En otro idioma, por supuesto.