Cuatro postales del cierre de campaña de AMLO  | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Román Cabeza

Cuatro postales del cierre de campaña de AMLO 

1. Entrada libre y gratuita (y discrecional) 
Ayer por la tarde llegar al Estadio Azteca para presenciar el cierre de campaña de López Obrador nos tomó más tiempo de lo normal. Es cierto que la avenida de Tlalpan estaba llena de camiones, en doble o triple fila, que horas antes habían transportado a parte de los asistentes al evento, pero también era notoria la ausencia  de policías que ayudaran a gestionar el tránsito. No me queda claro si solicitar ayuda para descongestionar una calle es una prerrogativa delegacional o del jefe de gobierno, pero en cualquiera de esos casos tendría mucho sentido que un gobierno perredista no moviera ni un dedo para hacerle la vida más fácil a los seguidores de AMLO.   

Para cuando llegamos a la plaza exterior del Estadio Azteca, cerca de las cuatro de la tarde, la confusión y desorganización ya no eran atribuibles a ninguna delegación, sino a los organizadores del evento. Yo iba con otro periodista y con un “ciudadano de a pie” que, a falta de acreditación de prensa, esperaba conseguir un boleto. Dar con él fue más complicado de lo que esperábamos: no había lugares determinados para entregarlos, ni personas identificadas para hacerlo de manera oficial. Una mujer a la que pregunté en dónde conseguir uno, me dijo que si venía “con los camiones” pronto vendrían a entregarlos. Solo preguntando a las personas que ostensiblemente portaban un fajo de boletos fue que dimos con un hombre que, a los pies de la escultura del Sol Rojo de Alexander Calder –entre vendedores de merchandising que probablemente llevaba seis años embodegada– aceptó compartirnos un boleto, “aunque no los tenía para repartir”. 

Sin filas, ni guías de acceso, recorrer los 200 metros que separan al Sol Rojo de los torniquetes de entrada nos tomó más de 25 minutos entre apretujones, porras, conspiraciones (dos tipos adelante de mí estaban a la caza de “panistas con ametralladoras”) y sobre todo asombro, mucho asombro. Era la primera vez que muchos de los ahí reunidos entraban al Coloso de Santa Úrsula. 

2. El portazo de la élite 
El acceso para la prensa acreditada y los “invitados especiales” era por el túnel 19, pero a las 6 de la tarde, hora en la que finalmente nos apersonamos en el acceso, nos encontramos con un embudo de gente y unos organizadores que con malos modos trataban de enmascarar el nerviosismo que les producían sesenta personas –entre prensa, “invitados especiales” y miembros del futuro gabinete de AMLO– que exigían su derecho a entrar a nivel de cancha.  

Desde el otro lado de una pesada puerta metálica, los organizadores y unos guardias de seguridad trataban de convencernos de que por ahí el acceso ya no era posible y que habría que buscar espacio en otros túneles. Pero al grito de “¡Queremos pasar! Aquí hay miembros del gabinete”, nuestra potencial secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval, se abrió camino hacia la puerta con su esposo y dos hijas, para liderar una especie de portazo que el resto de nosotros aprovechó para colarse y que, por fortuna, resultó con saldo blanco.  

3. #AMLOFest 
Cuando empezó a circular el hashtag de #AMLOFest para el cierre de campaña, la crítica al evento era redonda: iba a ser en el Estadio Azteca, propiedad de Televisa (fue, de hecho, muy extraño oír en el recinto la estrofa de “Si el país se moreniza no nos gana Televisa”) y en donde Peña Nieto cerró su campaña presidencial de 2012 (ganándose los conocidos reproches de los seguidores de AMLO); los boletos eran de la conocida boletería Ticketmaster y portaban los logos de parte de sus anunciantes (Citibanamex entre ellos), y Belinda era el headliner del cartel de amenidades. No era un cierre de campaña, sino un festival. La política del espectáculo sin disimulos. 

Y lo fue. Pero estando ahí comprendí el acierto político de hacerlo en ese lugar. (No fui al cierre de campaña de Peña Nieto, pero quizás a él, o a su asesor de marketing de entonces, haya que reconocerles ese acierto). Presencié muchas conversaciones de genuino asombro por estar en el estadio en donde fueron las Olimpiadas, “en el que se hizo famoso Pelé”, "en donde el cabrón de Maradona metió la mano”,  “ahí mero Negrete hizo su famoso gol de tijera... “¡Aquí estuvo el Papa!”, “Acá vio mi prima tocar a un grupo que se llama U2”, “¡Menudo!”, “¡Michael Jackson!”, ¡Hasta el Kravitz, aunque acá dicen que no enseñó el pito”.  

4. El democrático despapaye 
La desorganización durante las primeras horas del evento fue desquiciante. Aunque curiosamente esa desorganización parecía darle un toque más democrático al evento. “Acá todo es parejo. Si nos jodemos, nos jodemos todos”, me dijo una señora muy oronda que sin ser prensa había intentado colarse a través del túnel 19. Hacia el final, las jerarquías habían logrado reestablecerse y los “invitados especiales” estaban ya en la cancha. Es curioso, pero en esta zona es donde menos ambiente festivo se vivía: había muchas risas forzadas, mucho abrazo sonoro, mucha voz engolada y, seguramente, mucho cálculo electoral. La fiesta estaba en otro lado, en las gradas, en la gayola.