artículo no publicado

A cien años de la revolución de Octubre: Vietnam

En Saigón y Hanói llama la atención la propaganda que el Partido Comunista despliega en espectaculares y banderines para apuntalar su causa.

La propaganda del Partido Comunista es una distracción singular en Saigón y Hanói, aunque más abundante en las provincias y zonas rurales. Banderines, banderas, estelas y espectaculares, de colores llamativos en el alumbrado público, a lo largo de las carreteras, en las construcciones a medio terminar o sobre edificios públicos, jardines de niños y universidades.

Si esta es la impronta del legado comunista a cien años de distancia bien pueden sus ideólogos actuales lamentarse. Pueriles y paternalistas, estas imágenes resultan un retroceso comparadas con la inspirada propaganda de la guerra de Vietnam, ya no digamos con la vanguardia agitprop de Malevich o Mayakovsky.

La propaganda, llana como un libro de texto, glorifica los avatares de la mitología comunista: el obrero, la campesina, el maestro. Aparecen también el soldado y el tecnócrata (qué más puede ser si porta una corbata). Detrás de ellos, en fondo rojo, con la hoz y el martillo, el recién egresado levanta un ramo de flores y celebra la reunificación del país bajo la égida viril del partido y la guía moral del padrecito de la patria: Ho Chi Minh. 

Como en cualquier medicina ideológica, importa más el ingrediente activo que la vía de administración. Al contemplar estas imágenes uno casi puede escuchar a un camarada insistiendo en denunciar la realidad del capitalismo pequeño burgués y transformar las condiciones político-sociales.

Vietnam es uno de los únicos tres países en el mundo, además de Cuba y China, cuyo poder político se concentra en un puñado de líderes cuya legitimidad y pervivencia emana de ellos mismos, léase dirigentes del Partido Comunista, a través de instituciones escleróticas de nombres arcanos como Politburó, Comité Central o Asamblea Nacional (cuyos miembros son todos del mismo partido).

Si acaso, la propaganda sirve para recordar amablemente a la población que tal es el orden de las cosas y que ningún cambio se prevé, de preferencia en las próximas décadas.

Como en cualquier otro país asiático el grueso de la población está más preocupada en acceder al estamento clasemediero que en cuestionar por qué el único partido político legalmente permitido es el comunista. O si es eficaz que la totalidad de las instituciones que enlazan al ciudadano de pie con la clase gobernante, sea para autorizar la instalación de un anafre en la banqueta o establecer un proyecto de inversión trasnacional, estén irremediablemente vinculadas al Partido Comunista.

Lo cierto es que detrás del palpable dinamismo de las urbes vietnamitas y de logros manifiestos como una economía en constante ascenso (crecimiento anual promedio de 6% desde hace más de dos décadas) o la reducción de la pobreza (sólo el 3% de la población vive en pobreza extrema; en los años noventa era el 50%), asoma una clase gobernante autoritaria y paranoica y, como es normal para cualquier régimen endogámico y nepotista, notablemente corrupta.

Pero mientras la prosperidad siga derramándose desde los escalones superiores que ascienden al pináculo de la casta celestial, no hay prisa en reformar al partido, mucho menos a su departamento de propaganda. ¿A quién puede interesarle participar en un régimen político que persigue la participación?

Curiosamente, la propaganda comunista compite por los mismos espacios y la misma atención que la publicidad comercial. En el paisaje urbano conviven los llamados al consumismo aspiracionista y uno que otro panegírico oficial a la independencia económica. No deja de ser irónico que los vicios del capitalismo se propaguen bajo la mirada tutelar, ferozmente vertical, de un partido comunista. La propaganda opera como mero ornamento. Su presencia, insulsa y desdeñable al igual que una melodía de supermercado, resulta obsoleta frente a la publicidad comercial que anuncia tabletas electrónicas, vacaciones y remedios de belleza, estos sí productos concretos y asequibles de la modernidad.

Bien puede argumentarse que en Vietnam la identidad del partido comunista se empalma con aquella de las “democracias iliberales” de Filipinas, Hungría, Polonia, Rusia o Turquía. No es que la democracia sea perfecta, pero tampoco puede sostenerse que los asuntos de gobierno se resuelven mejor entre unos pocos, que mucho saben, y que al resto, que poco entiende, sólo le corresponda emocionarse con figurines y banderolas.

Si alguna lección puede extraerse del legado comunista es que su ideología es capaz de adaptarse a cualquier circunstancia, excepto a discutir ser la única fuente de autoridad. No por nada proyecta en la propaganda su permanencia como un asunto inocente, esperando que en vez de interrogantes inspire un profundo y manso aburrimiento. No vaya a ser que alguien se pregunte si algo ha cambiado en los últimos cien años.