artículo no publicado

Pesimismo

A pesar de sus esporádicos y poco convencidos viajes de ida y vuelta a los géneros convencionales, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es más bien un terrorista de la forma: sus mejores libros florecen a distancia del país seguro y predecible de la novela, el ensayo o la autobiografía para asentarse en un lugar discretamente desdeñoso y gris, que es el único en el que se pueden mostrar las cosas raras que dice, y que quién sabe cómo termina resultando que sí era importante que fueran dichas.
     París no se acaba nunca (Anagrama, 2003), su entrega más reciente, es un libro de memorias que comienza con un gesto de olvido: el autor va caminando por el pasillo de un avión y ve que en un asiento alguien dejó el manuscrito de una autobiografía sobre el año que pasó en la capital francesa escribiendo su primera novela. Le parece curiosísimo, porque él lleva un tiempo dedicado precisamente a eso. No resiste la tentación de hojear los papeles y hasta entonces descubre que ése es su lugar y los escritos, los suyos. El lector no lleva ni dos páginas y ya está claro que en lo único en lo que no se puede confiar es, precisamente, en la memoria del autor. Para colmo, uno de los hilos que mantienen la delicada unidad del volumen es la hilarante discusión sobre el parecido físico de Vila-Matas con Ernest Hemingway, un parecido a todas luces imposible, del que sólo él está convencido —en la foto más o menos casera de la solapa, aparece imitando la postura de un célebre retrato hemingwayiano, y ni así: se ve más bien como Jack Nicholson.
     Para que unas memorias se apeguen a lo que se espera de ellas, según la tradición del género, es indispensable que el autor se suponga dueño de un concepto claro de sí mismo, y que establezca un pacto de veracidad con el lector: lo que se va a contar puede estar deformado, pero es histórico. Vila-Matas cancela esas dos garantías —es un desmemoriado sin idea ni de cómo se ve físicamente— y organiza, desde un orden misterioso pero funcional, una serie de meditaciones sobre la integración de una biblioteca privada, la fragilidad de la vocación literaria —escribir libros es acostumbrarse a la sensación de que es imposible terminarlos— y el proceso mismo de creación.
     Ahora bien: de lo que se trata un libro de Vila-Matas es, en realidad, de Vila-Matas hablando de algo y nada más, porque lo que contienen sus obras es exclusivamente otra vuelta a la tuerca de una de las imaginaciones más distinguidas y literarias de la lengua en nuestro tiempo. De ahí que los tópicos comunes al género —la circunstancia histórica, el problema filosófico de la memoria y sus transformaciones una vez que es puesta en lenguaje, el retrato preciso de algún muerto célebre— no tengan la menor importancia en París no se acaba nunca. En este sentido, el volumen es más un juego de espejos entre la caprichosa vida interior de un novelista, que siempre se ha visto a sí mismo como personaje, y las lecturas decisivas que hizo mientras escribía La asesina ilustrada (Tusquets, 1975; Lengua de Trapo, 1996). Estamos entonces ante un volumen libresco en el que lo importante no es el flujo de la realidad, sino la acumulación de hechos vitales que se podrían engarzar con una serie de recuerdos exclusivamente literarios —recuerdos de otros: la conversación quevediana con los difuntos. La relación de Vila-Matas con Marguerite Duras, por ejemplo, aunque sí es el relato de una extraña amistad —extraña porque, en todo el año en que la autora fue su casera, no sólo no le pagó nunca la renta: tampoco entendió él ni una sola palabra de lo que le dijo—, se vuelve significativa en tanto reflejo de los encuentros parisinos entre Hemingway y Gertrude Stein; en el mismo tenor, los divertidos recuentos del novelista sobre sus conversaciones con sus padres adquieren una distinguida gravedad desde el momento en que se revela su parentesco con las relaciones familiares de Kafka —no hay pretensiones en este ejercicio: Vila-Matas no se dibuja como el sufrido vástago de un padre autoritario, sino como el desconcertado joven que un día descubre que el autor de La metamorfosis y su madre son casi la misma persona; la enemistad de Malraux y Hemingway se duplica en la guerra soterrada y perpetua que mantienen el autor y su mujer. Y así...
     En tanto educación sentimental, París no se acaba nunca es también una confesión de estilística: el parto literario de Vila-Matas tuvo un horóscopo lleno de extravagancias, y de ahí su gusto por la originalidad. Su idea de lo que debería ser un autor fue marcada por figurones rarísimos como Perec, o por discretos genios de la vida en el margen: un travesti que se llamaba Vicky Vaporú y que termina siendo la única persona razonable de todo el libro. El resultado es una topografía de excéntricos parisinos, que van arrastrando al autor hacia una poética de las frases enigmáticas y espantosamente pesimistas que terminaron por ser la piedra de toque de su voz narrativa. En un momento determinado, un amigo suyo que le habla desde un teléfono público en Montevideo le dice: "Te llamo desde la cabina, no desde la esperanza." En otro, un loco lo detiene en la calle y le explica: "Ya ves, ayer yo era patafísico y hoy en cambio sólo soy Napoleón."
     París no se acaba nunca está inscrito en la tradición, enjundiosamente moderna, de la literatura paralela: libros que funcionan como sombras de libros, y que parecen tener su origen en el raro ejercicio de reescritura que hizo Baudelaire al contarle a sus lectores de Los paraísos artificiales el argumento de Las confesiones de un fumador de opio de De Quincey. Recontar A Moveable Feast, de Hemingway, mientras se recrea el proceso de escritura de un libro propio, tiene algo de confesión sobre la inutilidad del acto de inventar en un mundo despojado de sustento metafísico. Si, cuando la ausencia de Dios era novedad, Huidobro recomendó deificarse a uno mismo, ante la ausencia de Huidobro Vila-Matas ya no sabe qué hacer. Esta tentativa recuerda mucho la que hizo hace poco tiempo Sergio Pitol con El viaje, uno de los mejores libros de la narrativa mexicana en muchos años, y también un proyecto literario angustiosamente nihilista, sobre el que es mejor no pensar mucho: ¿Hacia dónde ir si la punta de la lanza está tan en el vacío?
     Desde Bartleby y compañía, Vila-Matas está tan instalado en la desesperanza que cada libro suyo parece un milagro: ¿Con qué cara se sienta uno a escribir después de la colección de imposibilidades existenciales que supuso El viaje vertical, o el horror puro de la convivencia con el yo vampírico en El mal de Montano? Más que el fin de la Historia, lo que estamos viendo en años recientes es la tristona cancelación de las ganas de transformarla en épica o en tragedia: ante el temible puño de polvo en que terminó la tradición occidental para T.S. Eliot, no nos queda más que el premio de consolación de la ironía. El éxito de Vila-Matas a partir de Suicidios Ejemplares ha sido ése: alzar una obra escrita desde el más desesperado pesimismo, con la que de todos modos uno se mea de risa. ~