artículo no publicado

Metinides: coleccionista de horrores

Le decían el Niño porque empezó a trabajar cuando cursaba todavía la primaria. Su padre, un comerciante de origen griego, le había regalado una cámara alemana. No la estrenó retratando a su mascota o fijando la imagen de su familia o de sus juguetes. Lo que atrapó el ojo de Enrique Metinides desde el primer momento fueron las tragedias de la ciudad. Choques automovilísticos, incendios, crímenes. Sus fotos eran el remedo de las películas de gángsters que veía en el cine. No le atraían los superhéroes ni los vaqueros sino los ladrones, los mafiosos, los heridos, los policías. Iba a la escuela en el turno de la tarde y podía dedicar la mañana a buscar la desgracia de la noche anterior. Cuando un periodista gráfico lo vio tomando fotos de un coche destrozado, le ofreció trabajo. Publicaron su primera fotografía cuando tenía doce años. Era un decapitado. Durante medio siglo fue el amo de la nota roja. Por décadas, portada y contraportada de La Prensa fueron, cotidianamente, suyas.

Imposible cerrar los ojos ante lo siniestro. Decía William Hazlitt en su famoso ensayo sobre los placeres del odio que las desgracias públicas eran bienes públicos. Notaba desde entonces que no había sección más jugosa en un periódico que la de los crímenes y accidentes. Todo el pueblo corre para ver un incendio. Y no es que huya para salvarse, sino que se apresura para admirar la furia de las llamas. Cuando el fuego se extingue, no es fácil que la gente oculte la frustración que siente por el fin del espectáculo. Lo único intolerable, decía, es el tedio. La intensidad de la tragedia nos enciende.

En ese territorio del periodismo de sangre estuvo confinado el trabajo de Metinides hasta que fue revelado como artístico. En el año 2000 se publicó el primer libro de su trabajo: El teatro de los hechos, editado por Alfonso Morales y Mauricio Ortiz. El libro permitió ver de otro modo su obra. A partir de entonces, sus fotos empezaron a colgar en galerías y museos de todo el mundo. El músico Michael Nyman es uno de sus admiradores. El libro 101 tragedias de Enrique Metinides fue publicado por Aperture en Nueva York. El nombre de Metinides, durante muchos años colocado en páginas desechables del periódico, llegó a museos, publicaciones, marquesinas. En poco tiempo, el reportero se convirtió en personaje de culto. Hasta la gran pantalla le ha rendido tributo: el magnífico documental de Trisha Ziff titulado El hombre que vio demasiado es una larga conversación con el fotógrafo que explora la historia de sus encuadres. El Foto Museo Cuatro Caminos de la Ciudad de México expone en estos días una muestra de setenta años de trabajo fotográfico.

¿Qué es lo que seduce a coleccionistas, críticos y curadores? ¿Qué separa a este fotógrafo de la tragedia de los tantos reporteros que retratan cotidianamente la muerte y el infortunio? La clave puede estar en aquel impulso inicial: el niño fotógrafo quería hacer cine con el juguete que su padre le había regalado. Hacer una película en una sola toma. En un instante de luz y sombras, todo el misterio: escena, víctima, arma y detective. Metinides es un narrador consumado, dice con buena razón Ziff, quien también ha curado la muestra de Cuatro Caminos. Al fotografiar una tragedia, decía él en una entrevista, me pregunto si estoy en México o en una de las películas de gángsters. Su México está habitado por ese cine. La composición de las fotografías las hace casi inverosímiles. Cada objeto, cada expresión parece cuidadosamente concebida. Esmerada casualidad de los desastres. Alguna vez recibió una carta de un inglés que había visto su trabajo. Le preguntaba el nombre de los actores que contrataba para sus fotos.

La fuerza de las imágenes deriva en buena medida de su oportunidad. Primer testigo de mil horrores, la cámara de Metinides congela lo imborrable. No la ceniza ya fría que deja el fuego, sino la chispa que lo provoca. El instante crucial adquiere aquí un dramatismo único. El lente capta el giro atroz de la fortuna. El paseo que acaba en desolación, el tren que descarrila, el autobús que termina con las llantas al cielo. El trompo de la vida que en cualquier momento deja de rotar.

Las tragedias de Metinides contraponen vida y muerte. El choque y los curiosos que se asoman tras el vidrio roto. Una madre que carga un diminuto ataúd por la calle ante la indiferencia de todos. La suicida y el árbol. Un hombre que camina frente a un hotel derruido por el terremoto. La víctima y el espectador. Un criminal y su culpa. Bomberos cargando retratos de familia. En casi todas sus fotos, mirones. Metinides nos convierte en mirones de mirones de la muerte. Una de sus fotografías más bellas (sí, pueden serlo) capta el rescate de un ahogado en Xochimilco. Un hombre atado a una cuerda nada hacia el cuerpo sin vida que apenas flota sobre el agua. En la otra orilla, decenas de curiosos contemplan la escena. El reflejo del agua los muestra, inmóviles y borrosos, de cabeza. Las fotografías captan el poderosísimo hechizo de la desgracia y el milímetro que nos separa de la muerte. ~