artículo no publicado
Foto: Roco Julie/Flickr

¿A partir de cuándo alguien que escribe se convierte en un escritor?

Ningún escritor puede saber en qué momento exacto comenzó a serlo. Se trata más bien de un proceso, de algo que ha ocurrido en el pasado, a partir de lo cual ya no se puede vivir sin escribir.

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Cada 13 de junio en Argentina se celebra el Día del Escritor. La fecha recuerda el nacimiento, en 1874, de Leopoldo Lugones, la figura más dominante de la literatura de este país durante las primeras décadas del siglo XX. Si se quiere internacionalizar un poco el asunto, se pueden sumar los natalicios de Fernando Pessoa, nacido en Lisboa el 13 de junio de 1888, y de Augusto Roa Bastos, quien llegó al mundo en Asunción en la misma fecha pero de 1917, es decir, hace un siglo y unos pocos días.

 

En tales ocasiones los saludos y las felicitaciones van y vienen, una duda recurrente me asalta una vez más: ¿en qué momento una persona que escribe pasa a ser un escritor o una escritora? ¿A partir de cuándo uno es un escritor? Mi respuesta, lo admito desde ya, es que no lo sé. Pero creo que pensar la cuestión puede llevar a algunas reflexiones interesantes.

 

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Digamos, para empezar, que nos limitaremos aquí a hablar de escritor en tanto persona que escribe narrativa, poesía o teatro. ¿Cuánta gente escribe esas cosas? Muchísima. ¿Son todos escritores? No parece que el epíteto se pueda aplicar, por ejemplo, a todos los alumnos de talleres literarios o a todos los adolescentes que escriben poemas de amor… Hay que hacer alguna diferenciación.

Una primera herramienta acude a la mente para distinguir a los escritores de las personas que escriben: la publicación. Cuando alguien publica su primer libro, podríamos decir, se convierte en escritor. Un poco sobre esto habla Patricio Pron en su artículo “¿Cómo se transforma uno en escritor? Diez notas sobre el primer libro”, publicado hace unos meses en esta misma revista. Comienza, de hecho, con una cita de Ricardo Piglia, quien en Los diarios de Emilio Renzi escribió que “el primer libro es el único que importa, tiene la forma de un rito de iniciación, un pasaje, un cruce de un lado al otro”.

Pero enseguida surge el cuestionamiento: ¿hay que estar publicado para ser un escritor? ¿Es un oxímoron hablar de “escritores inéditos”? Para publicar un libro es necesario haberlo escrito, y quien escribe un libro, ya mientras lo escribe, es un escritor. Aunque hasta ese momento no haya publicado nada. Pensemos en un caso más extremo: un autor X escribe cinco, seis, diez novelas, pero no consigue publicar ninguna. Hasta que por fin un editor lo descubre y publica todas sus obras casi al mismo tiempo. ¿Solo en ese momento el autor X se convierte en un escritor? ¿Acaso escribió cinco, seis, diez novelas sin serlo? Supongo que estaremos de acuerdo en que la respuesta a todas las preguntas de este párrafo es no.

 

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Imaginemos ahora que nuestro autor X ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a la escritura durante toda su vida, ha compuesto poemas, cuentos y novelas, ha trabajado sus textos a conciencia, los ha corregido, reescrito, descartado y vuelto a corregir, hasta quedar de algún modo satisfecho con su producción. Y sin embargo no encuentra editor ni llega a publicar nada: muere inédito. Tras su muerte se descubre su obra. ¿Diremos que ha muerto un escritor?

La fábula se asemeja mucho, desde luego, a la extraordinaria historia real de Vivian Maier. Esta mujer trabajó toda su vida como niñera y nunca se preocupó por dar a conocer las fotos que sacaba; alguien las descubrió por casualidad, tras comprarla en un remate en Chicago en 2007, y las difundió: son 100 mil fotografías que constituyen una obra magnífica. Ahora, al hablar de Maier, decimos que fue una fotógrafa aficionada. Pero si sus fotos no fueran tan buenas, si de hecho fueran malas, ¿también diríamos que fue una fotógrafa? ¿O la consideraríamos simplemente “una niñera que sacaba fotos”? Creo que ocurriría esto último. Y a nuestro autor X le pasaría lo mismo: si sus textos inéditos fueran buenos, habrá muerto un escritor; si no, solo “un tipo que escribía”.

Esa lógica nos hace pensar que en la calidad de lo escrito, ya que no en su publicación, reside la clave para diferenciar a un escritor de alguien que no lo es. Sin embargo, basta con revolver cada tanto los estantes de las librerías o bibliotecas para preguntarse cómo diantres tal o cual texto ha llegado a publicarse bajo la forma de un libro. La respuesta, de todos modos, casi siempre es una de las siguientes cuatro: a) al editor le gustó, porque sobre gustos no hay nada escrito, b) el editor creyó —quizá con razón— que el libro se vendería bien, c) el editor y el escritor son amigos, d) el autor se autoeditó. Por ello es que se puede hablar de “malos escritores”, pero no se puede tomar la calidad como criterio para afirmar si son escritores o no lo son.

 

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Por cierto, si un escritor deja de escribir, ¿deja de ser un escritor? Ahí están Rulfo y Rimbaud y Salinger y tantos otros para negárnoslo enfáticamente. Pero supongamos otra vida ahora para nuestro autor X: a sus veintitantos años de edad escribe y, como tiene un editor amigo, publica varios libros. Su obra es pobre y no trasciende. Cuando llega a los treinta ya no escribe ni la lista de la compra; el resto de su vida se dedica a cualquier otra cosa. Cuando tenga sesenta años, setenta, ochenta, ¿seguirá siendo un escritor?

La intuición me dice que la respuesta, también en este caso, es no. La intuición es incluso más radical: me dice que ese autor X nunca ha sido un escritor. Me atrevo a postular una hipótesis: quienes han escrito son escritores mientras su obra vive. Hay obras que mueren poco después de nacer, o que directamente nacen muertas. Otras son inmortales.

En 2009, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires aprobó el llamado Régimen de Reconocimiento a la Actividad Literaria, conocido coloquialmente como “pensión para escritores”. La ley motivó la necesidad de establecer con precisión quiénes podrían cobrar la pensión, es decir, quiénes eran escritores. Se estableció como condición principal —además de ser mayor de sesenta años, nativo de la ciudad o llevar radicado allí al menos quince años y no cobrar otra pensión— la de poder “acreditar una trayectoria pública constante en la creación literaria no inferior a diez años o haber publicado cinco libros” a través de editoriales (no autoeditados). Si Rulfo, Salinger y Rimbaud vivieran en Buenos Aires no podrían acceder a la pensión.

 

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“No existe ningún momento del que se pueda decir: es entonces cuando me convertí en escritor —apuntó Tobias Wolff en su novela Vieja escuela, de 2005—. Las piezas sueltas encajan más adelante, con mayor o menor sinceridad, y después de que los relatos se hayan repetido adquieren la categoría de recuerdos y bloquean todas las demás rutas de exploración”.

 

Es que convertirse en escritor no es como hacerse carpintero o profesor de matemáticas o abogado. No porque crea que hay algo “místico” o “especial” en la escritura, sino porque en esas ocupaciones es bastante más sencillo reconocer cuándo uno se tituló o empezó a ejercer. Convertirse en escritor, en cambio, se parece un poco a convertirse en adulto, o en una persona de izquierda, o en hincha de River Plate. Es un proceso, algo que ocurre o, mejor, que ha ocurrido en algún difuso momento del pasado. Un momento irrecuperable a partir del cual ya no se puede vivir sin escribir.

Como ya anticipé, no sé a partir de cuándo uno que escribe es un escritor. Sí sé que ser escritor no es algo que dependa de haber publicado o no, ni de que lo escrito sea mejor o peor, ni de la imagen que de uno tenga los demás. “Yo me enuncio y me anuncio escritora por la sencilla e incuestionable razón de que me rompo el alma en la escritura y, después, la escritura vuelve a armármela”, ha dicho la narradora argentina Giselle Aronson. Y tal vez en este caso no haya mejor parámetro que las propias sensaciones y convicciones. Cada uno sabe lo que hace.