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Foto: David Shankbone/Wikimedia Commons

El editor heroico

El alud de testimonios publicados sobre Robert Silvers, legendario editor de The New York Review of Books fallecido recientemente da apenas una idea de la dimensión y singularidad del personaje

Ha muerto, a los 87 años de edad, Robert Silvers, el legendario editor de The New York Review of Books. El alud de testimonios publicados en la prensa internacional y en el sitio de la revista da apenas una idea de la dimensión y singularidad del personaje cuya revista ha sido, por más de medio siglo, el órgano más influyente de la crítica cultural en Occidente.

Recuerdo cuando descubrí la revista, con su mismo formato tabloide, sus portadas tipográficas (temas, autores) y las geniales caricaturas de David Levine. Fue hace más de cuarenta años y he sido su ávido lector desde entonces. En aquellos tiempos prehistóricos en que para leer un libro en inglés había que encargarlo a la American Bookstore y esperar tres meses, leer la NYRB era la mejor manera de ser, como predicaba Octavio Paz, "contemporáneo de todos los hombres". La revista fue, en muchos sentidos, mi verdadera universidad, libre y abierta, a la que debo el acercamiento a autores esenciales. Pienso, al azar, en Isaiah Berlin, Hugh Trevor-Roper, Conor Cruise O'Brien, Leszek Kolakowski, V. S. Pritchett, Saul Bellow, Susan Sontag, V. S. Naipaul, Irving Howe y, más recientemente, Ian Buruma, Mark Lilla, Michael Greenberg, Mark Danner, Helen Epstein. La lista es interminable.

Naturalmente, mi sueño era publicar en ella. Hacia 1985 tuve la osadía de enviar ­–sin que mediara petición alguna– la reseña de un libro. Bob me invitó a comer y con gentileza la rechazó con excelentes argumentos: "siempre sé concreto" y "siempre cuéntanos una historia". Fue una cátedra instantánea sobre la importancia de la fundamentación, la lógica argumentativa, la claridad y la precisión.

Silvers llevó la figura del editor a extremos heroicos. Si cada número bimensual ha tenido un promedio de veinte artículos, desde la fundación de la revista Bob editó (junto con Barbara Epstein hasta la muerte de ella en 2006, y por su cuenta desde entonces) cerca de 25,000 reseñas. Pero el milagro es el grado de involucramiento personal en cada una: estar al tanto del universo cultural, literario, intelectual, científico, político de su tiempo; elegir el libro o los libros pertinentes sobre esos temas (le llegaban cientos a la semana), pensar en el reseñista adecuado, escribirle una carta manuscrita, sugerir las preguntas que el lector esperaría ver respondidas y, una vez recibidas las reseñas, trabajarlas hasta la perfección. Esa prodigiosa artesanía, y una vivacidad sin paralelo, explica el éxito y la permanencia de The New York Review of Books.

Hacia 1998 comencé a colaborar en la revista. Pasaron los años, y un domingo por la tarde me llamó para sondear pausadamente posibles reseñistas de literatura brasileña. El día y la hora eran improbables, pero el momento lo era más: la final de la Copa del Mundo de futbol entre Alemania y Argentina. Nunca hubiese esperado yo que Bob estuviera viendo el juego o supiera siquiera que se llevaba a cabo, pero me impresionó el contraste simbólico: mientras cuatrocientos millones de personas condescendíamos a ese divertimento, Bob Silvers planeaba el número siguiente de su revista.

En 2015 me encargó un texto sobre el deshielo en Cuba. El tema tocaba una fibra íntima en él. Me narró sus viajes a la isla, su entusiasmo inicial, su papel (junto con Ted Kennedy y Arthur Schlesinger) en la operación de salvamento de Heberto Padilla, el poeta disidente, perseguido y humillado por Castro. Con sus preguntas, matices, orientaciones, recortes, libros complementarios (hasta sobre coches antiguos en Cuba), quería lograr una visión crítica pero justa del régimen cubano. "Esto es solo el comienzo", me dijo, como entreviendo el desarrollo futuro de una "historia" cuyo desenlace le importaba mucho.

Aunque John H. Elliott, Hugh Thomas, Paul Preston, Antony Beevor y otros grandes historiadores británicos se ocuparon en sus páginas de la historia española, mi único reparo con él fue la escasa atención que prestaba al orbe hispánico. No obstante, fueron memorables los numerosos reportajes sobre América Latina que, a lo largo de muchos años, publicó la gran Alma Guillermoprieto. Pero México lo exasperaba: "Cuando parece que va a despegar, nos decepciona. Siempre nos decepciona".

"No nos damos por vencidos", escribió a sus amigos hace unos años, en la celebración del cincuenta aniversario de la revista. Tampoco nosotros, sus lectores, autores, amigos, nos damos ni daremos por vencidos. Su ejemplo no nos lo permitiría.

Publicado previamente en el periódico Reforma