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Diez motivos para recordar a Fontanarrosa

Hace diez años, el 19 de julio de 2007, se moría Roberto Fontanarrosa. Escritor y humorista, fue uno de los hombres más queridos y respetados de la cultura argentina de las últimas décadas. Su obra y su prestigio se expandieron por todo el mundo hispanohablante. De todas las razones para recordarlo, rescatamos aquí diez.

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Su humor. En su faceta de humorista gráfico, Fontanarrosa fue el padre de personajes inmortales, como Boogie el Aceitoso e Inodoro Pereyra, el Renegáu. Les dio vida durante décadas, en tiras que hoy están editadas en decenas de volúmenes. Dibujó además incontables otras viñetas, con chistes sobre fútbol o sobre la vida cotidiana. Su manejo de la ironía, la sátira y los juegos de palabras hicieron de sus dibujos auténticas obras maestras. Fontanarrosa nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944; en su homenaje, desde 2015, el 26 de noviembre es en Argentina el Día Nacional del Humorista.

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Sus cuentos. El Negro, como era apodado cariñosamente, fue un escritor prolífico y extraordinario. Publicó cerca de trescientos cuentos, reunidos en una docena de libros, además de tres novelas y un par de compilaciones de crónicas deportivas. Entre sus textos más conocidos se encuentran, sin dudas, sus relatos de fútbol: “19 de diciembre de 1971” ha sido elegido en diversas encuestas el mejor cuento de fútbol escrito en nuestra lengua. Pero Fontanarrosa no escribió solamente de fútbol. Su enorme capacidad para retratar escenas de la vida cotidiana y el habla de los argentinos hace de sus páginas un lugar adonde siempre da gusto volver.

 

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Su pasión por el fútbol. En 1997, seleccionó los relatos de una antología titulada Cuentos de fútbol argentino. Y escribió el prólogo, que empieza así: “No crecí queriendo ser como Julio Cortázar. Crecí queriendo ser como Ermindo Onega [futbolista de River Plate en las décadas del 50 y 60]. Por eso, llegué a la literatura por la puerta de atrás, con los botines embarrados y repitiendo siempre el viejo chiste: ‘Mi fracaso en el fútbol obedece a dos motivos. Primero: mi pierna derecha. Segundo: mi pierna izquierda’.” En una entrevista le pregunté si lo preocupaba la falta de aceptación por parte del mundillo de la literatura académica. “A mí la única Academia que me preocupa es Rosario Central”, me respondió. Rosario Central, el club de sus amores, es conocido como “la Academia rosarina”. Cuando en 2005 lo llamaron desde la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata para preguntarle si podría visitar esa ciudad para recoger el premio Rodolfo Walsh, con el cual lo distinguirían por su trayectoria en los medios, Fontanarrosa dudó: “Yo voy a La Plata dos veces al año —dijo—. Una, cuando Central juega contra Gimnasia. La otra, cuando juega contra Estudiantes”. Finalmente, sí estuvo allí para recibir la condecoración.

 

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Sus crónicas mundialistas. Otro de sus personajes entrañables fue la Hermana Rosa, una mentalista que predecía los resultados de la selección argentina en los mundiales de fútbol de Estados Unidos 1994 y Alemania 2006. Por supuesto, no acertaba casi nunca. Pero aquellos textos, que mezclaban el humor y la crónica deportiva, quedaron en el recuerdo de los lectores.

 

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Ediciones de la Flor. Es la editorial de Daniel Divinsky, uno de sus grandes amigos, que publicó sus libros durante toda su vida, cuando al Negro no lo conocía casi nadie. Cuentan que, en los años 90, en un encuentro que ambos tuvieron con Juan Forn, por entonces editor de Planeta, este le sugirió: “A ver cuándo te pasás a una editorial grande”. “No, no”, dijo Fontanarrosa, “solo si les pasa algo a los Divinsky”. Y agregó, con tono mafioso: “Pero que parezca un accidente”. No hubo accidente, y el Negro le fue fiel a su editor de siempre. Alfaguara publicó entre 2003 y 2004 sus Cuentos reunidos, en dos volúmenes que suman 1.700 páginas, pero solo para su distribución en España. Hasta que, en 2012, Franco, hijo de Fontanarrosa, hizo lo que su padre había rechazado: cedió los derechos a Planeta para que reeditara todos sus libros. Además, había entablado una batalla legal por la publicación de Negar todo, cuentos que el autor le había enviado a Divinsky poco antes de morir. En 2013, la Justicia le dio la razón a De la Flor y por fin pudo publicar el libro póstumo de Fontanarrosa. “Una reivindicación histórica”, la calificó Divinsky.

 

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Les Luthiers. Uno de los aspectos menos conocidos de la vida de Fontanarrosa fue su trabajo como “colaborador creativo” de Les Luthiers, el genial grupo humorístico argentino. Su tarea consistía en aportar chistes e ideas en la fase de preparación de cada nuevo espectáculo; la desempeñó desde 1979 hasta el final de su vida. Clásicos lutherianos como “La gallina dijo Eureka” o “El sendero de Warren Sánchez” contaron, en su origen, con la participación del Negro.

 

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El Congreso de la Lengua. En noviembre de 2004 se celebró en Rosario el III Congreso de la Lengua Española, y el Negro Fontanarrosa, hombre de la ciudad, tuvo una histórica intervención en defensa de las “malas palabras”. Las reivindicó señalando que algunas “son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, incluso por contextura física”, pero lo hizo con tales dosis de humor que los lingüistas y académicos sentados a su lado no podían contener las carcajadas. Mejor, cuando tengan un cuarto de hora, véanlo ustedes mismos.

 

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Su presencia en el teatro, la televisión y el cine. Su ya citada capacidad para recrear la vida cotidiana y la voz de la gente ha provocado que muchas de sus historias hayan sido adaptadas al teatro y la televisión. En abril de 2007, poco antes de su muerte, la televisión pública argentina estrenó la serie Los cuentos de Fontanarrosa, que constó de 33 episodios basados en sus relatos. La mayoría se pueden ver en YouTube. Además fue guionista en dos películas: Martín Fierro, de 2007, y Cuestión de principios, de 2009. Y la película de animación Metegol, de Juan José Campanella, estrenada en 2012, también está inspirada en uno de sus cuentos: “Memorias de un wing derecho”.

 

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El Canaya. Rosario Central es la Academia rosarina, pero sus hinchas son apodados canallas. En enero de 2007, cuando la enfermedad entraba en su fase final, Fontanarrosa anunció que dejaba de dibujar, porque la mano derecha ya no le respondía. Pero dejó una última obra, un regalo para el club de su vida: el Canaya, con ye, un poco porque así se pronuncia en Rosario (y en buena parte de la Argentina), y otro poco para quitar la connotación negativa del término. El dibujo fue un regalo, ya que el autor cedió los derechos. “Me doy por muy bien pagado, téngalo por seguro, al haber sido distinguido con la posibilidad de crear un símbolo para acompañar nuestros colores”, escribió. El Canaya formó parte, durante años, de la camiseta azul y amarilla del club.

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Su calidez. “No aspiro al Nobel de Literatura —escribió Fontanarrosa—. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: ‘Me cagué de risa con tu libro’”. Eso habla, sobre todo, de su calidad como ser humano. Una calidad que destacaron todos los que lo conocieron: era un buen tipo, en el buen sentido de la palabra bueno. Incluso poco antes de su muerte, cuando ya estaba muy mal de salud, no perdía la gentileza y la generosidad que lo caracterizaban. Lo entrevisté por teléfono en esos meses y pude comprobarlo. La enfermedad que se lo llevó fue la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), la misma que le costó la vida, a comienzos de este año, a Ricardo Piglia. Fontanarrosa tenía al morir 62 años. Poco después, a finales de 2007, se publicó el libro La hinchada te saluda jubilosa, el homenaje de 26 escritores, periodistas y exfutbolistas. Juan Villoro le dedica un cuento precioso, titulado “Yo soy Fontanarrosa”. Es la historia de alguien que, sin proponérselo, se encuentra jugando un partido de fútbol peculiar. No detallo nada más para preservar el efecto sorpresa en los lectores; solo citaré, como cierre, el pasaje en que lo describe: “Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el Aceitoso y El Renegáu. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el café El Cairo. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa”.