artículo no publicado

Visión de víscera

Guillermo Arreola

Fierros bajo el agua

México, Joaquín Mortiz, 2014, 166 pp.

“En realidad ya todo ha pasado y lo que aquí se lee no es más que basura memorial”, advierte Leonardo, el narrador, hacia la mitad de Fierros bajo el agua. Ha regresado a Tijuana, la ciudad en que vivió veinte años atrás, durante su juventud. Busca pistas sobre el asesinato de su amante, el joven Cas Medina, y sobre la vida de una talentosa pintora francesa que radicó en la frontera y cuyos cuadros están desaparecidos. El libro cuenta así una doble pesquisa: un hombre viaja al corazón de la violencia en pos de la verdad y la belleza. ¿Es posible conllevar esta ambición en un país donde los crímenes quedan impunes y el desinterés por el arte es casi general?

El pintor Guillermo Arreola (Tijuana, 1969) debutó en el terreno literario con La venganza de los pájaros (fce, 2006). Esta novela corta presenta el universo claustrofóbico de una familia en el campo duranguense. Ya se dejaban ver en esas páginas una poderosa imaginación visual, una construcción narrativa fragmentaria y caleidoscópica y una búsqueda en los estados alterados de la mente humana. El autor refrenda sus dotes en los relatos de Traición a domicilio (Joaquín Mortiz, 2013) y ahora los extrema con Fierros bajo el agua, novela compuesta por historias entrelazadas que delatan las secuelas íntimas de la violencia.

Fierros bajo el agua tiene una estructura no lineal sino reticular. Leonardo funge menos como el narrador que como el curador de una galería de testimonios, diálogos, notas periodísticas, reflexiones, referencias a expedientes judiciales y fragmentos de correos que involucran a un expolicía, el empleado de una estética, una mujer con trastornos psicológicos, antiguos conocidos de Cas y la pintora... La construcción plural y “dispersa” supone en realidad un tejido fundado para absorber la sospecha y la incertidumbre. Los relatos no son objetivos sino vehementes de tan personales, esquivos y hasta poco confiables (“yo la memoria la deposito en mi corazón”, admite uno de los personajes). Eso sí, la Tijuana que surge tiene trazos muy realistas: crímenes de odio contra homosexuales, violaciones y asesinatos de niños, falta de horizontes para los jóvenes, quienes se dedican a la prostitución y el narcomenudeo, y una abierta complicidad del crimen con el poder político.

Arreola rehúye los tópicos maniqueos o amarillistas que algunas manifestaciones de la literatura, el cine y el periodismo le han creado a la ciudad fronteriza. Esto no significa que los problemas sociales expuestos sean irrelevantes; antes bien, son un trasfondo sobre el que se lanza una crítica penetrante y áspera pues no es la ciudad sino los individuos los que gravitan en Fierros bajo el agua. El devenir de Cas es contado, sí, dejando en blanco pormenores sobre su muerte; a cambio se dan a conocer escenas e indicios de su vida. No hay manera de saber quién lo mandó matar –el sistema de justicia no investiga ni castiga a los culpables–, sí de recuperar sus andanzas, de volver a ver las pautas inmediatas de su existencia. Así ocurre con otros personajes: no son títeres sino que se definen como entes dotados de deseos, gustos y frustraciones: “Nací aquí pero nací con la verga imaginación en otra parte”, dice Cas.

A través de una estructura abierta que obliga al lector a reunir voces y tiempos dispares, se crea una imagen contradictoria, desenfocada, huidiza y desmedida de la frontera, y eso ocurre porque las voces no retratan llanamente la vida en las calles de Tijuana sino los efectos que esas calles han tenido en su sensibilidad (“¿Sabes que yo tengo esta ciudad dentro de mi cabeza? Toda, completita. Y rechina en mí. Adentro de mi cabeza he cometido todos los crímenes que te puedas imaginar”). Arreola se adentra en la conciencia de las víctimas para dar la “visión de víscera”, la mirada desde lo interior, y desde ahí, desde esa vecindad con las entrañas de hombres y mujeres alienados por la violencia, Fierros bajo el agua hace que el lector se vea interpelado, que participe en el andamiaje de los relatos y experimente la escritura como un fenómeno de la realidad, un ser con vida propia. “El lienzo parece pedir: abrázame o hiéreme o vete”, afirma la pintora Danielle Gallois, en lo que sería, apuesto, el motto del mismo libro.

Por esa condición, la prosa de Fierros bajo el agua es todo menos “correcta”: es movediza, descentrada, convulsionada por la emotividad a menudo feroz de los localismos, y que lo mismo puede deslizarse con audacia a la imaginería poética que deglutir jergas y formalismos anquilosados, con una sintaxis suelta, diríase que irregular, expresiva de psicologías vulneradas por el miedo, la angustia y la desesperanza, personajes que anuncian tener la “cabeza resquebrajada”, la “mente toda fronterizada”. Leonardo cuenta cómo, al estar una vez escribiendo, “los caracteres habían desaparecido, para dar paso a una imagen oscura, encima de la cual fueron apareciendo trozos de carne, de tejidos, de nervios dilatados”. Este lenguaje orgánico, que con sus latidos y sombras simularía la fisiología de la carne y los nervios, no supone un reto críptico sino un pacto inclusivo que, si nos ponemos beligerantes, toca las orillas de la ética, pues, más que usar las historias ajenas para redactar una obra de ínfulas literarias, Fierros bajo el agua convierte la escritura en un campo de batalla en que el individuo reta con su voz al poder: “Se escribe con electricidad. Se narra por venganza.”

Fierros bajo el agua sería visto como un libro complejo y exigente solo si ponemos de estándar la medianía recurrente en las mesas de novedades. Una vez adentrados en el cuerpo turbulento de sus páginas, resulta difícil quedar indiferentes, y ni cómo negar que uno querría hallar más a menudo obras de este calado. He aquí un libro que transmuta los testimonios de tragedias humanas propias de un país injusto y brutal en una expresión incómoda, desafiante, tocada por la belleza del estremecimiento, que hace resonar los temples creativos de Garro o Nellie Campobello. ~