artículo no publicado

Vehículo para la ansiedad

Samanta Schweblin

Distancia de rescate

Oaxaca, Almadía, 2014, 126 pp.

La mente suele confundir el miedo con la ansiedad. El miedo se debe, dicen los neurocientíficos, a un estímulo exterior y concreto. La ansiedad, en cambio, es la anticipación, una creación de nuestra mente que se adelanta a los hechos y que nos obliga a reaccionar como si estuviéramos frente a algo irrevocable. La ansiedad es capaz de activar los mismos circuitos que en nuestro cerebro se ponen en marcha para sobrevivir en caso de emergencia.

La literatura del miedo se sirve primero de la ansiedad antes de presentar pruebas contundentes para el terror; al final, da su brazo a torcer y entrega un ser temible o irreconocible, cuyas acciones son motivo de espanto porque en sus manos está la destrucción (o la muerte). La literatura de la ansiedad, en cambio, apuesta por lo que está en la mente del lector, predispuesto por sus propios miedos, por las cosas que le dan fobia. Se trata de una literatura de vacíos, de cosas no dichas, ni siquiera planteadas. En este terreno se ubica Distancia de rescate.

El libro más reciente de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) cuenta la historia de una mujer que se encuentra al borde, viviendo en un momento grave y, aparentemente, sin vuelta atrás. De ese presente angustioso, la narración camina hacia el pasado, para dar algunas pistas sobre lo que le sucede a Amanda, la protagonista, antes de regresar al momento actual y avanzar unos cuantos pasos.

La trama se compone de retazos del pasado reciente en una suerte de diálogo que al inicio parece confuso (o, mejor dicho, angustiante) y que va tomando un cauce más claro, aunque no menos perturbador, conforme avanza la narración. Cuando hay un accidente y la adrenalina corre por el organismo, es más fácil recordar todos los detalles que llevaron a ese momento. La narración está dictada, en este caso, por algo semejante a la adrenalina: con esa mirada obsesiva hacia los pormenores, atenta a ruidos, colores, imágenes que tienen sentido hasta después del golpe del neurotransmisor.

Para ayudarse a recordar, Amanda se vale de David. Cada que lo evoca, aparece él mismo en la versión que ella vio entonces. La novela está situada en el campo, en un lugar al que la protagonista ha ido a pasar las vacaciones con su pequeña hija, Nina. Renta una casa y entabla, más por casualidad que por otra razón, una suerte de amistad con Carla, su vecina. Carla es mayor que Amanda y es una mujer atractiva, seductora, no muy culta, asustadiza. La voz de David, el peculiar hijo de Carla, la obliga a sumergirse en sus recuerdos en busca del momento de quiebre que tiene a la joven madre en su condición actual; se trata de una voz que hace preguntas constantes y saca de su cauce la narración de la protagonista. Son dos fuerzas que contrastan en el libro, que buscan llevar por dos caminos la novela. Cuentan la misma historia pero desde distintos ángulos.

Schweblin sabe trabajar con la ansiedad, que se acrecienta conforme avanza la lectura. La autora ha dicho en algunas entrevistas que le interesa el vacío que se forma alrededor de la tensión. Esto es evidente en Distancia de rescate. A diferencia de lo que sucede en otros de sus textos, esta novela tiene mayor temperatura. La tensión y los vacíos a los que se refiere Schweblin tienen aquí mucha pertinencia, sobre todo porque los asocia a momentos de fuerte dramatismo. Esos espacios muertos, en los que el lector tiene que adivinar qué pudo haber sucedido o cuál es el camino que tomará la historia, son un recurso habitual en la obra de la escritora bonaerense. En Pájaros en la boca el efecto se pierde; el exceso de misterio y rareza provoca que las historias se caigan. Este nuevo trabajo está mejor logrado. Para empezar, hay más cuidado formal. El uso del diálogo –que resulta incómodo en un inicio– logra imprimirle ritmo y congruencia a la historia. Lo que tiene que decir David, que habla como un adulto, ayuda a dilucidar los miedos de Amanda y logra, sobre todo, transmitir ansiedad en los lectores. El niño raro es quien tiene las riendas de la situación; la mujer vulnerable trata de comprender lo que sucede –lo que le sucede.

Samanta Schweblin logra trazar con claridad a los personajes. Para el lector resulta fácil ver a Carla, sensual y atractiva, a la propia Amanda, transparente y tensa. Nina, la pequeña hija de Amanda, está dibujada con encanto y precisión. A pesar de que David, uno de los hilos fundamentales de la narración, es más una idea, es posible decir que hay una dinámica que funciona entre los seres que habitan esta vacación infernal.

La narradora se siente cómoda cuando la catalogan como “autora fantástica” o a sus narraciones como “kafkianas”. Aunque es obvio que las lecturas de la tradición fantástica argentina (Bioy, Cortázar, Borges) y el trabajo de Kafka son fuentes de las que ha abrevado, también resulta claro que la búsqueda final de la autora es distinta. Schweblin ha afirmado que aprendió más sobre cómo contar una historia mientras estudiaba artes visuales, “viendo centenares de horas de cine y trabajando noches enteras en las salas de edición que lo que hubiera aprendido estudiando una carrera teórica como ‘letras’”. La tensión que logra en Distancia de rescate hace pensar en La dimensión desconocida y en algunos divertimentos de Hitchcock. Tal vez las debilidades formales de la novela, acusadas sobre todo hacia el final, se deban precisamente a que se trata de un texto narrado desde lo visual: parte de las imágenes físicas y concretas para describir cosas sin nombre. Porque lo que les sucede a Amanda y a su preciosa hija, a Carla y a David, a un pueblo entero, es algo que no tiene nombre, algo de lo que cualquiera huiría, un horror definitivo y radical.

En todo caso se trata de un libro que es, en muy buena medida, eficaz: se lee con manos sudorosas y dientes apretados. Es un vehículo para la ansiedad: uno literario. ~