artículo no publicado

Una revista en los tribunales

Guillermo Sheridan

Malas palabras. Jorge Cuesta y la revista Examen

México, Siglo XXI Editores, 2011, 392 pp.

En octubre de 1932, una revista literaria cae en manos de un periodista que lee, consternado, el adelanto de la novela de un tal Salazar Mallén, plagada de malas palabras. Todavía sonrojado, el periodista observa que, paradójicamente, entre los colaboradores de la disoluta revista, se encuentran varios funcionarios de la Secretaría de Educación Pública, entre ellos el oficial mayor Samuel Ramos, autor de un infamante retrato de los mexicanos en el que insinúa que los connacionales padecen un complejo de inferioridad. El periodista redacta una nota anónima en el antigobiernista periódico Excélsior para denunciar ese pasquín disfrazado de arte, donde

pueden leerse expresiones de una crudeza tal que se negaría a repetirlas el más soez carretonero en cualquier sitio donde no estuviera rodeado de los de su laya.

Este es el inicio del proceso judicial a Examen que, allende sus variopintas motivaciones, constituye un episodio clave en la lucha por la libertad de imprenta en México.

La revista Examen, dirigida por Jorge Cuesta, comenzó a publicarse en agosto de 1932 y solo circularon tres números; pese a su breve vida, puede catalogarse como el destilado más fino del espíritu de “Contemporáneos” (aunque ya no participa el grupo en pleno) y como el reflejo de la mayoría de edad intelectual de Cuesta. Es una revista controversial orientada a defender la libertad del arte, alertar ante las pasiones políticas e instaurar un contrapeso liberal a los extremismos. Entre otros materiales, la revista tradujo ensayos de Aldous Huxley y Julien Benda, publicó colaboraciones de Julio Torri, Samuel Ramos, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza y el propio Cuesta, poemas de Salvador Novo y Luis Cardoza y Aragón y fragmentos de la novela Cariátide del atrabiliario Rubén Salazar Mallén, que es quien detona el problema. Como señala Sheridan, las palabrotas de Salazar Mallén solo fueron un pretexto para, a través de Examen, atacar al entonces secretario de Educación Pública, Narciso Bassols, con quien trabajaban varios de los colaboradores de la revista. De hecho, el texto que probablemente había irritado más a la derecha y a la propia clase política era el “Psicoanálisis del mexicano” de Samuel Ramos, una acerba visión de la identidad; sin embargo, el motivo de ultraje a la moral era más viable jurídicamente.

Es factible que, al leer el cándido naturalismo de Salazar Mallén, salpicado de expresiones altisonantes, los enemigos de Examen y de Narciso Bassols brincaran de gusto, pues se podía acudir al artículo 200 del Código Penal Federal, que castigaba con penas de prisión y multa la circulación de libros o imágenes obscenas. Además, esta falta se perseguía de oficio, por lo que una editorial periodística equivalía a una denuncia. Si bien el motivo inicial del linchamiento a Examen es el ataque derechista a Bassols y el embate al monopolio estatal sobre la educación, cuestionando la legitimidad moral de los educadores oficiales, en el curso de la polémica se van sumando otros viejos y nuevos enemigos. Así, se reactiva la querella contra “Contemporáneos” que, desde casi una década atrás, venían siendo atacados por la izquierda y los nacionalistas como un grupo reacio al compromiso social y practicante de una literatura manierista y una moral invertida. Sin querer abrir flancos, Bassols se deslinda de Examen, concede licencia sin goce de sueldo a los involucrados (Ramos, Cuesta, Gorostiza, entre otros) y luego se desentiende definitivamente de sus incómodos colaboradores.

Cuesta, como director, y Salazar Mallén, como autor del texto en litigio, deben enfrentar el tortuoso proceso. Cuesta está entrampado en un lío que amenaza ponerlo tras las rejas, pero también subido en una tribuna donde puede proyectar su ideario previo sobre la autonomía del arte, la libertad de opinión y la función del escritor. Cuesta advierte sobre el inaceptable papel del periodismo como censor literario y observa en el moralismo exacerbado en torno a un texto un ataque político contra la cultura. Con cierta grandilocuencia, Cuesta sugiere que el proceso de Examen está emparentado con los grandes casos de censura al arte y su defensa ante la avalancha judicial despliega tanto argumentos jurídicos como erudición literaria. Igualmente, con la colaboración de escritores y abogados amigos, convierte el último número de Examen en una antología de alegatos a favor de la libertad de expresión.

La pesadilla de abogados, barandillas e inclemente golpeteo periodístico (lleno de prejuicios e insultos personales) se prolonga por cerca de seis meses: los escritores son absueltos por un juez, pero el ministerio público apela y el Tribunal Superior de Justicia falla contra la decisión previa y los condena. El caso iría a la Suprema Corte, pero, de manera sorpresiva, en marzo de 1933, el propio ministerio se desiste y la causa queda anulada. Examen no vuelve a aparecer, los colaboradores cesados encuentran difícil colocarse en una administración que pide certificados de pureza ideológica, el grupo de “Contemporáneos” termina de dispersarse, Cuesta se radicaliza y endereza su ideario liberal en contra de su antiguo jefe, Bassols, y el proyecto de educación socialista.

En su libro, Guillermo Sheridan reúne los testimonios de este proceso judicial y sus secuelas pero, sobre todo, traza perfiles literarios; recrea el clima de polarización artística e ideológica de los años treinta; recoge los debates entre literatura “pura” y “de compromiso” y documenta la difícil supervivencia de un temple liberal en una época de consignas. Gracias a la mezcla del dato duro, las grandes ideas, las pequeñas mezquindades y las anécdotas pintorescas, Malas palabras. Jorge Cuesta y la revista “Examen”  es un testimonio que, al lado del rigor, tiene, también, la tensión narrativa y el humor para advertir en la historia, a ratos el legado ético, a ratos el drama humano, a ratos el delirante episodio de comedia. ~