artículo no publicado

Un vistazo de águila a contrapicado

Tanya Huntington

Martín Luis Guzmán: entre el águila y la serpiente

Ciudad de México, Tusquets, 2015, 238 pp.

Hay autores difíciles de abarcar en su totalidad, quizá por la amplitud o brevedad de sus vidas o de sus obras. O probablemente por la complejidad de la época en que les tocó vivir. El problema se agrava cuando para intentar explicar la existencia y la producción se siguen algunos vicios habituales, como buscar fusionarlas a como dé lugar. O bien si se persigue obstinadamente la clasificación de lo inclasificable, estrategia que concluye muchas veces en la pérdida de la esencia literaria. Aunque también podría suceder que, al contrario, la mirada crítica se inclinara por distanciar de manera radical las vidas pública y privada de la creación. Y ni qué decir cuando todo lo anterior se aplica, de una forma u otra, a una manera tan personal de escritura como la de Martín Luis Guzmán, tantas veces desenvuelta dentro del universo de la ficción y casi nunca alejada de la realidad histórica contemporánea.

Martín Luis Guzmán fue un escritor de pocas obras. Algunas grandes en verdad. Ubicado al centro de nuestra historia literaria y habitante de sus periferias más recónditas, como narrador manifestó un estilo original, fino y contundente. En su papel de periodista y editor mostró con frecuencia virtudes mientras ocultaba ambiciones. Como político fue también cauto, hasta indescifrable en sus enigmáticas iniciativas y metas.

Guzmán hizo realidad la fantasía de muchos autores: enmascarar sus acciones y ficciones sin que eso significara desaparecer en absoluto de la escena. Con una astucia maquiavélica, aplicada a todos los pliegues de su vida y a sus diversas actividades, Guzmán consiguió que su presencia física e intelectual fuera tan exactamente oscura como bruñida y efectiva suele ser una eminencia gris, según la expresión francesa. Cosa que Guzmán también fue desde luego. Tanto en México como en España.

La escritora y académica Tanya Huntington publicó recientemente Martín Luis Guzmán: entre el águila y la serpiente, volumen donde busca un acercamiento de cierta manera distinto, aunque también complementario, del conseguido en los ambiciosos y propositivos trabajos de Susana Quintanilla, Alan Knight o Marta Portal, a quienes Huntington da crédito en su libro, al lado de muchos otros especialistas (a uno de estos últimos, por cierto, la autora fustiga con absoluta libertad, hecho casi inusitado dentro de nuestro panorama crítico). En lo formal, el acercamiento de Huntington a la vida, imagen y obra del autor de La querella de México tiene mucho de lo que el propio Guzmán procuró hacer en su momento: ejercer la crítica abiertamente, con acidez y valentía, con la soltura propia de la crónica periodística y sin escatimar el humor.

La autora sustenta su trabajo en una amplia revisión del estado que guarda la crítica sobre la vida y obra de Guzmán y el estudio del devenir político en México. A partir de este examen, Huntington advierte las limitaciones de dicho ejercicio, sin guardar algunas radicales interpretaciones. A diferencia de analistas precedentes, por ejemplo, nuestra autora no duda en considerar a Guzmán un miembro por derecho propio del Ateneo de la Juventud. Haber arrastrado el fracaso como una característica fundamental de su trayectoria pública le impediría, sin embargo, llegar a ser un líder cultural de la manera en que sí lo fueron José Vasconcelos y otros contemporáneos suyos. Esta injusta marginación de la historia oficial queda bien ejemplificada en la aventura que llevó a Huntington a descubrir la tumba de Guzmán, absolutamente olvidada, en un rincón del Panteón Español, y no, como se habría supuesto, en la Rotonda de las Personas Ilustres. La autora destaca las participaciones fallidas de Guzmán en la política mexicana e hispana y su hoy famosa propuesta para independizar las Academias de la Lengua americanas de la Real española. Experiencia que, de hecho, sentaría las bases del modo en que operan esas academias en la actualidad.

La idea medular del libro es revalorar ese objeto raro que fue en su momento El águila y la serpiente, opacado siempre por La sombra del caudillo, considerada en México y el extranjero una obra maestra de la novelística de la Revolución y de la literatura en lengua española. En opinión de Huntington, El águila y la serpiente sigue desconcertando todavía a la crítica, entre otras cosas por su estructura literaria y por la actitud del personaje central, crítico severo del criollismo al que perteneció Guzmán. Este volumen de prosas, que pocos se han aventurado a llamar novela, es otro clásico moderno de nuestra lengua, asegura la autora. Lo es tanto por la calidad de su escritura como por la perfección de sus escenas, pero sobre todo por la novedad e ingenio de su forma narrativa. En este libro, dice Huntington, Guzmán tuvo el arrojo de romper con muchos vicios y tabúes dominantes dentro del panorama literario de habla hispana. Para José Emilio Pacheco, fue una suerte de new journalism avant la lettre de su tiempo. Es decir, una propuesta narrativa híbrida, enfrentada como ninguna otra a los géneros puros y, por lo mismo, digna de la condena oficial y la exclusión del canon.

De seguro esta recuperación inteligente del volumen que significó la entrada de Guzmán al mundo de las letras y de las grandes ventas, de la que solo lamento cierto descuido editorial, hará bastante ruido dentro y fuera del ámbito académico. Ojalá que sea así. ~