artículo no publicado

Un crítico de bajo perfil

Joseph Hodara

Víctor L. Urquidi. Trayectoria intelectual

México, El Colegio de México, 2014, 420 pp.

Armando González Torres

La construcción del armazón institucional del México del siglo XX ha requerido el concurso de intelectuales “todo terreno” que no solo se consagren a su profesión, sino que tengan capacidad de animar y administrar empresas, formar cuadros, concitar voluntades políticas y prestigiar sus proyectos ante el público. Este tipo de intelectual requiere de una dosis de protagonismo, y otra de altruismo, pues parte de su producción y brillo propio se invierte en la docencia, el trabajo editorial, el cabildeo burocrático y todas esas variedades de obra negra indispensables para edificar una institución o una conversación pública. Víctor L. Urquidi fue un miembro destacado de esta amplia y añeja genealogía mexicana de intelectuales constructores, capaces de sacrificar vida contemplativa por vida activa; sin embargo, desde su muerte en 2004, su figura ha permanecido en una modesta penumbra. Con su libro Víctor L. Urquidi. Trayectoria intelectual, Joseph Hodara ofrece un prolijo retrato de este economista y forjador de instituciones.

Urquidi nació en un suburbio parisino en 1919, fue hijo del diplomático mexicano Juan Francisco Urquidi y de la enfermera de origen australiano Beatrice Mary Bingham, y pasó una infancia y adolescencia itinerantes, absorbiendo experiencias y bagajes culturales en distintos territorios. Estudió la licenciatura en economía en la London School of Economics y llegó a México en 1940 como uno de los, entonces, escasos profesionales en esa área. Urquidi trabajó, entre otros lugares, en el Banco de México, en la Comisión Económica para América Latina y en El Colegio de México, donde echó raíces más permanentes. (Mi generación de licenciatura todavía alcanzó la clase de economía latinoamericana que, con implacable rigor y seriedad, impartía el adusto profesor emérito.)

El libro de Hodara es un acercamiento que apenas esboza al personaje y se centra en la trayectoria pública y el pensamiento de Urquidi. Acaso la disposición temática, en lugar de cronológica, del libro, lo vuelve un tanto repetitivo y le resta fluidez narrativa; aunque esto es compensado por el acucioso acopio de información y el ánimo de equilibrio analítico. Si bien fue pionero en algunos tópicos, Urquidi no fue un especialista; tampoco fue, pese a su copiosa y hoy olvidada producción, el autor de algún libro seminal, sino que, acorde con las necesidades del momento, se ocupó de un amplio abanico de temas perentorios, como la política fiscal, la evolución demográfica, la desigualdad del ingreso, el medio ambiente, la tecnología y los retos de la educación pública. Urquidi no solo hacía diagnósticos de gabinete, sino que buscaba poner en práctica sus ideas y estableció una fértil interacción entre sus labores y contactos en los organismos internacionales, el sector público y la academia. La etapa que mayormente exalta Hodara es el liderazgo de Urquidi en El Colegio de México. En efecto, a lo largo de sus cerca de dos décadas como presidente de esta institución, Urquidi logró consolidar su prestigio como centro de excelencia académica, gracias a su prudencia y capacidad política para lograr apoyos, así como a su apertura e intuición para estimular el estudio de temas innovadores como los de población, sustentabilidad ecológica y tecnológica, estudios de género y estudios regionales, sin menoscabar las ramas humanísticas. (En su gestión, por ejemplo, se auspició la revista Diálogos que, dirigida por Ramón Xirau, fue un espacio de tregua y encuentro entre la intelectualidad polarizada de la época.)

Pero ¿fue Urquidi lo que suele llamarse un intelectual público? Ciertamente Urquidi fue un intelectual un tanto alejado de los reflectores que, más que en diarios o medios masivos, impulsó la difusión y el debate en revistas especializadas o en espacios académicos. A pesar de su bajo perfil, participó en las controversias de su tiempo con un estilo de argumentación didáctico y directo. Para Hodara, Urquidi tenía una visión de largo alcance y sabía expresar disensos y reservas con firmeza. Por ejemplo, en plena euforia del desarrollo estabilizador, el economista advertía de aspectos como la dependencia excesiva de Estados Unidos, la necesidad de reformas fiscales, la inquietante persistencia de la desigualdad del ingreso o las tendencias demográficas. Fue, por lo demás, un intelectual cosmopolita y con clara orientación latinoamericana, aunque completamente alejado de la caracterología de lo que Cabrera Infante llamaba “el latinoamericano profesional”. Hodara puntualiza adecuadamente: Urquidi fue un hábil y sobrio administrador y un crítico intelectual que no necesitaba alzar la voz, ni alborotar la tribuna. En efecto, Urquidi fue un crítico realista, pragmático y constructivo que rehusó adaptarse a los modelos y retóricas más rentables entre la intelectualidad de su época. Puede decirse que renunció a la popularidad de los discursos de moda en aras de la profundidad y la honestidad. Acaso ese gesto lo ha condenado a cierto olvido, aunque al mismo tiempo, en una era de vociferaciones intelectuales, resulta uno de sus legados más actuales y perdurables. ~