artículo no publicado

Poesía no completa, de Wislawa Szymborska

En su “Carta semi-íntima acerca de la poesía”, Czeslaw Milosz escribió: “si la descripción de una brizna de pasto se ha vuelto problemática, ¿acaso hay aún lugar para un panorama que incluya gente, animales, albas y ocasos?” Extrañamente, Milosz nos advierte que su terminología es metafórica, aunque no aclara a qué parte le corresponde la metáfora: ¿a la brizna de pasto o a la gente? En todo caso, a su pregunta se le podría responder de modo afirmativo con la obra de Wislawa Szymborska (Polonia, 1923). En cada uno de sus poemas, sin excepción, se vislumbra el panorama, desde el fragmento más pequeño hasta ese “vasto mundo” que, de nuevo según Milosz, ya no toman en cuenta las llamadas vanguardias poéticas, llenas de visiones intelectuales pero carentes de “corazón y de hígado”.

Es costumbre de alta estética o ética que los poetas, algunos poetas, regañen a la poesía, como si esta existiera al margen de sus practicantes o como si hubiera una regla de oro y una sola manera de escribir que, por lo general, coincide curiosamente con el tipo de poesía que hace quien lanza el regaño. El estricto Milosz, en su antología Postwar Polish Poetry, plantea incluso una división geográfica para el buen desempeño poético y declara que, debido a las constantes invasiones que ha sufrido Polonia, “el poeta polaco emerge quizá con mas energía, mejor preparado que su colega occidental para asumir las tareas que le asigna la condición humana”. Pero aun en este contexto ideal Milosz matiza. En la breve nota a la selección que ofrece de Szymborska nos explica que en la edición previa de su antología (de 1965) sólo había elegido un poema de la autora, pues consideró que “jugaba con ideas tomadas de la antropología y la filosofía”. Posteriormente recapacitó (en 1970), seducido por “su poesía amarga, escéptica e ingeniosa”, por la honestidad a la hora de expresar su desesperanza. Acabó incluyendo ocho poemas.

El juicio severo, esencialista o ideológico suele colocarse por encima de los meros poemas, esos accidentes aristotélicos que difícilmente dan en el blanco, pues no alcanzan a trascender su naturaleza: un puñado de palabras con múltiples sentidos. Y ni una sola sirve para atrapar la esencia ni para asimilar la lección. El asunto, o el error, supongo, estriba en proponérselo. Szymborska no da la impresión de hacerlo. Lo suyo es, valga la paradoja, extraordinariamente circunstancial. Sus poemas siempre tratan de algo y, círculo perfecto, uno siempre sabe de qué tratan, lo cual no deja de ser desconcertante. La lectura y el entendimiento son simultáneos, se asemejan a una misma experiencia de entrega inmediata que excluye las tortuosas interpretaciones y no crea aquella franja hechicera de silencio entre la página leída y la mente cavilosa. ¿Cómo se logra algo así? ¿Cómo se consigue, además, que la claridad posea el misterio de una revelación? ¿Será literatura o será el puro peso de la realidad? Habría que admitir, para empezar, que aquí la diferencia es tenue y depende del orden de los factores: es en la realidad donde se inscribe esta literatura y donde luego se escriben, casi orgánicamente, por generación espontánea, estos poemas. El disparador no obedece a ninguna teoría, a ninguna definición restrictiva de la poesía, sino a una especie de urgencia moral y política. Pero esa, señalaría Perogrullo, existe en donde sea; a pesar de lo que afirma Milosz, no puede ser exclusividad de la poesía polaca. Por lo tanto, es una elección que ha acabado ya por convertirse en un rasgo distintivo y en una tradición, al menos en Milosz, en Zbigniew Herbert y, sobre todo, en Szymborska, donde la Historia, con mayúscula, está incorporada como un instinto y construye la teatralidad misma de los poemas, el escenario en el que se cuentan las historias derivadas y más simples. Sin nunca perder de vista el panorama.

El camino es directo. Szymborska no pretende pronunciar verdades; por lo tanto, nunca miente. Ella misma puso por delante esta modestia, o estrategia, en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura en 1996. Luego de aclarar que había escrito muy poco acerca de la poesía, confesó que su única idea fija es que no sabe nada. De ahí brota la inspiración. “Los poetas, si son genuinos, deben seguir repitiendo ‘yo no sé’.” Sin embargo, aun esta ignorancia posee su propia tiranía, su disfraz y su caricatura, pues qué sucede si uno, por momentos, sí sabe. Peor aún, la consecuencia de ser genuino cae como lápida. Yo no diría de Szymborska: he ahí una poeta genuina porque no sabe. A estas alturas hay tantos poetas genuinos que posiblemente, con suerte, la cantidad anule las virtudes intrínsecas de esa cualidad hasta conseguir que de veras ya no importe. Y queden los poemas y quizás a veces las intenciones.

En Szymborska uno lee tramas que son destinos. Como si a cada anécdota la precediera una hipótesis y el poema fuera su demostración. El efecto es contrario a la perplejidad. Hay cuentos diminutos y hay parábolas; en casi todos los poemas existe un desenlace: textos tan escritos como una narración. Por algo es tan certero aquel poema “Miedo escénico”, en el que Szymborska se burla de la denominación “poetas y escritores./ Porque así es como se dice./ Los poetas entonces no son escritores, sino qué”. La solución se halla en la ironía misma, lo cual ocurre una y otra vez en la obra de Szymborska. En “Los dos monos de Brueghel”, a la pregunta por la “historia de la gente”, uno de los monos encadenados a una ventana “sopla la respuesta/ con un discreto sonido de cadenas”; en “Noticias del hospital”, junto a la cama del enfermo, alguien se interroga “¿quién se le muere a quién?”, luego contempla tres lilas en un vaso y baja corriendo por las escaleras del hospital; en “Elogio de mi hermana”, la poeta cuenta “mi hermana no escribe versos/[...] En muchas familias nadie escribe versos”, pero su hermana cultiva “una buena prosa hablada” y le manda postales de sus viajes donde le dice “que cuando vuelva,/ me contará todo,/ todo,/ todo”; en “El ocaso del siglo”, luego de lamentar que el XX no fue mejor que los otros concluye: “Cómo vivir, me preguntó en una carta alguien/ a quien yo tenía la intención de preguntarle/ lo mismo/[...] no hay preguntas más urgentes/ que las preguntas ingenuas”; en “Puede ser sin título”, empieza “Ocurre que estoy sentada bajo un árbol”, admite que tal acontecimiento nimio no pasará a la historia, pero sigue ahí, bajo el árbol, “el instante más fugaz también tiene su pasado”, vuela una mariposa blanca junto a su cabeza: “ante una visión así, siempre me abandona la certeza/ de que lo importante/ es más importante que lo insignificante”. A fin de cuentas suceden tantas cosas, dice Szymborska en “La realidad exige”, que seguro tienen que suceder en todas partes.

Retomo el principio potencial de la ignorancia, el “yo no sé” que adquiere toda su fuerza por predicarse en primera persona, pero que al transmitirse, comunicarse, termina siendo aquello que todos sabemos. La conciencia no tolera el vacío, salvo si se postula como una pregunta que es una respuesta. Yo soy tú, dice Szymborska, ¿y tú quién eres? Yo, en un mundo perfecto, respondería yo; en el imperfecto me bastaría con el solaz de tú. En esa cuerda floja andan estos poemas y las ocasiones rarísimas en que caen lo hacen del lado de la astucia, por pasarse de listos: siempre se nota cuando un poeta ya aprendió a hacer poemas. Y esto a veces le ocurre hasta a Szymborska. Minutos apenas y luego vuelve a desaprender, escribiendo hacia fuera, nunca hacia dentro. Sus poemas no hablan consigo mismos, no son alegorías de la intimidad; no susurran, no se ocultan, no postergan el sentido por etapas, en circunloquios. Pura y sencillamente, están escritos para leerse: pues si no qué.

En Poesía no completa se hallan las porciones asombrosas del todo. Uno quisiera, claro, escuchar su música no celestial, pero por lo menos sí original. Según los admirables traductores de este libro que reúne lo principal de los siete libros de Szymborska, Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, se ha perdido algo de su esplendor sonoro en el traslado. Sin duda lo que se pierde siempre, pero repone hasta cierto punto la nostalgia que suele acompañar a la lectura de una traducción. En esta instancia, uno se queda con la certidumbre de que los poemas en español embonan impecablemente. De que uno de veras leyó a fondo a Wislawa Szymborska. Y eso sin saber. ~