artículo no publicado

Narrar la diferencia

Sabina Berman

La mujer que buceó dentro del corazón del mundo

México, Planeta, 2011, 284 pp.

 

Karen es autista. Temple es autista. Karen encuentra la paz entre los atunes, Temple entre el ganado. Karen utiliza un arnés y un traje de buzo para relajarse y Temple adapta una máquina pecuaria, a la que acude básicamente para lo mismo. Las dos cuentan con familiares que confían en sus aptitudes. Ambas asisten a la universidad y se enfrentan a los prejuicios académicos a la hora de cursar estudios de zoología (su singularidad es vista, en no pocas ocasiones, como un retraso). Ambas dicen comprender las emociones animales con mayor talento que las humanas. Cada una aprovecha su autismo para reformar una industria: la de los atunes, Karen; la del ganado, Temple. La primera termina por dirigir una empresa cuya oferta principal es un atún libre de estrés; la segunda inventa un sistema para atenuar la crueldad en los mataderos y, de paso, evitar pérdidas monetarias a sus dueños. Finalmente, y esto era de esperarse, ambas alcanzan un lugar en una sociedad surcada por el pensamiento tópico.

Se trata de Karen Nietoy Temple Grandin, dos mujeres tan originales que sorprende que sigan trayectorias afines. Quizás suceda que el destino de las personalidades discordantes sea el mismo: caer en un mundo arbitrario, avanzar a contracorriente, enriquecer nuestra noción de humanidad. Los héroes contemporáneos luchan contra un puñado de convenciones y vencen incluso dentro de las propias reglas del juego. Asílo demuestra la real señorita Grandin y también su contraparte ficticia, Karen, protagonista de la más reciente novela de Sabina Berman, La mujer que buceó dentro del corazón del mundo.

No me cabe duda de que Berman (ciudad de México, 1955) tomó elementos, escenas y alguna que otra opinión de Temple Grandin para configurar a la heroína y narradora de su libro. Eso no es lo importante.  Karen y Temple son, en sí mismas, personajes irresistibles desde el momento en que convierten sus impedimentos para socializar en una ventaja (académica, empresarial), pero que –por los mismos motivos– se encuentran todo el tiempo al borde de convertirse en símbolos de “la diferencia”.

Aceptémoslo: nada tan atractivo como proclamar que la singularidad cambia al mundo. “Think different” nos ha dicho Apple, y los tiempos actuales nos exigen creer que este gadget, ese lienzo, aquella teoría revolucionaria se deben a “los locos, los inadaptados, los rebeldes”, a esos que “no siguen las reglas ni tienen respeto por lo establecido”. Eso –la apuesta por la originalidad de ciertas mentes– es lo que anima a la empresaria Isabelle a dejar la atunera en manos de su sobrina Karen: “Olvidaremos el 90% rojo de tus incapacidades”, le explica mientras ambas observan las gráficas de unas pruebas psicológicas, “y apostaremos al 10% azul de tus capacidades sobresalientes. ¿Qué te parece?”

La mente autista provoca fascinación, qué duda cabe: Karen posee una inusitada facultad para percibir estados de ánimo en los animales y, al mismo tiempo, pasa demasiados aprietos para entender a los seres humanos. En su revisión del caso Grandin, el neurólogo Oliver Sacks concluyó que las manifestaciones emocionales de las personas suponen códigos culturales que un autista está lejos de advertir. En términos generales, se trata de una paradoja sobre la  que Sabina Berman ha construido  la mirada peculiar de su personaje. Esos códigos –con que los “seres normales” hemos cifrado la alegría, la tristeza, pero también la simulación y variadas certezas acerca de nuestras relaciones– es lo que la protagonista de esta novela llama “la burbuja humana”, el cerco que nos impide ver el resto “no humano” y, por ende, el mundo en su totalidad. Algo de lo que ella carece y en cuya privación sostiene también su sensibilidad.

Restringida, o quizás liberada, por su autismo, Karen no puede sino leer la realidad con objetivismo extremo. Hay cosas concretas allá afuera, nos dice, pero la gente está empeñada en creer más en las palabras que en los objetos que nombran. En párrafos iracundos, la empresaria del atún despotrica contra una cultura que ha sido erigida a través de metáforas y eufemismos, y que ha derivado la condición de existir del acto de pensar. “[Es] una lástima que no se juntaron los libros de Descartes en una montaña y se les prendió fuego”, opina en un artículo denominado Dinámica del amaestramiento del homo sapiens según el instructivo de Descartes. Paradójicamente, no es sino un “estado mental” lo que ha producido esas revelaciones.

Sin embargo, no todo es neurología en este libro. Las extravagancias cerebrales también plantean retos narrativos (solo hay que notar las técnicas con que Ray Robinson y Mark Haddon trazaron a sus personajes con epilepsia y síndrome de Asperger en novelas como Electricidad y El curioso incidente del perro a medianoche, respectivamente).  En La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, Sabina Berman ha acudido a un estilo directo, en tanto su protagonista privilegia los hechos concretos sobre las abstracciones. Contener la reflexión en los sucesos, sin que la trama se convierta en una mera secuencia anecdótica, no es un logro menor, como no lo es tampoco sortear todas las causas nobles que este libro pudo haber abanderado. Pero al mismo tiempo, sujetarse solo a esa estrategia ha deparado lo que quizás sea su problema más notable: aceptar que Karen Nieto carece de conflictos internos porque su sola presencia ya entabla un conflicto de la sociedad consigo misma. Y, en consecuencia, ejecutar esa premisa a través de un reparto gris de personajes.

Me explico: las mejores escenas de la novela –donde Karen encabeza el sacrificio “humanitario”de atunes, cuando se enfrenta a la muerte de un familiar, o durante su secuestro por parte de unos radicales ecologistas– requieren gente que encarne prejuicios e ideas establecidas. Políticos, empresarios, profesores, defensores de los derechos de los animales que digan ese tipo de cosas que uno esperaría de los políticos, los empresarios o los defensores de los derechos de los animales. Por tanto, el autismo de Karen es luminoso principalmente porque puede observarse en contraste con el fondo que proporciona la masa hecha de pensamientos convencionales. Cada década aparece un personaje fuera de lo común, diríamos en evidente referencia a Bertolt Brecht, pero ¿quién ha estado pagando los gastos?

Berman ha sustentado el carácter entrañable de su personaje en bosquejar apenas a quienes la rodean. Poner a una mujer de insólita coherencia en una sociedad hipócrita, acomodaticia, hecha también de lo peor que tenemos los seres humanos, beneficia al componente satírico de la novela, pero desdibuja el reparto y lo reducea sombras. Lo cual, me parece, opera en contra de una narración cuyo punto de partida era precisamente que podemos ser diversos. ~