artículo no publicado

Muerte en la rúa Augusta, de Tedi López Mills

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Muerte en la rúa Augusta de Tedi López Mills es un poema narrativo: hasta aquí todo claro, pero luego el asunto se complica como todo aquello que en verdad interesa. Digamos que hay una trama. El poema comienza con una puesta en escena (¿la escena del crimen?) que parece contradecir levemente lo anunciado en el título: el cadáver del señor Gordon aparece bajo un árbol, junto a una alberca, en el jardín de su casa en Fullerton, California, bastante lejos de la rúa Augusta en Lisboa. Sobre el cadáver del señor Gordon hay un papel con unas palabras de autoría dudosa: “Anónimo dijo: esto ni se lee ni se entiende.”

El poema avanza retrocediendo en el tiempo: el tiempo vacío del señor Gordon, poco antes de su muerte, en su nueva vida de jubilado forzoso tras sufrir una grave alteración de sus facultades mentales. Un vacío que intenta combatir llenándolo de escritura. Gordon tiene tres cuadernos, a saber: un cuaderno que utiliza como diario, otro donde dibuja y otro más donde escribe, dibuja y pega imágenes de sus recuerdos sobre un asunto que le obsesiona: las albercas.

A mi cabeza me viene ahora el recuerdo de otra alberca californiana: la alberca de Sunset Boulevard, la película de Billy Wilder, que comienza también con una alberca y el cadáver del protagonista. Un cadáver que narra su propia historia. De alguna manera, Gordon, a través de su diario y su desdoblamiento en otro, en un personaje llamado Anónimo, narrará también su propia historia: la historia que conduce a su muerte. Aunque en este caso, a diferencia del filme de Wilder, hay también un narrador externo. Pero ante ambos protagonistas muertos al comienzo de sus propios relatos, o, mejor dicho, ante ambos relatos que comienzan contando el final, uno ya no se pregunta por el desenlace sino que busca una explicación. En el caso del libro de López Mills se desprende, además, otra pregunta: si Gordón murió en su jardín en Fullerton, California, ¿quién morirá en la rúa Augusta?

Una pregunta más: ¿Muerte en la rúa Augusta podría adaptarse a cine? Aunque el título me encanta para película, para leerlo en letras luminosas de marquesina, al resto del texto no lo visualizo trasladado a la pantalla. A diferencia de Sunset Boulevard, la rúa Augusta no conduce a Hollywood, al menos en este libro, sino que conduce a internarse más y más en la escritura. Y es aquí donde la cosa se complica.

 

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Dije: Muerte en la rúa Augusta es un poema narrativo. Pero la narración funciona en este libro casi como un escenario construido para que el decir lírico pueda tener lugar. Porque en realidad se trata de un poema delirante. De voces desquiciadas, escindidas para desdoblarse en otras. Como si los personajes fueran las coartadas de sus voces. Personajes que funcionan como las muchas máscaras de un yo. Por momentos, incluso, más que un poema narrativo, sospecho un poema dramático. Algo hay de Lear y su bufón en los enloquecidos diálogos de Gordon y Anónimo. ¿O será que es verdad aquello de que “un pobre viejo siempre es un rey Lear”? Así veo a Gordon: despojado de todo, incluso de sí mismo, incluso de sus propias palabras.

Porque así como López Mills construye personajes que le sirven para poner en entredicho su propia voz a través de su desdoblamiento en otros, la voz de Gordon se desdobla, a su vez, en otro: en Anónimo, que lo despoja de su autoría. Anónimo es, tanto literal como metafóricamente, la desaparición del autor. Lo que queda es un texto. La escritura de este poema aparece entonces como desprendida, escindida, ajena, en una suerte de esquizofrenia: hay un narrador que habla de un cuaderno que recoge la voz del otro que a su vez parece juzgar la escritura que intenta recoger lo que “alguien, quizá hasta el propio Gordon” ha dicho: “Anónimo dijo: esto ni se lee ni se entiende.” Dije: el asunto se complica.

Lo que realmente está en cuestionamiento aquí es la pertinencia de un yo lírico. O más aún: de la posibilidad de una poesía lírica. “Esto ni se lee ni se entiende” se refiere ciertamente a la propia escritura de este libro, ¿pero no podría estarse refiriendo también a una opinión bastante generalizada sobre la poesía? La tentativa narrativa podría ser, entonces, un intento por reinsertar a la poesía en la novela del mundo, en la historia, es decir, en aquello que sí se lee y sí se entiende.

En Muerte en la rúa Augusta confluyen varios lenguajes: el del delirio, más cercano escrituralmente a una noción tradicional de la lírica, el narrativo que enmarca el delirio, y el de los libros de superación personal, de los folletos técnicos, y de las guías de viajes, textos que Ralph, un viejo amigo, le da a leer a Gordon, y cuyo lenguaje pretendidamente neutro, claro e instrumental es desenmascarado en el poema como el más absurdo de todos, aunque se lea y se entienda:

 

 

Y así empieza el libro:

“Desde épocas remotas

el hombre o los seres humanos

siempre han trabajado.

¡El trabajo es lo más saludable que
[hay!

En la Biblia todos trabajan y por eso
[progresan...”

 

 

Por otra parte, López Mills acota la escritura delirante de Gordon y Anónimo con una voz narrativa que de tan precisa deriva en hallazgos poéticos. Así, por ejemplo, puede leerse: “...cierra los ojos Gordon,/ se da cuenta de que el miedo/ en un costado de su corazón/ es solo su alma”. O describe: “Ralph con sus zapatos negros de punta,/ su pelo teñido de caoba,/ su copete congelado en otro tiempo”. También observa que los clips se multiplican cada vez que se intenta contarlos y que “cada clip era un laberinto de dos salidas”. Pero eso sí se lee y sí se entiende. Tal vez el corazón de este libro radique en sus pasajes más delirantes.

“Esto ni se lee ni se entiende”: ¿no se suponía que eso era la poesía? ¿No era la lírica un delirar? ¿No era acaso el poeta un loco poseído por el verbo? Puede ser. Pero en México realmente los poetas no se parecen mucho a aquellos que Platón expulsó de su República por traicionar a la verdad a través de su vehículo de aparición: la palabra. Al contrario: tal vez la vertiente poética que mayor fuerza ha tenido en México es aquella que identifica a la poesía con el conocimiento, con la búsqueda de la verdad. Es decir, una poesía de la razón o a la luz de la razón. Al menos la “gran poesía” nacional: Sor Juana, Gorostiza, Paz. Una excepción: López Velarde, mucho más delirante e impredecible. Pero en líneas generales podemos decir que, más allá del hecho de que el poema moderno suponga una acusada conciencia de sí mismo, la gran poesía mexicana ha sido una poesía intelectual, filosofante, erudita. El poeta que piensa en el poema. Claro que los sueños de la razón producen monstruos. ¿Será que en un país enloquecido al loco le toca actuar de cuerdo?

En Muerte en la rúa Augusta López Mills se arriesga en el lenguaje del delirio a través de una coartada ficcional. Porque, si no, ¿cómo sostenerlo? Junto al hallazgo poético, lo trivial versificado. López Mills es consciente de que para que el poema se sostenga en este momento no basta la revelación lírica, sino que es necesario todo lo demás, lo otro, cualquier cosa que ensucie y contamine ese núcleo deslumbrante. Y así el señor Gordon morirá dos veces, en dos distintos planos del lenguaje. ~