artículo no publicado

Luna creciente, contrapoéticas norteamericanas del siglo XX, de Heriberto Yépez

Heriberto Yépez, Luna creciente, contrapoéticas norteamericanas del siglo xx, Conaculta-Centro Cultural de Tijuana, México, 2002, 143 pp.
ENSAYO
LA VECINDAD DISTANTE

Es una paradoja que la frontera más cruzada del mundo, la que se levanta entre México y Estados Unidos, sea también una de las fronteras que más abruptamente dividen el desarrollo de dos tradiciones literarias. La barrera del idioma, pero también cierto desdén aislacionista y satisfecho, han llevado a que la historia de la poesía latinoamericana siga un curso independiente (el empleo del adjetivo "paralelo" resultaría desorientador) al de la poesía estadounidense, en particular cuando contrastamos algunos de sus afluentes más radicales de la segunda mitad del siglo pasado. Si uno hojea las revistas literarias a ambos lados de la línea divisoria, por ejemplo, descubrirá que apenas comparten un esporádico punto de encuentro o de intersección, más dictado por la casualidad que por la perseverancia de un interés, y en donde sin embargo no se puede hablar de diálogo auténtico —mucho menos de confrontación. Y las explicaciones de toda índole que se han ensayado, que invocan desde el resentimiento social hasta acusaciones de mutua ignorancia del canon occidental, no logran hacer más llevadera esa condescendencia que, bajo la forma de una ceguera elegante y en apariencia bien dispuesta, se traduce en una estéril serie de desencuentros que podría intitularse "Del elevado arte del desprecio en tiempos del tlc".
     Desde uno de los centros más agitados de esa frontera, Tijuana, el ensayista, traductor y poeta Heriberto Yépez (1974) se ha dado a la tarea de reflexionar sobre tan desconcertante estado de cosas, y con un ensayo a la vez documentado y polémico, desafiante y sugestivo, ha hecho que el tan cacareado lema de "la literatura fronteriza" presente su rostro más enriquecedor y problemático: el de la verdadera confluencia de dos literaturas. A través de un breve pero sustancioso panorama de los movimientos poéticos de la posguerra estadounidense, cuyo acento recae en las principales propuestas de la contracultura (de la poesía beat a la etnopoética, pasando por la corpOralidad y las contrapoéticas chicanas y nuyoricanas), Yépez se ha ocupado no sólo de escribir un libro de difusión, tan dinámico como poliédrico (es decir, un libro que ofrece una multiplicidad de perspectivas, a veces antagónicas, que en conjunto rueda y avanza con naturalidad, pero al mismo tiempo es capaz de levantarse sobre cualquiera de sus caras), sino, más importante aún, de tender una serie de puentes hacia territorios prácticamente desconocidos para nosotros. Y es que el dedo agudo de su crítica no se contenta con hacer que escueza la llaga de la incomunicación literaria; también sirve a manera de cura posible, como un principio de intercambio y de conocimiento que a la postre podría redundar en una "actualidad compartida" también en el ámbito poético. Sus señalamientos son verdaderas quemaduras: abrasan a la vez que cauterizan.
     La razón lúdica, la irreverencia y una ironía bien modulada son las principales armas de la prosa de Yépez. Pero si en otros de sus libros (en Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción, o en Sobre la impura esencia de la crítica) el ensayo es entendido como una defensa y exacerbación del gusto, sin dejar por ello de oscilar entre los extremos paradójicos de la sátira agradecida y del tributo con visos escépticos, aquí se ha concentrado en trazar un mapa literario tan personal como persuasivo, que articula un largo argumento por medio de frases punzantes y hasta exageraciones, en todo momento pendiente de no desentonar, desde el punto de vista formal y sobre todo anímico, con la naturaleza contestataria de su tema de estudio. Los autores de la vanguardia estadounidense por él analizados no se sabe si son sus favoritos o sus bestias negras; o si, por una perversión del juicio, son sus bestias negras precisamente a causa de la admiración que les profesa. En todo caso, son autores en los que Yépez se ha sumergido con esa rara frescura que sólo dan la frecuentación y el placer; y alrededor de los cuales ha logrado dibujar un aura de imantación tan entrañable como incierta, parecida a la que producen los retratos literarios mordaces pero en el fondo amorosos. Por sus páginas desfilan los previsibles nombres de Charles Olson, Denise Levertov, Langston Hughes, así como una mitificada Gertrude Stein, sin olvidar, por supuesto, a los desarrapados beatniks; pero también John Cage y Jerome Rothenberg, David Antin y Miguel Algarín, Ed Sanders y Robert Bly, máximos representantes de las más variadas formas de antipoesía y de contrapoética.
     Quizá en un primer acercamiento resulte extraño que, al reseñar los riesgos y experimentalismos que asumió la vanguardia estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial, Yépez dé preeminencia a las poéticas y no a los poemas: que buena parte de sus páginas estén consagradas a la discusión del proceso creativo, la denuncia social, o al recuento de cómo se transformó la idea misma de lectura en voz alta, la institución del recital poético y la figura del bardo. Pero justamente uno de los valores del libro estriba en hacernos ver cómo la experimentación formal, llevada al límite, o mejor dicho, dirigida hacia algunos de sus múltiples límites, suponía el cuestionamiento de la naturaleza misma del poema, hasta el punto de que muchas veces era suplantado por la sola intención, por el movimiento que lo hace posible: en una palabra, por el acto poético más que por un poema en negro sobre blanco. El énfasis en las poéticas o, para ser justos con el título del libro, en las contrapoéticas (aquellas que todavía creen en el espíritu de la vanguardia y no eluden la dimensión política del acto de enlazar palabras), se explica así por la atención prestada a las formas más atrevidas de experimentalismo, que desembocaron en propuestas como la eliminación del sujeto lírico tradicional, el cuestionamiento de la autonomía y suficiencia del poema escrito, la recuperación de la dimensión oral, del habla cotidiana como rasero poético y filo político, así como el manejo del cuerpo en lo que ya no podría llamarse propiamente una lectura de poesía, sino más bien danza, o quizá performance: "El poema saliendo de sí mismo."
     Acaso podría reprocharse el excesivo celo polemista de la escritura de Yépez; el recurso constante de la hipérbole y la contundencia como formas sonrientes de su desenfadada retórica. El autor se complace en llamar la atención sobre ciertos aspectos de los movimientos analizados a través de bravuconadas, genealogías descabelladas y falsos contrastes; pero esas exageraciones y claroscuros no son fruto del alarde o la arbitraria propensión al escándalo, sino una forma eficaz, aunque quizá repetitiva, de señalar ciertos matices que ha entendido sólo se percibirán magnificándolos, y de propiciar la discusión: de hacer notar que, pese a la negligencia y cerrazón de la poesía hispanoamericana frente a las vanguardias extranjeras recientes, el estudio de la literatura contracultural de Estados Unidos no es meramente "una curiosidad dominical". Como toda amonestación que sabe dar en el blanco, el libro cumple su doble papel propedéutico y regañón: látigo que restalla un tanto efectistamente, pero también, y acaso justo por ello, sugestivo acicate. ~