artículo no publicado

Los Madero. La saga liberal, de Manuel Guerra de Luna

 

A mediados de 1856, el coa-huilense Evaristo Madero Elizondo le escribió al cacique norteño Santiago Vidaurri: “Sin temor a equivocarme podría jurar a usted que a cuatrocientos hombres de esta frontera, bien equipados del todo, no serían bastante cuatro mil del interior [de la República] para quitarles el coraje.”

Entre líneas, las palabras de Evaristo Madero develan un conflicto que surgió desde el momento en que México nació a la vida independiente: a pesar de que la bandera del federalismo fue enarbolada en todo momento, el país se construyó desde una visión absolutamente centralista –dejando en el abandono a los estados fronterizos– que provocó innumerables conflictos con el norte y la constante reivindicación de sus derechos y sus aspiraciones. En el siglo xix, los hombres del norte, los “fronterizos”, buscaron, legítima y permanentemente, construir su propia identidad regional.

Desde el ámbito de “lo oficial”, la historia de México fue explicada en términos absolutos: un selecto grupo de personajes, casi predestinados, participaron en una serie de hechos que aparecían como accidentes causales, los cuales determinaron el surgimiento de épocas fundacionales –Independencia, Reforma, Revolución–, y con una dimensión exclusivamente nacional.

La historia oficial no interpretó el pasado como una serie de procesos, con distintos actores sociales y dentro de los más diversos contextos. Pero fue más lejos: relegó discrecionalmente la historia regional. En esa maniquea interpretación están ausentes los procesos locales que, sin duda, son determinantes para la reconstrucción general del pasado.

Los Madero. La saga liberal de Manuel Guerra de Luna es una obra que reivindica la historia regional y la historia familiar como fuentes fundamentales y complementarias para reconstruir y entender con mayor precisión la construcción del imaginario nacional.

A través de una minuciosa investigación realizada dentro de los cánones académicos –consulta de fuentes primarias: fondos documentales en México y Estados Unidos, archivos iconográficos, hemerografía, bibliografía, cotejo de fuentes y discusión con historiadores locales y regionales–, Manuel Guerra desentraña las relaciones políticas, económicas y sociales del noroeste mexicano –particularmente de Coahuila y Nuevo León–, desde la óptica de la historia de la familia Madero, en el convulsionado siglo xix, tiempo en que se definió la construcción y consolidación del Estado-nación mexicano.

Las historias particulares de José Francisco Madero Gaxiola y su hijo, Evaristo Madero Elizondo (bisabuelo y abuelo del presidente), son el eje narrativo de una larga historia de encuentros y desencuentros entre el noroeste y el centro del país, en el que se revelan asuntos que dentro de la lógica de la historia oficial no existían o permanecían ocultos: la equivocada política de colonización en los primeros años del México independiente que culminó con la pérdida de Texas; la participación de la masonería en el desarrollo político regional; la constante lucha –sin apoyo del centro– contra las tribus nómadas que asolaban las poblaciones fronterizas; las relaciones locales de poder que, pese al liberalismo que soplaba desde mediados del siglo xix, se sustentaban en la construcción de cacicazgos; el exitoso tráfico comercial en la frontera, beneficiado con la Guerra de Secesión estadounidense; la permanente reivindicación de la autonomía norteña frente al gobierno del centro, incluso en momentos en que el interés nacional exigía la unidad frente a la intervención francesa y el imperio de Maximiliano.

Con una narración profusamente anotada pero ágil, Manuel Guerra antepone el universo regional al nacional, lo que permite la lectura desde una óptica distinta para conocer temas ignorados u olvidados, como el hecho de que en los primeros años del México independiente y hasta antes de 1836 existió el Estado Libre y Soberano de Coahuila y Texas –con su gentilicio, coahuiltexanos, y su propia dinámica social–, que buena parte de las poblaciones coahuilenses votaron por incorporarse al estado de Nuevo León bajo el dominio de Santiago Vidaurri en la década de 1850, o que existía el ánimo autonomista de formar la República del Norte. Frente a los vaivenes de la política nacional, los fronterizos –como los denomina Guerra– no fueron ni imperialistas ni juaristas, eran “norteños”.

Los Madero... no es una apología familiar, ni es obra condescendiente. A pesar de haber dirigido un proyecto de varios años para reunir cuidadosamente el gran acervo de la familia Madero, Manuel Guerra toma distancia, explica las redes familiares tejidas a la sombra de los negocios y muestra críticamente a los fundadores de la dinastía frente a diversas circunstancias.

No sorprende que Evaristo Madero contemplara sumarse a las filas del segundo imperio siguiendo a Santiago Vidaurri, si así convenía a sus intereses económicos, y es comprensible la serie de conflictos surgidos en el seno familiar por las empresas y las sociedades comerciales que conformaron los distintos apellidos de renombre –González Treviño, Milmo, Zambrano–, que temprano o tarde se unieron al apellido Madero.

Los principios liberales de la familia Madero eran más cercanos al ámbito económico que a la esfera política; su convicción por el liberalismo era pragmático, por lo que encontró rápido acomodo y buen entendimiento con los distintos gobiernos: desde el cacicazgo regional con Vidaurri, pasando por la República triunfante de Juárez, hasta el orden, la paz y el progreso establecidos por Díaz –el propio Evaristo fue gobernador de Coahuila durante el Porfiriato.

Los negocios, el comercio, las empresas, fueron los pilares básicos del liberalismo familiar, un liberalismo eminentemente económico que topó con pared al acercarse al ámbito político a partir de 1909, y violentó la pragmática tradición familiar frente al poder, cuando el joven Francisco Ignacio Madero lanzó un grito completamente inesperado y desconcertante para su familia: “Sufragio efectivo. No reelección.”

Aunque la historia regional es parte del trabajo de investigación que realizan las principales universidades y los colegios de historia, y existe una vasta historiografía al respecto, su difusión ha sido por lo menos escasa. Los Madero. La saga liberal pretende romper esta inercia. Su autor reivindica la divulgación amplia de la historia regional, pero sobre todo el reconocimiento a una porción del pasado que abre la posibilidad de discutir y reflexionar sobre la forma en que se construyó, sesgadamente, el concepto de nación durante el siglo xx. ~