artículo no publicado

Leonora Carrington abandonada a su locura

En 1940, Leonora Carrington pasó seis meses encerrada contra su voluntad en Santander. Años más tarde escribió las memorias de ese internamiento.

1.

En 1940, la escritora y pintora inglesa de nacimiento y mexicana de adopción Leonora Carrington (1917-2011), pasó seis meses encerrada contra su voluntad en una especie de manicomio en Santander. Tres años después, ya en México, escribió las memorias de ese internamiento: Memorias de abajo. Alpha Decay las recupera en el año del centenario de su nacimiento precedidas por un prólogo de Elena Poniatowska, que le dedicó a la artista una novela, Leonora (por la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve en 2011).

2.

En 1940, “un gendarme que portaba un fusil” se llevó a Max Ernst (era la segunda detención) a un campo de concentración. Los dos vivían desde hacía tres años en un pueblo, Saint-Martin-d’Ardèche. Carrignton llora y se provoca vómitos con agua de azahar, convencida de que “Era el espejo de la tierra”. Mientras ella llevaba a cabo una dieta de limpieza, cuenta, “En el mundo exterior estaban ocurriendo diversos acontecimientos: la caída de Bélgica, la entrada de los alemanes en Francia. Todo eso me interesaba bien poco, y no albergaba temor alguno dentro de mí. El pueblo se hallaba atestado de belgas, y habían entrado unos soldados en mi casa, acusándome de espía y amenazándome con pegarme un tiro allí mismo porque alguien había estado buscando caracoles por la noche, con una linterna, cerca de casa. Sus amenazas me impresionaron muy poco, porque sabía que no estaba destinada a morir”.

3.

Leonora Carrington no tenía pensado huir hasta que su amiga Catherine llegó de París acompañada de un húngaro, Michel Lucas. Escribe: “Acepté. Acepté sobre todo porque, en mi evolución, España representaba para mí el Descubrimiento. Acepté porque en Madrid esperaba conseguir que estamparan un visado en el pasaporte de Max. […] Acepte un poco impresionada por los argumentos de Catherine, que me iban infundiendo, hora tras hora, un creciente temor. Para Catherine, los alemanes significaban la violación. A mí eso no me asustaba; no le daba la menor importancia. Lo que me inspiraba pánico era pensar que eran robots, seres descerebrados y descarnados”. En Perpiñán, “Yo estaba muy asustada: todo olía a muerte”. Tuvieron que esperar en Andorra hasta obtener un permiso, que les llegó gracias a su padre, accionista de Imperial Chemical Industries, para cruzar la frontera. Las dos amigas acudieron a Barcelona y de allí, en tren a Madrid. “La entrada en España me abrumó por completo: pensé que era mi reino; que su tierra roja era la sangre seca de la Guerra Civil. Me asfixiaban los muertos, su densa presencia en el paisaje lacerado.” En Madrid, su locura, que ya había empezado a manifestarse en el viaje, estalla. Después de ser secuestrada y violada por un grupo de oficiales y abandonada en el Retiro, llama al cónsul británico para compartir con él sus teorías políticas. El diagnóstico fue claro: estaba loca. Pasó unos días encerrada en una habitación del hotel Ritz. Sedujo a un médico (“que estaba al tanto del poder de papá Carrington y sus millones”) y consiguió recobrar la libertad, pero brevemente antes de ser enviada al manicomio. “Durante el trayecto, me administraron tres veces Luminal y una inyección en la espina dorsal: anestesia sistémica. Y me entregaron como un cadáver al doctor Morales, en Santander.”

4.

Leonora Carrington pasó seis meses encerrada allí. “Mi primer despertar a la conciencia fue doloroso: me creí víctima de un accidente de automóvil; el lugar me sugería un hospital, y estaba siendo vigilada por una enfermera de aspecto repulsivo y que parecía una enorme botella de Lysol. Me sentía dolorida, y descubrí que tenía las manos y los pies atados con correas de cuero. Después me enteré de que había entrado en el establecimiento luchando como una tigresa, que la tarde de mi llegada, don Mariano, el médico director del sanatorio, había intentado convencerme para que comiera y que yo le había arañado. Me había abofeteado y atado con correas, y me había obligado a tomar alimento a través de unas cánulas introducidas por las ventanas de la nariz. No recuerdo nada de eso”. Un poco más adelante, escribe: “No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me dejaron un cuerpo horrible: creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión”.

5.

En Memorias de abajo Leonora Carrington revive su encierro: “Llevo tres días escribiendo, aunque esperaba exponerlo todo en unas horas; me resulta doloroso porque estoy volviendo a vivir ese periodo, y duermo mal, inquieta y preocupada por la utilidad de lo que estoy haciendo”. El relato que resulta no solo es una excursión por el inconsciente (Carrington formaba parte del círculo surrealista), es también un relato de supervivencia: el poder transformador de la literatura y la imaginación fue lo que hizo que la artista sobreviviera al crear una especie de realidad paralela en la que los elementos estaban conectados entre sí formando un Todo. Sobrevivió a la locura entregándose a ella y fascinó al médico en una relación dialéctica brillante.

6.

Leonora Carrington escapó al destino que su padre le había marcado (un psiquiátrico en Sudáfrica) en Lisboa, refugiándose en la embajada de México, se casó con Renado Leduc para huir a México pasando por Nueva York. Un año después, Carrington se casó con el fotógrafo húngaro Emerico Weisz, con quien tuvo dos hijos. Memorias de abajo encierra un reproche a sus padres, que la abandonaron a su mente encerrándola en un manicomio. Las últimas palabras de estas Memorias son: “Nunca volví a ver a mi padre”.

 

Memorias de abajo

Leonora Carrington

Traducción de Francisco Torres Oliver

Alpha Decay, Barcelona, 82 pps.