artículo no publicado

La sed, de Adriana Díaz Enciso

Una novela victorianaAdriana Díaz Enciso, La sed, Colibrí, México, 2001, 316 pp.Confieso mis prejuicios ante la novela de género, aquella que se identifica con etiquetas, clásicas o comerciales, para tranquilizar al lector y ahorrarle, en apariencia, una sorpresa que remueva sus hábitos de lectura. La sed, de Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, Jalisco, 1964), es una novela de vampiros, aunque los editores hayan desistido de anunciarla como tal, y la propia autora, coquetamente, se abstenga de mencionar la palabra vampiro, si no me equivoco, hasta las últimas cien páginas. Estamos ante un ejercicio escolar, obra de quien se decide a escribir una novela solvente que respeta todas las convenciones manidas, más cinematográficas y operísticas que literarias, de un género que conoce a la perfección, virtud que provoca una lectura fluida del libro.
     Al hablar de ejercicio escolar no estoy siendo por fuerza despectivo, pues la imitación es una práctica neoclásica que el romanticismo desterró con severa injusticia al reivindicar al artista como demiurgo creador de monstruos o prodigios nunca vistos, fuesen Frankenstein o las últimas sonatas de Beethoven. El siglo XX, pienso en voz alta, nos enseñó que la imitación valía si era irónica o paródica, siendo el caso más conocido la relación entre el Ulysses, de Joyce, y la Odisea, de Homero.
     Numerosos detalles fechan La sed como una novela que transcurre a fines del siglo XX. Los vampiros, una vez que salen de Veracruz, se topan con unos balseros cubanos, de la misma manera que su periplo los acerca a las guerras balcánicas. Incluso, Izhar, el instrumento de Samuel para vampirizar a la heroína, es un desecho de Nueva York, París, Londres, las grandes ciudades multiculturales de nuestra época. Pero acaso la fecha de embotellamiento de La sed remita a la experiencia cinematográfica, pues cuando Díaz Enciso escribe su mejor prosa, rehuyendo adjetivaciones como "brutal herida" o "sangriento ultraje", crea imágenes poderosas que recuerdan a Werner Herzog, a Polanski, a Raoul Ruiz.
     Por su naturaleza mitológica, el vampiro es una tradición prestigiosa que millones de personas pueden reconocer sin haber leído a Bram Stoker y al romanticismo fantástico que la autora bebió. Consciente del riesgo, Díaz Enciso pagó el precio de ahogarse en el asfixiante corsé victoriano de su guión. En cambio, cuando habla de la sed como necesidad física, obviando su predecible satisfacción con sangre, escucho los inquietantes rumores de una voz interior presa en la imitatio. El discurso erótico de la heroína o su búsqueda del padre perdido son pulsiones que no logran liberar a La sed de un resignado conservadurismo, a pesar de los visibles esfuerzos que Díaz Enciso realizó por rehuir los tópicos más obvios del género.
     En una narrativa mexicana tan dada a la copia servil y al facilismo, ¿recurrir a la detallada imitación es un acierto cuya eficacia estoy desechando? No lo sé. Hay una regla no escrita que impide al crítico, a diferencia de cualquier otro lector, la proposición de finales alternativos para la obra que leyó. A reserva de estudiar en otra oportunidad esta curiosa restricción, diré que La sed debió terminar cuando Sandra encuentra una manera de redención devolviéndole la vida, mediante la transmisión de su sangre, a los enfermos terminales en un hospital de Nueva York, compartiendo su eternidad con quienes, ante la muerte, la imploran. Pero Díaz Enciso fue consecuente hasta el final, dejando a sus vampiros en la contemplación de los siglos desde la borda del buque fantasma, e impidiendo que la mimesis y el ingenio dieran como resultado una nueva e inquietante verdad novelesca. La sed, de Adriana Díaz Enciso, es, para bien y para mal, una novela victoriana. -