artículo no publicado

La novela como mercancía

Santiago Roncagliolo

Óscar y las mujeres

Alfaguara, México, 2013, 314 pp.

Óscar y las mujeres es, si así se quiere, una obra literaria singular y única. Es la sexta novela de un autor con nombre y apellido, Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), quien, de acuerdo con la solapa, ha sido traducido a veinte idiomas y vendido más de ciento cincuenta mil ejemplares. Es una obra cuya trama, aunque trivial y poco sorprendente, combina tropos y estereotipos y escenarios de un modo hasta ahora inédito –el personaje principal es un tal Óscar Califatto, guionista de telenovelas en Miami, y las trescientas páginas del volumen siguen, al parecer con humor, sus desventuras laborales y amorosas. Es, también y como cualquier pieza literaria, una particular suma de decisiones formales (este adjetivo en vez de aquel otro, un tono y no otro, ciertos recursos y hábitos) que ya los lectores aplaudirán o reprobarán.

Óscar y las mujeres es, en otro sentido, una mercancía editorial como muchas otras. Véase su empaque: no una cubierta inusitada, salida de ninguna parte, sino la acostumbrada desde hace años por Alfaguara, un sello que arrastra una historia y desempeña un cierto papel en el circuito editorial hispanoamericano. Véase su factura: no una escritura informe, difícil de clasificar, sino una novela que relame viejas convenciones, aprovecha los pactos de verosimilitud ya existentes y repite buena parte de las rutinas de otras muchas obras publicadas y premiadas por –digamos para acotar– Santillana, Planeta y Random House Mondadori. De hecho, no es aventurado afirmar que varias de las estrategias narrativas puestas en práctica aquí son, justamente, las estrategias hegemónicas de una cierta novela panhispánica promedio: narrador omnisciente y en tercera persona; español estándar, cuidadosamente expurgado de vocablos y modos locales que podrían obstruir su circulación en diferentes mercados nacionales; trama intimista, más o menos sentimental, empeñada en no atender el contexto en que se sitúa; tono levemente irónico que, en vez de demoler los estereotipos disponibles, los emplea un instante después de haberse burlado tímidamente de ellos; nulo compromiso político.

Este libro puede ser leído, así, de dos maneras: o bien como una obra literaria aislada, lo que obliga a fijar la mirada en su composición formal y dramática, o bien como un producto característico del negocio editorial presente, lo que implica mirar más allá del texto y atender el orden económico. Apenas si hay que decir que en las reseñas publicadas en blogs y diarios y revistas domina, y no por poco, el primer tipo de lectura –esa crítica literaria, y no cultural, que desprende los libros de su circunstancia material y los lee en el vacío, ya para celebrar su supuesta singularidad estética, ya para encontrar revelaciones sobre una pretendida condición humana. Una crítica, además, que, al revés de la producción cultural que dice revisar, apenas si se ha renovado. Allá afuera, en el transcurso de un par de décadas, el horizonte cultural dejó de ser lo que era: cambió el público, cambió la noción de autoría, cambió la industria editorial, cambió la forma de legitimación de las obras, cambió el sitio de la literatura en la comunidad y su estatuto entre las demás prácticas culturales. Solo esa crítica humanista, devota de una literatura con mayúscula, permanece fija en las viejas supersticiones: la centralidad del autor, la atemporalidad de lo literario, los privilegios de la literatura sobre las demás escrituras...

¿Cómo ocuparse, por ejemplo, del asunto de la autoría en obras como Óscar y las mujeres? Si me preguntan, habría que evitar a toda costa el culto romántico a la idea del autor y resistir las lecturas que ese culto impone: o lecturas biográficas o lecturas inmanentes que sitúan el texto solo al lado de otros textos del autor y así crean una ilusión de unidad autoral. Debería evitarse también la operación contraria: suponer que cualquiera puede maquilar estas obras y que, por lo mismo, es irrelevante atender a sus productores. No: no cualquiera escribe estos libros. Estos libros están escritos por un tipo particular de autores, por una clase de sujetos propia de este momento histórico. Esos escritores –impensables hace veinte o treinta años en el escenario latinoamericano– que moran no tanto en un determinado campo nacional como en el mercado panhispánico regido por los sellos españoles. Esos escritores que –al revés de los maquiladores anglosajones de best sellers– tienen un pie en la industria del entretenimiento y el otro en el campo literario y son a la vez producidos por los departamentos de mercadotecnia de los grupos editoriales y legitimados por eventos y publicaciones creadas precisamente para ello (en el caso de Roncagliolo: Bogotá 39, Hay Festival, Granta en español). Esos escritores que –en sintonía con las corporaciones transnacionales en que publican– crean obras desterritorializadas, desprendidas de toda comunidad, y escritas para todos y para nadie.

Más o menos de la misma manera tendría que pensarse el estatuto de estas obras: ni piezas excepcionales, distintas a todas las demás piezas, ni ordinarios best sellers, iguales a todos los best sellers que, desde el siglo xix, acompañan a las obras literarias. No: libros como Óscar y las mujeres no son obras anómalas ni mercancías idénticas a las de otro tiempo. Son –otra vez– resultado de una circunstancia histórica específica. Esta circunstancia: la economía neoliberal y el tipo de literatura que privilegia. Se sabe: a partir de los años ochenta los procesos de globalización y liberalización económica transformaron drásticamente a las sociedades latinoamericanas y, en el camino, desplazaron las obras literarias a un nuevo espacio. También se conoce: la literatura latinoamericana, hasta entonces sin un lugar específico y más o menos vinculada a la discusión política nacional, fue mudada a un sitio propio, lejos de donde se debate lo público y cerca de la industria del entretenimiento. Desde luego hay quienes se resisten todavía hoy a la mudanza: esos autores que no admiten la distribución prevaleciente de los espacios y discursos y trabajan, obra tras obra, para devolverle relevancia a la literatura y conectarla una vez más con los asuntos de la comunidad. Por supuesto hay quienes sencillamente sonríen y obedecen: esos otros muchos escritores –Santiago Roncagliolo entre ellos– que aceptan el nicho que se les concede, posan para la foto y producen justo lo que la industria les demanda –bagatelas, enlatados, Óscar y las mujeres. ~