artículo no publicado

La máscara del axolote

Roger Bartra

Axolotiada (Vida y mito de un anfibio mexicano)

México, FCE, 2011, 416 pp.

 

Los axolotes sonríen como mentándonos la madre. Sus ojos de oro nos contemplan desde la irónica inmovilidad de su ser a lo largo de los siglos. Este anfibio, endémico de los lagos de Texcoco, ha sido ¿víctima? de verse forzado a mutar en mitos, metáforas, palabras. Una de sus advocaciones más conocidas ha sido la de encarnar al mexicano, quien –según Octavio Paz en El laberinto de la soledad– “se encierra y se preserva”.

La capacidad del axolote de reproducirse en estado larvario (neotenia) ha llevado a los mexicanos a participar de su orgía de espejos, donde se sobrevive, a pesar de la inmadurez social que nos caracteriza: México tiene la potencia de dejar de ser un país en vías de desarrollo, como el axolote puede evolucionar en salamandra tigre.

Ya en los orígenes prehispánicos de este país encontramos al axolote como símbolo del miedo al cambio. El dios azteca Xólotl no quería inmolarse para darle movimiento al Sol. Buscando eludir a los otros dioses, que pretendían obligarlo a arrojarse a la hoguera, decidió transformase en axólotl.

En los últimos años, con el aumento de la violencia provocada por el narcotráfico, en México ha proliferado la utilización de amuletos que libran de las balas y también el culto a la Santa Muerte. En un país adolescente, donde las propuestas políticas no han servido de mucho, más que buscar soluciones democráticas y razonables, el mexicano se cubre con la máscara del axólotl y se ampara en el folclore místico como forma de celebrar lo que nos espanta.

En su libro La jaula de la melancolía, Roger Bartra había utilizado ya de forma irónica e icónica al axolote como metáfora del carácter nacional mexicano. En Axolotiada –junto al editor Gerardo Villadelángel– reúne otras muchas interpretaciones y nos muestra las diversas influencias que este monstruo acuáticoha provocado en el arte y la ciencia. Este libro es el animal en sí mismo: horrorosamente bello y extraño, va mutando en colores y texturas, las páginas se mueven, se zarandean, ondulantes tratan de escapar de nuestras manos. Hay que sostenerlo con el respeto anárquico de lo que sucede rara vez en la naturaleza, en la naturaleza editorial contemporánea: es todo milagro, misa y borrachera.

En esta antología podemos descubrir que en la Nueva España las señoritas tenían miedo de bañarse en los lagos, ya que se decía que este animal de forma fálica se introducía sigilosamente en sus úteros, ¡Dios las libre! Ya los primeros cronistas españoles lo describieron como monstruo, como larva –es decir, como fantasma– y hablaban de él cosas extrañas: que las hembras de los axolotes menstruaban, que su sexo era una réplica del sexo de las mujeres, que se lo comían los indios, ¡Xólotl nos perdone!, que era curativo y otras cosas aún más raras.

El axolote es capaz de regenerar partes mutiladas de su cuerpo, incluso partes del corazón, motivo que ha llevado a más de un poeta a autoproclamarse axolote (¡ay, la cursilería!). Este animal nos arrastra hasta el misterio y después se escabulle entre las rocas del fondo de un lago mexicano.

Emerge a la superficie, de pronto, a engullir un trozo de aire. Entonces percibimos que lo han plasmado en figurillas prehispánicas, dibujos oníricos de exploradores, murales revolucionarios, caricaturas niponas, grafitis de la antiestética chafa, fotografías retocadas por computadoras... tanta devoción merecería peregrinaciones multitudinarias hacia la soledad de cada uno.

Luego nos distraemos y aparece en las peceras de Europa, donde los científicos se escandalizan y se enamoran de los axolotes. Y surgen celos anfibios que provocan peleas entre científicos franceses y pintores mexicanos, y a ver quién sabe más, pero todos terminan engañados. Y dale duro a los experimentos europeos: mutilarle sus branquias externas para ver si así evoluciona: a ver si así se hace salamandra y se deja de tonterías. ¡Pobre axolote deshojado!

Pasamos página. Ahora se nos muestra muy culto, haciéndose el interesante: como un narciso latinoamericano, al axolote le gusta reflejarse en la literatura. Se transforma en cuentos y poemas consagrados. Se reproduce entre escritores de renombre como Huxley, Cortázar, Paz, Elizondo, Arreola o Pacheco, que afirma: “El ajolote es nuestro emblema.” Utilizando su mística sexual, el axolote siempre joven continúa reproduciéndose en sus contemporáneos chilangos como Lemus, Manjarrez, Volkow, Ruy... quienes fueron invitados –entre otros– a la biografía de este mexicano universal que es Axolotiada.

El libro se termina, el animal se extingue. Quizá –según los pronósticos más pesimistas– el axolote desaparezca de su hábitat natural en pocos años más. Roger Bartra nos instruye que

 

con la desaparición de este animal se pierde mucho, ya que es un animal bueno para pensar críticamente, pues el axolote pone en duda las verdades establecidas. Hay que jugar con él para que nos abra las puertas de laimaginación y la ironía.

 

¿Para qué seguir capturando y destruyendo a este anfibio mágico si existe este libro? Por una buena vez: ¡leámoslo y dejemos en paz a los monstruos! ~

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