artículo no publicado

La diplomática historia diplomática de México

Roberta Lajous Vargas

Las relaciones exteriores de México (1821-2000)

México, El Colegio de México, 2012, 369 pp.

El propósito de Las relaciones exteriores de México, como señala su autora, es proveer “una historia breve [...] dirigida a un público general”. El libro revisa casi dos siglos de la historia diplomática de México en un marco global y argumenta que “los dos objetivos constantes de la política exterior de México han sido: en primer lugar, afirmar su soberanía y su identidad; en segundo, buscar los recursos económicos y humanos para acelerar su desarrollo, una vez consolidada su forma de gobierno republicana y federal”. Para fundamentar dicho argumento, Roberta Lajous narra múltiples incidentes ocurridos en México lo mismo que en Estados Unidos, Europa, Japón o donde sea relevante al caso. El resultado es un trabajo nutrido y probablemente destinado a tener mucho éxito como libro de texto en clases introductorias a las relaciones exteriores de México. Pero, ¿qué van a aprender los estudiantes de este libro? Y, al mismo tiempo, ¿qué no van a aprender?

En las primeras décadas después de la Independencia, el Estado mexicano se encontraba en una posición débil frente al poder de los imperios europeos. Sin embargo, la pérdida territorial más significativa durante dicho periodo resultó de la guerra contra Estados Unidos entre 1846 y 1848. A partir de ese punto –e incluso tomando en cuenta las futuras intervenciones de países europeos–, quedó claro que las relaciones bilaterales con Estados Unidos llegarían a ser las más importantes con las que México tendría que lidiar. Si bien la frase atribuida a Sebastián Lerdo de Tejada, “Entre el poderoso y el débil, el desierto”, resume el temor incubado durante aquellas décadas, lo cierto es que México también desarrolló leyes, instituciones e intereses para minimizar las amenazas a su soberanía. Ese deseo pragmático encontró expresión en la célebre frase de Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”

Proteger la soberanía de México a la sombra del poderoso país vecino, y a la vez canalizar la inversión económica estadounidense y controlar el movimiento de migrantes, era una tarea difícil. El capítulo más vívido del libro atiende el Porfiriato, cuando empieza a vislumbrarse una coyuntura más o menos moderna de ese conjunto de problemas que durarán más de un siglo. Aquí podemos observar una política contradictoria, que necesita atraer inversión extranjera para garantizar la modernización y que, al mismo tiempo, quiere proteger la soberanía amenazada por esa misma inversión. México actúa como un imperio por derecho propio, interviniendo en Centroamérica para evitar daños a sus intereses y su prestigio. Con la Revolución y la Constitución de 1917, llegamos a la articulación de la doctrina Carranza: “Igualdad soberana de los Estados; no intervención en asuntos internos; igualdad de mexicanos y extranjeros ante la ley, y búsqueda de la paz y la cooperación internacionales a través de la diplomacia.” Principios que, según Lajous, han guiado las relaciones exteriores de México desde entonces. (Aunque se podría decir que, como otros legados de la Revolución, la ruptura con el pasado no fue tan grande como parece a primera vista.) Desde este punto de vista, el libro esboza los logros de la diplomacia mexicana en el siglo XX, pasando por las guerras mundiales, la Guerra Fría, las negociaciones centroamericanas de los años ochenta, y la era más reciente de integración y de los tratados de libre comercio. El México que emerge del siglo XX defiende sus intereses con éxito por medio de instituciones multilaterales, enriquece su vida cultural con la aceptación de los refugiados políticos de otros países, y mantiene la vigencia constitucional. No es poca cosa.

A pesar de todo ello, el perfil que dibuja Lajous no está del todo completo. La autora tiene 33 años en el servicio diplomático, y ha sido, además de investigadora, embajadora. Su libro es, en todos los sentidos de la palabra, muy diplomático: cortés, más preocupado por señalar consensos que por explorar conflictos, dependiente de las fuentes oficiales y los pensamientos de los altos mandatarios. El problema con ese método es doble. Primero, tiende a oscurecer otras fuentes relevantes. Muy sensiblemente, en variadas ocasiones la autora se refiere a la migración como un “asunto diplomático”. Ahí podemos encontrar un indicador de que a esta historia diplomática le falta historia social, por no decir también, política y cultural. Con respecto a esta última, además, el Estado mexicano tiene una historia relevante en el uso de sus productos culturales como herramienta diplomática: desde los científicos porfirianos que manufacturaron imágenes de la nación para las ferias internacionales hasta las acciones de Álvaro Obregón o Miguel Alemán en apoyar las obras de muralistas de izquierda a fin de proyectar al mundo la imagen de una nación culturalmente sofisticada. Esas campañas exitosas –quizás demasiadas exitosas– sirvieron para fijar la imagen de México en el mundo, pero no reciben en este libro la atención que se merecen.

Segundo, la narrativa de unidad y triunfo frente a los retos del siglo XX no ha dejado espacio para examinar las concesiones creativas que se requirieron. No es necesario poner en duda el antifascismo de Lázaro Cárdenas para admitir que su gobierno, al igual que el de su sucesor Manuel Ávila Camacho, mantuvieron canales de comunicación con el Eje después de la nacionalización del petróleo. Los pilotos del Escuadrón 201 podrían ser héroes nacionales, pero también fueron utilizados para que México asegurara que su influencia después de la segunda guerra fuera mayor que la que tuvo después de la primera, donde no luchó. Asimismo, durante la Guerra Fría más de un presidente mexicano fue señalado como agente de la CIA. (“Yo, hasta la fecha, no he podido sacarle un centavo a esa punta de cabrones”, le dijo Gustavo Díaz Ordaz a Ricardo Garibay, quien había aceptado dinero de alguien de quien sospechaba era un oficial de la agencia de inteligencia.) La lista es extensa en ironías y el punto no es que estas contradigan la historia oficial de la diplomacia mexicana. Al contrario, la nutren mostrando las sucias concesiones que permitían a México permanecer soberano ante la sombra del imperio del norte, la URSS –que tanto quiso a México como base de espionaje– o la Cuba revolucionaria. Que esos tres países quedaran contentos con el régimen del PRI es una hazaña casi única en el siglo XX, pero es algo que no se logra sin creatividad ni ironías. Como historia de las relaciones diplomáticas oficiales de México, este libro tiene un gran valor. Pero para profundizar nuestro conocimiento del tema, también se necesitará una historia menos diplomática de la diplomacia mexicana. Quizás cuando la autora deje el servicio diplomático tenga más historias para contar. ~