artículo no publicado

La Biblia Vaquera, de Carlos Velázquez

Descripción: La Biblia Vaquera está compuesta por 99 páginas, seis cuentos y un epílogo. Incluye un mapa: no de Nuevo León, Coahuila o Baja California sino de PopSTock!, la región posnorteña en que ocurren los relatos. Incluye también: muñequitos con “botas, cinto piteao y hebilla de veinte centímetros de diámetro”; luchadores de hule (pueden tener rebaba) y luchadores de verdad; dílers, diyeis, narcos, piratas, santeros, vendedores ambulantes y compositores de narcocorridos. Entre los elementos dramáticos se cuentan: combates de lucha libre, burritos de machaca, líneas de coca, pactos con el diablo, realiti chous que premian al concursante que piratee más discos, tocadas, tiroteos... En total: este libro –el segundo de Carlos Velázquez (Torreón, 1978)– contiene muchos de los trastos que hunden a buena parte de la así llamada literatura del norte. Sin embargo, no se hunde. Sin embargo, es el producto más iconoclasta y divertido de esa narrativa. Sin embargo, es, según Sergio González Rodríguez (El Ángel, 16 de agosto de 2009), la obra llamada a “cambiar la recepción y la percepción de la literatura mexicana”.

Precaución: no agitar. No es necesario: este libro ya ha sido previamente sacudido. Lo primero que asombra de La Biblia Vaquera es, en efecto, su desorden: todo convive con todo, intrépidamente, como si nuestro ejemplar del libro hubiera sido zarandeado y descompuesto. ¿O de qué otra manera entender que los tiempos y espacios y lenguajes aparezcan irreparablemente revueltos? Un cuento (“La Biblia Vaquera”, el mejor de todos) promete relatar un encuentro de lucha libre y, ya en el ring, el personaje pincha discos o reflexiona sobre la relación entre “la tornalucha libre, la arquitortura y la música electrónica con las bodas de rancho”. En otro (“Reissue del facsímil original...”) el 2 de octubre de 1968 ocurre en pleno siglo XXI, entre discos de Paulina Rubio, y en uno más (“El díler de Juan Salazar”) William Burroughs es mexicano y escribe corridos. Con las referencias culturales es la misma historia: ahora una nota erudita, ahora un dato histórico, ahora música grupera, ahora una cita extirpada del programa televisivo más pedestre. El idioma, por su parte, de pronto desacierta y empieza a volverse otra lengua, inglés o spanglish o posnorteño –y numerosos términos anglosajones circulan por estos cuentos hasta volverse enteramente autóctonos. Es posible que la literatura mexicana nunca haya visto un alboroto semejante: se queda corto el desparpajo de la Onda y de otros escritores fronterizos. Es posible que no todo esté muerto: aquí todo vibra y está en tránsito. Cada cosa –el norte, la narrativa, el español– está dejando de ser lo que es y está empezando a ser –todavía sin forma definida– algo distinto.

Advertencia: todos los que crean que la literatura debe parecer literatura pueden alejarse de una vez. Esta obra está dejando de ser, y de parecer, literatura. Aunque está escrita y se vende como libro, desborda su soporte. Es fácil imaginarla como una obra de net art: música y gráficos y videos y juegos y vínculos en la pantalla de una computadora. Es más fácil todavía imaginarla, escucharla, como una pieza de Nortec: tambora y música electrónica y hip hop y banda sinaloense desenfadadamente mezclados. Ese, el sampleo, es, de hecho, el principio compositivo de los seis cuentos de La Biblia Vaquera. Mientras algunos de sus coetáneos se obstinan en ser novelistas decimonónicos, Velázquez actúa, más efectivamente, como DJ: se apropia de material ya creado (la cascada imaginería norteña, sobre todo) y lo mezcla en secuencias inesperadas. Se dirá, entonces, que es tradicionalista: trabaja con figuras y costumbres ya comunes. Se dirá, entonces, que es vanguardista: emplea técnicas poco convencionales. Pero no es una cosa ni la otra: el DJ, como ha visto Humberto Beck (Pauta, núm. 100), en vez de crear el arte del futuro, reutiliza la memoria existente; si vuelve a la tradición es sólo para violarla y resignificarla.

Contraindicaciones: La Biblia Vaquera no debe administrarse a personas alérgicas al arte contemporáneo. Contiene elementos que podrían provocarles salpullido. No es que la escena del arte aparezca como tema, aunque por allí está ese luchador que es DJ que es pintor que es instalador. Es más bien que Velázquez emplea, no sin parodiarlas, algunas técnicas del arte contemporáneo. La yuxtaposición de lenguajes y materiales, por ejemplo, hace pensar en los combines de Robert Rauschenberg. La profusión de estereotipos y referencias televisivas, en el arte pop. Las acciones histriónicas de sus personajes, siempre al tanto de estar representando estereotipos, en el performance. Pero sobre todo: Velázquez toma del ready made, quién sabe qué tan conscientemente, otra estrategia: el descolocamiento. Según el crítico francés Nicolas Bourriaud (Radicante), eso hizo Duchamp con el urinario o el portabotellas: desplazarlos de un campo cultural y económico a otro, transfigurándolos en el camino. Eso hace, con mala leche, Velázquez: toma una pieza del stock norteño (un narco, unas botas) y simplemente la deja caer en otro lado. El efecto es desternillante: corridos insensatos, osos polares en el desierto, vaqueros premiados con una beca del Fondo Estatal para la Costura por las Tardes de Coahuila. Porque también eso: cómo se ríe uno.

En caso de sobredosis: abandónese el libro y léanse las novelas, también norteñas, de ** o ***. Allí todo está quieto y muerto, y nada intoxica. ~