artículo no publicado

Jugar al Guillermo Tell

Bernardo Fernández, Bef

Uncle Bill

México, Sexto Piso, 2014, 272 pp.

Uno de los temas característicos de la historieta de este nuevo siglo es la autobiografía. Dos grandes hitos así lo comprueban: Blankets de Craig Thompson y Pyongyang de Guy Delisle. La primera es una odisea enorme de seiscientas páginas al interior de la “América profunda”, esa que sobrevive en inviernos terribles bajo toneladas de nieve y que manda a sus hijos a encuentros cristianos donde está prohibido casi todo. Thompson abre su corazón para narrarnos los problemas de un evangélico temeroso de Dios que se debate entre seguir al pie de la letra las Escrituras o dedicarse al dibujo –su verdadera pasión– y al mismo tiempo gozar de los placeres del misterio femenino.

Por su parte, Guy Delisle, en su obra más famosa, Pyongyang (aunque no la mejor, ese sitio lo tiene Crónicas de Jerusalén), cuenta los pormenores de un viaje a una de las ciudades más resguardadas del mundo, la capital de Corea del Norte. Así, narra el día a día de una urbe “perfecta”, en la que el tinglado de mentira se desmorona a las primeras de cambio. En ambos trabajos el creador es parte importante de la narración, lo cual se ha convertido ya en un género por derecho propio: la historieta de no ficción.

En México después del declive del cómic industrial en los ochenta, la historieta no había podido levantar cabeza. Si bien no faltaron algunos intentos por desarrollar obras de autor, no había aparecido un trabajo sostenido o piezas de gran aliento que dieran continuidad a una larga tradición del arte gráfico en México. La excepción es Edgar Clement. El resto, cuando los ha habido, se ha quedado en el resguardado y pequeño mundo del cómic nacional.

Uncle Bill es una rara avis dentro del panorama mexicano, aunque acaba inscribiéndose de lleno en el trabajo que se hace en otras latitudes. La novela cuenta el paso de William Burroughs por nuestro país, con énfasis en el fatal accidente del 6 de septiembre de 1951 cuando el escritor mató a su esposa mientras jugaban a Guillermo Tell, suceso que lo obligó a regresar a Estados Unidos un par de años después. A la par, el libro describe a detalle la afinidad que un lector puede experimentar hacia el autor de Yonqui. Este detalle en particular hace que la historia del mentor de la generación beat, contada muchas veces y conocida ya como una especie de leyenda, adquiera una significación distinta.

Burroughs llegó a México en una época de florecimiento cultural: finales de los cuarenta y mediados de los cincuenta. A diferencia de Tamara de Lempicka, Antonin Artaud, D. H. Lawrence, Aleister Crowley, Tina Modotti y otros artistas célebres que arribaron al país por aquellos años, Burroughs llegó siendo un completo desconocido y se fue como un prófugo que hizo acuerdos con criminales; entre ellos, el famoso Bernabé Jurado, el llamado abogánster. El escritor buscaba lo que muchos otros turistas norteamericanos: vivir la experiencia de forajido, ver de cerca el México profundo, aprovecharse de él e irse.

A la vida salvaje que llevaba Burroughs en Estados Unidos –en donde sembraba mariguana hasta que fue perseguido por la policía de su país–, habría de sumar las sesiones de droga y alcohol que realizó en su departamento de azotea en la colonia Roma. Para contar esa historia, Bef construye una estructura narrativa que contrapuntea estos hechos con su propia vida; así, crea un relato que a pesar de estar escrito a muchas voces conserva dos líneas generales. Por una parte, un pasado cercano, en el que se desenvuelve Burroughs y, por otra, la búsqueda intermitente pero continua de un Bef personaje que va tras las huellas del mítico escritor que “le voló la cabeza” en la juventud.

De este modo, los aspectos conocidos de la biografía de Burroughs –el asesinato de la esposa, su homosexualidad, su prolongada adicción a las drogas– se ven enriquecidos con el elemento del lector que, fascinado por el escritor, emprende un viaje iniciático para encontrarse con él. Novelas gráficas de no ficción como The Beats o Gonzo. La historia gráfica de Hunter S. Thompson se limitan a narrar históricamente los hechos sin más aporte que un dibujo y una narración correctos y algunos agregados, como el prólogo de Alan Rinzler al libro sobre Thompson, que vale más que casi todo el trabajo. El caso de Uncle Bill es diferente: aquí el autor echa mano de una infinidad de recursos –el relato en primera persona, la entrevista ficticia, un homenaje a Herbert Huncke, la tira cómica, entre otros– para ir más allá del retrato unidimensional de un personaje.

Uno de los momentos más altos de esta novela es cuando la ciudad de México toma un papel central en la trama. Pese a que en este libro no faltan referencias al sur de Estados Unidos, Tánger y otros sitios, la capital mexicana adquiere una especial relevancia cuando, a manera de frescos, se muestra el momento de ebullición cultural que se vivía a mediados del siglo pasado: actores de cine, fotógrafos, pintores, músicos, sitios y circunstancias crean en esta novela una suerte de collage que nos revela el gran amor que también siente Bef por esta hermosa y mísera ciudad.

Burroughs abatido por el asesinato accidental de su esposa, luego de pasar por la cárcel y de haber probado la corrupción mexicana, descansa en la banca de un parque y Bef personaje se sienta al lado suyo. Él también ha atravesado por un viaje que lo ha hecho cambiar. Escritor y lector no son los mismos que comenzaron esta historia, por eso ahora comparten un espacio y tiempo en común, cosa imposible en la realidad pero verosímil dentro de la trama. Escritores y lectores separados a menudo por la época y la geografía pueden coincidir gracias a la literatura. Tal vez esa sea la idea central de este libro: la literatura cambia y desaparece fronteras. ~