artículo no publicado

Hernán Cortés. Biografía. Inventor de México, por Juan Miralles

Nuevo retrato del MarquésJuan Miralles, Hernán Cortés. Biografía. Inventor de México, Tusquets, México / Barcelona, 2001.Aunque en la solapa de presentación del autor se dice que Juan Miralles editó las crónicas de Cervantes de Salazar y de López de Gómara, su nombre me era desconocido. Cuando apareció su Hernán Cortés. Biografía. Inventor de México, en ediciones simultáneas en España y en México, las gacetillas periodísticas contaron que su autor había recorrido a caballo, y en barco, supongo, los itinerarios cortesianos.
     Su estilo narrativo es bueno; expone con claridad y eficacia, sin dejarse embarazar por pormenores, recogiendo los datos esenciales y entrecomillando sólo para enfatizar. La particularidad más notable de esta obra es que sólo se basa en las fuentes primarias y, de ellas, sólo en los cronistas españoles, digamos de Pedro Mártir a Torquemada, y en los documentos relativos; pero pasa por alto a los cronistas indígenas o proindígenas y a los comentaristas antiguos y modernos, digamos de Lorenzana a Hugh Thomas, lo cual limita y parcializa considerablemente la visión del mundo de la Conquista de México. Para Juan Miralles no cuenta la "visión de los vencidos". Voy a poner dos ejemplos. En el caso de la muerte de la Marcaida, primera mujer de Cortés, y de lo cual se le acusó, Henry R. Wagner propuso esta suposición: por aquellos días, la Malinche dio a luz a Martín, primer hijo varón del conquistador, y éste debió de entusiasmarse con el mesticito, lo cual no pareció gustarle a la esposa española, que probablemente lo recriminó y celó por ello ("Ya te vas a ver a tu india y a tu indito", o algo por el estilo). Y como la señora no se callaba, exasperado don Hernán le apretó el cuello. No es más que suposición de algo que pudo haber ocurrido así, y que nos ayuda a explicarnos los sucesos. Así lo mencioné en mi Hernán Cortés (p. 406), al lado de la versión oficial de un ataque de asma o de "mal de madre", como entonces se decía, y de las acusaciones insistentes de las criadas que culpaban de asesinato a don Hernán. La otra contribución de un comentarista, que me parece que ayuda a entender una situación, se refiere a los años finales de Cortés, cuando seguía a la corte con la esperanza de que lo recibiera de nuevo el monarca. Es una anécdota que contó Voltaire y que recogieron Prescott y Alamán, y dice así: "Un día Cortés, no pudiendo tener audiencia con el emperador, se abrió camino por entre la multitud que rodeaba la carroza del monarca, y subió al estribo; y [...] preguntando Carlos v '¿quién era aquel hombre?', Cortés replicó: 'El que os ha dado más reinos que ciudades os dejaron vuestros padres'." (Essai sur les moeurs, 1756, cap. 147.)
     El nuevo autor sólo menciona a nuestro casi santo cronista Bernal Díaz del Castillo para echarle en cara sus equivocaciones de fechas —recordemos que Bernal redacta su Historia verdadera más de treinta años después de los hechos que narra. Afortunadamente, en la buena "Galería" final de cronistas-fuente lo colma de elogios: lo considera "todo un señor catedrático de retórica"; "su texto es más vivo que las Relaciones de Cortés, que la Historia del erudito Gómara, o la Crónica de Cervantes de Salazar, y si en ocasiones le escapa el fondo, en cambio, resulta valioso en extremo en sus apreciaciones anecdóticas".
     La omisión más grave es la de ahorrarse el juicio de residencia contra Cortés, que se efectuó en 1529, se reabrió en 1534 y 1535 y, sin que se emitiera un veredicto, siguió vigente hasta la muerte del conquistador en 1547. A don Hernán le importaba mucho ese juicio, y cuando, a petición de él mismo, se reabrió en 1534, el acusado presentó a la segunda Audiencia un prolijo "Interrogatorio general" de 380 preguntas y otro de 42 preguntas respecto a las acusaciones del capítulo secreto. La primera parte, de acusaciones, se conocía gracias a la transcripción de López Rayón en 1852-1853 (Sumario de la residencia...). Las réplicas de la defensa se ignoraban. Yo logré encontrar los papeles en el Archivo de Indias, pero, como se extendían en setecientos u ochocientos folios, me limité a pedir copias de las declaraciones de los nueve testigos más notorios, en 383 folios cuyo contenido leí y presenté en Documentos cortesianos, sección iv, 2a. parte, y en mi propio libro. Pues bien, don Juan Miralles se contenta con un resumen de media página (467) y con destacar las venenosas acusaciones de Bernardino Vázquez de Tapia en las dos páginas siguientes.
     Otras omisiones del Cortés de Miralles son las de la ruta naviera entre Huatulco y El Callao, en el Perú, que inició el extremeño a partir de 1537. Entre México y el Perú el viaje se hacía por el Golfo de México hasta Panamá, luego se cruzaba el estrecho y se volvía a embarcar en el Océano Pacífico. Para evitar este largo rodeo, cuando Francisco Pizarro, cercado por los indios en Lima en 1536, escribió a Cortés pidiéndole auxilio, éste se lo envió generosamente en barcos que salieron de Acapulco. Una de las naves volvió y le dio al conquistador la idea de abrir una ruta naviera para comerciar con el Perú. Como puerto de apoyo eligió Huatulco, buen puerto natural y protegido de los vientos. En Panamá, escala obligada, estableció una agencia comercial, y otra en Lima. Sin embargo, en los primeros años la inexperiencia sólo originó pérdidas. Enviaba harina, bizcochos, azúcar, tocino y quesos que se descomponían. Pero también transportaba pasajeros, caballos y mulas. Y las guerras civiles del Perú fueron otro obstáculo. Los ajustes, ensayos y pérdidas tocaron a Cortés, pero como la ruta era una necesidad, los sucesores del marquesado lograron reorganizar con éxito la empresa naviera. Dos virreyes mexicanos que pasaron después a gobernar en Lima, Antonio de Mendoza en 1551 y Martín Enríquez de Almansa en 1581, viajaron por esta ruta a su nuevo destino. El primero salió de Huatulco y el último requirió dos barcos para transportar su séquito desde Acapulco.
     Durante la expedición a las Hibueras, o a Honduras, en 1525, para hacer justicia contra la infidencia de Olid, Cortés se relacionó con el cacique maya Canec, y refiere Miralles que "Dejó al cuidado de Canec un caballo rosillo que se había lastimado una pata. El cacique prometió cuidarlo. Nunca volvieron por él" (p. 410). De acuerdo: estos fueron los hechos. Pero la historia acepta también un poco de fantasía y humor para adobarla. En principio, Bernal Díaz dice que el caballo lastimado era de color morcillo y el nuevo historiador lo hace rosillo, que no es lo mismo. Pues bien, este incidente dio origen a una divertida sucesión de relatos que fueron completando y enriqueciendo la historia. En ella intervinieron los cronistas del siglo xvii Lizana y Cogolludo, quienes informaron que el caballo murió y fue convertido en estatua y adorado por los indígenas; en el siguiente siglo el cronista Villagutierre cuenta que, cuando el caballo enfermó, los indios le daban de comer gallinas y otras carnes y le ofrecían ramilletes de flores, y añadió que la estatua del caballo era de cal y canto y aun le pusieron por nombre Tziminchac, que en maya quiere decir "caballo del trueno o rayo". En la época moderna, en 1930, el primer autor que volvió sobre esta historia fue el inglés acriollado en la Argentina Robert B. Cunninghame Graham, quien resume las narraciones anteriores. Luego Artemio de Valle-Arizpe, en 1943, vuelve a contar la anécdota y dice a qué soldado pertenecía el caballo, Juan de Ojeda, y añade que tomó la información del Menologio franciscano de Vetancurt, en el cual no se menciona a ningún Ojeda ni el caballo. Y en fin: Alfonso Reyes volvió a contar la historia del caballo morcillo de Cortés en su encantador ensayo "Hablemos de caballos", de 1957. Esta curiosa evolución de la noticia que dio Bernal Díaz, que es también historia, la recogí en una sección de mi Hernán Cortés llamada "Recreo con el caballo morcillo de Cortés" (pp. 438-440).
     La matanza de Cholula provocó duras censuras contra Cortés, sobre todo la de Las Casas en su Brevísima relación. Le replicó airadamente Bernal Díaz, y al respecto mencionó que había oído decir a Motolinía "que si se pudiera excusar aquel castigo [...] mejor fuera, mas ya que se hizo, que fue bueno para que todos los indios de las provincias de la Nueva España viesen y conociesen que aquellos ídolos y todos los demás son malos y mentirosos" (cap. xxxiii). Y Andrés de Tapia confirmó que sí hubo conspiración de los cholultecas. Miralles no menciona estos pormenores (pp. 152-153).
     El fin de la lucha en el sitio de México tiene, en el nuevo libro, un tratamiento escueto (p. 338). Pero era el fin de una gran nación, y el imperio mexica sucumbió para siempre. Recuérdese la emocionante página de Bernal Díaz.
     Pero me gustan las alusiones que el autor suele hacer de hechos modernos para refrescar los del pasado. Por ejemplo: Pedro Mártir es un "precursor del periodismo moderno, algo así como el corresponsal del Vaticano en España" (p. 39). La táctica de aplastar a los defensores de Tenochtitlan recuerda "la pasada contienda mundial, cuando los rusos coparon en Stalingrado al sexto ejército alemán" (p. 318). La estampida de los soldados españoles en una cortadura de Tlatelolco es "como una escena reminiscente del Aleksander Nevsky de Eisenstein" (p. 321). "Las clases altas tienden a aliarse con el invasor (recordemos al duque del Infantado y buena parte de la nobleza en el besamanos de José Bonaparte)" (p. 348). "La Fuente de la Juventud... el Viagra de aquellos días" (p. 604). "Comienza entonces un proceso de confraternización entre cautivo [Moctezuma] y captores [los españoles]. 'El síndrome de Estocolmo', se diría hoy día" (p. 184).
     Es un acierto destacar la entrega que hace Cortés, en 1529, del gobierno de parte de la ciudad de México a Tlacotzin, antiguo cihuacóatl, a quien nombra su lugarteniente (p. 376). Bien visto el fin del conquistador, su soledad: "Su tiempo había pasado; sobrevivió a su época" (pp. 586-587).
     Útil y bien escrita la "Galería de cronistas" que cierra el libro. De ellas: excelentes, las de Pedro Mártir, Oviedo y Bernal Díaz. Buenas, las de Tapia, Motolinía y Zumárraga. Débiles, las de Gómara y Durán. Deficientes, las de Las Casas, Sepúlveda, Cervantes de Salazar y Zorita. Pobre y lamentable, la de Sahagún, y confusa, la de Torquemada.
     El segundo subtítulo, Inventor de México, sólo confiesa la ideología y parcialidad del autor y su desprecio del mundo indígena, y ni siquiera está justificado en el texto. Es una variante del "creador de la nacionalidad" de Vasconcelos. Basta con llamar a Cortés conquistador, recordando el dicho de Orozco y Berra: "Nuestra admiración para el héroe; nunca nuestro cariño para el conquistador". -