artículo no publicado

Experimentos filosóficos

Carlos Fraenkel

Enseñar Platón en Palestina. Filosofía en un mundo dividido

Traducción de Ana Herrera

Barcelona, Ariel, 2016, 242 pp.

Debatir es necesario en un mundo dividido, y eso puede aprenderse leyendo a Platón. No para acumular conocimientos filosóficos, sino para convivir inteligentemente.

Carlos Fraenkel, profesor de filosofía de la Universidad McGill en Montreal, invita al lector a ser testigo de cinco experimentos que llevó a cabo en zonas de conflicto intercultural. Entre 2006 y 2011, organizó talleres filosóficos con no filósofos para ayudar a articular más claramente las posturas de cada uno y confrontarlas con argumentos críticos. Los escenarios que eligió están relacionados con su propia biografía y su especialidad en filosofía judía.

En el capítulo que da título al libro, Fraenkel relata sus discusiones con estudiantes de la universidad palestina Al-Quds en Jerusalén Este. Leen a Platón y a sus intérpretes medievales judíos y musulmanes. Las discusiones se centran sobre todo en la relación entre fe y razón. ¿Es necesario evaluar las creencias religiosas desde un estándar racional? ¿Es posible? El autor no oculta sus propias convicciones seculares y liberales. Sin embargo, sus alumnos musulmanes le hacen ver que él también puede estar conformado a la cultura en la que creció, sin cuestionarla. ¿Cómo puede un ciudadano secular de una democracia liberal occidental llevar una vida de examen socrático, si nunca se ve en la necesidad de justificar su modo de vida?

Podría pensarse, en contra de los esfuerzos del autor, que las religiones no aceptarían someterse a una valoración desde criterios externos a ellas. Sin embargo, Fraenkel muestra que, históricamente, las religiones no han sido impermeables a una cultura de debate filosófico, en parte porque dentro de cada tradición religiosa se ha debatido siempre sobre la interpretación correcta.

En un segundo capítulo sobre “Maimónides en Macasar”, el autor dialoga con alumnos musulmanes en una universidad de Indonesia con la que McGill tiene un programa de cooperación. Indonesia es interesante para Fraenkel por ser el país musulmán más grande del mundo, donde esta religión se compagina con la democracia, el pluralismo religioso y la modernización. De hecho, la interpretación indonesia del islam, influida por la escuela mutazilita, permite reconocer otras tradiciones religiosas más allá de las abrahámicas, aunque el resultado sea una versión de pluralismo religioso distinta a la versión occidental.

Otro aspecto problemático del intento de Fraenkel de someter las convicciones a examen racional es que “lo racional” está lejos de tener una única definición. Este problema sale a la luz en el tercer relato, “Spinoza en Shtreimels”. Con un toque de humor, Fraenkel cuenta los encuentros con judíos hasídicos en Nueva York, que deben ser a escondidas para esquivar la desaprobación de sus rabinos. Leer libros prohibidos se considera peor que el adulterio y la prostitución, porque aquí no es solo la carne, “son nuestras almas las que están en juego”. Los participantes ya no creen en una interpretación estricta de su religión, pero siguen viviendo como si creyeran, con tal de no perder la vida en comunidad. En este caso, la idea de una religiosidad filosófica que les plantea Fraenkel les sorprende, porque ven un enfrentamiento radical entre razón y religión, y se inclinan hacia la razón, aunque no se atrevan a decirlo en público.

Finalmente, Fraenkel discute sobre identidad, gobierno y autodeterminación con representantes de una comunidad mohawk en la frontera entre Quebec y Nueva York. La comunidad está negociando un acuerdo de autogobierno con Canadá, y hay muchos aspectos que están por definir: la pertenencia a la comunidad, las formas de gobierno y de propiedad, cómo reconciliar modernidad y tradición, relaciones con los antiguos poderes coloniales. En este capítulo, el autor deja ver con más detalle cómo avanza el debate a partir de desacuerdos básicos y la manera en que se pueden plantear estos desacuerdos como preguntas filosóficas fundamentales: por ejemplo, si las tradiciones son buenas únicamente porque vienen de los antepasados, o si el concepto de justicia iroqués es universal o solo vale para los iroqueses.

A raíz de los experimentos, Fraenkel esboza una propuesta simple, aunque no fácil. Sugiere aprovechar el bachillerato para transmitir a todos los ciudadanos, además de “técnicas de debate” que permitan aclarar puntos de vista y elaborar argumentos, “virtudes de debate”: valorar la verdad más que ganar la discusión, y hacer todo lo posible por comprender el punto de vista del otro.

De hecho, uno de los talleres filosóficos se da con alumnos y maestros de bachillerato en Brasil, donde se pasó hace poco una ley que obliga a enseñar filosofía en el bachillerato. La ley, de 2008, tuvo motivos políticos: la dictadura había eliminado la filosofía del plan de estudios. Los defensores de la nueva ley argumentan que la filosofía puede producir habilidades para el debate y la toma de decisiones democráticas, y así favorecer una mayor participación cívica. Mientras que el taller de Fraenkel con los alumnos gira en torno a cuestiones de desigualdad y justicia, la discusión con los profesores es sobre planes de estudio y estilos de enseñanza. De hecho, en Brasil pocos comparten el enfoque socrático que busca Fraenkel. Los académicos quieren que se enseñe historia de la filosofía con rigor y los activistas quieren un programa de “filosofía de la liberación”. En cambio, lo que busca la “filosofía pública” que propone el autor es dar herramientas para aclarar opiniones y analizar argumentos a favor y en contra. La pregunta interesante, que Fraenkel deja abierta, es cómo tendría que enseñarse filosofía para que se convierta en una herramienta democrática. Está claro que no basta incluir la filosofía en el plan de estudios para producir una cultura de debate.

A pesar de que Fraenkel se refiere a estos encuentros como discusiones “fuera de los confines de la academia”, la verdad es que la mayoría tiene lugar en un entorno académico. Las discusiones que va describiendo versan sobre preguntas que todos los seres humanos nos hacemos en algún momento, pero Fraenkel no se limita a relatar el diálogo con sus interlocutores. Entreteje el relato de cada encuentro con información sobre el trasfondo histórico y filosófico de los temas que aparecen. Estos pasajes más académicos del libro se traducen en una amplia bibliografía y un índice temático. Como el libro está dirigido a un público amplio, el editor ha optado por poner todas las notas, que son abundantes, al final.

Contra una actitud complaciente que declara de entrada la equivalencia de todos los distintos modelos de vida, Fraenkel apuesta por un compromiso sin ambages con el proyecto de vida que nos parezca más racional, más conducente a una vida digna y buena. No todos valen igual. Pero para comprometerse con una postura moral, o religiosa, es imprescindible haberla sometido antes a examen. ¿Cómo? Probándola en el debate con quienes no comparten nuestros presupuestos. Solo podemos apostar por nuestras convicciones si las hemos puesto a prueba, dispuestos a que otro nos muestre que estamos en un error.

Además, en una democracia inevitablemente surgen situaciones en que las convicciones de distintos grupos entran en conflicto y no basta un principio de tolerancia para tomar una decisión. Estamos convencidos de nuestras creencias, pero los que piensan distinto también lo están. Los desacuerdos deben servir para salir de la autocomplacencia en las ideas recibidas.

Debatir con los que no comparten nuestras narrativas culturales exige presentar argumentos comprensibles para el otro. La cultura del debate ayuda a entender la posición del otro, a ponerse en sus zapatos, pero también a darse cuenta de lo que uno mismo sostiene, y articular explícitamente los presupuestos que damos por hecho.

Quien cree poseer la verdad absoluta no tiene motivo para fomentar una cultura del debate, pero tampoco lo tiene quien cree que no hay una verdad universal o que esta no es alcanzable en absoluto. En otras palabras, como argumenta Fraenkel de manera convincente, la cultura del debate debe entenderse como una búsqueda conjunta de la verdad. “Si nos tomamos a nosotros mismos en serio, debemos estar convencidos de que lo que creemos es cierto.” Eso no anula el respeto por otras creencias y valores, respeto que pide examinarlas con atención, asumiendo que tal vez son nuestras convicciones las que están equivocadas.

Michael Walzer dice en el prólogo: “Fraenkel aspira a una Atenas donde la gente no mate a Sócrates, sino que lo imite [...] Insiste en que esa Atenas no es una utopía.” No cree en la solución platónica de dar el poder a los filósofos. Más bien sostiene que, con entrenamiento, todos podemos debatir racionalmente. ~