artículo no publicado

Entre Abu Ghraib y los anti-Poetas

Edgar Allan Poe era tan mal escritor que cualquier traducción lo mejora. Que haya concitado la admiración de Baudelaire, Mallarmé y Valéry es uno de los misterios más impenetrables de la mente francesa. Aldous Huxley fue caritativo al creer que los franceses no tenían oído para calibrar la vulgaridad del verso de Poe. A Poe, además, lo arruinaron sus ínfulas de pretenderse un Byron, un Shelley o un Coleridge, cuando es notoriamente inferior a la mayoría de los poetas del siglo XIX norteamericano. Decir que Poe es un “romántico alemán”, como él hubiera querido ser llamado, es decir mucho: su mundo es la sombra del gótico británico, del monje Lewis y de Ossian. Y está más cerca del peor siglo XVIII que de Tieck o E.T.A. Hoffmann. El prosista es tan lamentable como el poeta y tras leer, apenas, el primer párrafo de “William Wilson” (1839), el relato tenido por tópico de la tradición del doble en Occidente, uno pide a gritos el consuelo de una buena traducción francesa. Los cuentos de Poe nunca fueron bellos y al leerlos se sufre lo padecido por Walter Pater en los museos, esa sensación de que el mundo nunca ha sido joven. Poe mismo, como decía D.H. Lawrence, es un vampiro que se vampiriza. Y en cuanto al crítico, hay que irse con cuidado. Se equivocaba W.H. Auden al exculparlo como reseñista considerando que le tocó ocuparse de los malísimos libros que llegaban a las revistas de medio pelo en las que escribía, porque cuando tuvo oportunidad de hablar de Bryant, Dickens, Hawthorne, Washington Irving, Longfellow o Tennyson tampoco dijo nada memorable. El purísimo teorético de la literatura, deducido de ensayos famosos como “Filosofía de la composición”, “El principio poético” y “La racionalidad del verso”, no existe: Poe es un espejo donde Paul Valéry se vio a sí mismo. Premonitorio, Poe hizo todo lo humanamente posible para caer en manos de la vulgarización psicoanalítica y se merece las tonterías que sobre él y su obra dijo, en Edgar Poe / Étude psychanalytique (1958), la princesa Marie Bonaparte.

El párrafo anterior es un extracto, apenas exagerado, de lo que Harold Bloom dijo de Poe en 1984, cuando le tocó reseñar el par de tomos con que The Library of America presentó, por primera vez en una edición confiable, la obra del más célebre de los escritores de Estados Unidos.1 Bloom, en ese alarde de fobia antigálica y de rudeza trascendentalista, no oculta las razones de su desprecio, que son, en buena lid, ideológicas. Poe es el sureño y el protosudista, un racista que se negó a reconocer el primado de Emerson y hasta se atrevió con Eureka (1848) a refutar, de cosmología a cosmología, Naturaleza (1836).

Bloom, cuando en esa memorable filípica le llega la hora de matizar, admite que Poe escribió una obra maestra, la Narración de Arthur Gordon Pym (1838), un relato de naufragio y canibalismo en los mares de Sur, esa osadía genial que le valió ser contado por Gaston Bachelard (soy yo, no Bloom, quien lo trae a cuento) entre los verdaderos conocedores del corazón humano. Y más allá del lugar, charlatanesco o paracientífico, de Eureka entre las cosmologías modernas, Bloom concede, de mala gana, que Poe se cuenta entre los grandes visionarios gracias a sus poderes alegóricos y mitopoéticos. Lo abandona, con remordimiento, como el escritor que es, a la vez, el Prometeo y el Narciso de la literatura estadounidense. No queda claro por qué, dado que visionario, Poe es algo más que Swedenborg y cómo fue que resultó más influyente que Blake.

Al “Poe francés”, como lo llama Bloom en su calidad de inesperado y canónico crítico nacionalista gringo, muchos lectores lo conocemos bien. Es una quimera que le permitió desdoblarse a Baudelaire, y aun en el último de los herederos franceses de la literatura goticorromántica, Julien Gracq, es delicioso encontrarse con ese Poe. Para efectos de esta nota de lectura preferí buscar algunas de las pistas que Bloom, en lengua inglesa, honradamente, va dejando.

La querella con Poe, más allá de la maledicencia puritana que lo rodeó como alcohólico y como crítico valiente, pendenciero y complaciente, es una vieja pelea norteamericana. Lo que dice Bloom tiene su origen en los versos de ese poetastro que fue víctima del encono de Poe, James Russell Lowell: “Aquí llega Poe con su Cuervo, como Barnaby Rudge/ tres quintos de genio, dos quintos de sandez.”2 Más tarde, William Carlos Williams defendió a Poe, en En la raíz de América (1925), como uno de sus héroes nativos, junto a Washington, Daniel Boone, Benjamin Franklin y Abraham Lincoln. Poco le faltó al poeta Williams para decir que Francia ha aparecido providencialmente dos veces en la historia de Estados Unidos, cuando el general Lafayette regresó a hacerse cargo de las tropas de Virginia en 1780 y a la hora en que Baudelaire, en 1847, tras leer un cuento de Poe en un periódico de los fourieristas, quedó conmovido y decidido a difundirlo y traducirlo, a compartir su gloria moderna con él.

Si para Williams Poe es el primero que grita ante la soledad norteamericana, quien abandona la literatura filosofante y de buenas maneras, rechazando con la sangre y el hígado la tradición gentil, Edmund Wilson, también en 1925, defiende al autor de “Los crímenes de la Rue Morgue” desde la tribuna cosmopolita. Poe, dice Wilson, no es una rareza: es el gran romántico que le tocó en suerte a Estados Unidos. Punto de vista problemático el de Wilson pues él mismo explica los encantos del orden neoclasicista que, de Poe, enamoraron a Mallarmé y a Valéry: el haber imaginado la indefinida música del verso. Otra cosa es la divinidad que el conservador Allen Tate encuentra en Poe, el punto más alto en la adulación recibida por el bostoniano durante su fantástica posteridad.3

Es curiosa la alianza profrancesa que Poe suscita entre los angloparlantes, coalición infrecuente entre la opinión culta (que por buenas y malas razones suele respaldarse en los literatos franceses), la opinión popular (que lee y exalta a Poe, héroe cultural y fabricante de modernidad desde hace siglo y medio) y la reacción sureña, aunque Poe estuvo lejos de ser ese Joseph de Maistre virginiano que pintan algunos ultras. Contra Poe persevera, solitaria, la Costa Este, desde “El Himno Concord” emersoniano hasta Bloom y sus inspiraciones insulares: D.H. Lawrence y Huxley.

Fueron los ingleses quienes no desaprovecharon la oportunidad de lanzar un torpedo hacia el otro lado del canal con la intención de hundir al Poe franconorteamericano. Bloom fue, por más munición, con ellos, en aras del club de los anti-Poetas (la ocurrencia es vieja). En 1923 D.H. Lawrence duda, con asegunes y quebrantos, ante Poe, excluyéndolo de la savia que en su opinión habría de reconciliar a la mente y al cuerpo. Poe, se dice en los lawrencianos Studies in Classic American Literature, está enloquecido por la disolución de su propia mente, lo cual no necesariamente es una buena recomendación. A Bloom, por cierto, le interesa subrayar que Lawrence encuentra una herejía similar en Poe y Freud. Pero la estaca en el corazón del vampiro la puso Aldous Huxley, en un magnífico ensayo titulado “Vulgarity in Literature” (1930). Tras darles a los franceses una lección de métrica, Huxley dice que Poe padece de la misma vulgaridad que Balzac, Dickens y Romain Rolland, autores que tienen otros méritos menos el buen gusto, arribistas que fracasaron al usurpar, en materia de literatura, emociones que no sentían, con medios inadecuados para expresarlas.4

Más allá de todo lo que involucra la recepción de Poe y su vida, que a mí me admira por el heroísmo con que se tomó la profesión literaria, hay algo terrible en él que, antes de escribir estas líneas, no me parecía tan sugerente. Dice Bloom que Emerson fue y es la mente de Estados Unidos y que Poe fue y es quien encarna la histeria de Estados Unidos. Uno es el bien y el otro es el mal, palabras más, palabras menos. Al leer a Bloom recordé, con la arbitrariedad de la memoria inmediata y con un sobresalto, la diatriba de Susan Sontag sobre las fotografías de los presos iraquíes torturados en la cárcel de Abu Ghraib, en 2004. Contra las excusas entonces presentadas por Bush El Joven y su círculo, de que esos “abusos” no representaban ni el corazón ni la naturaleza de Estados Unidos, Sontag replicó que, al contrario, ese sadismo y esa procacidad no sólo eran representativas de la política del gobierno estadounidense en Iraq sino que reflejaban la cultura de la brutalidad diseminada en Estados Unidos a través del cine, la televisión, los juegos de video y, más allá (agrego yo), esparcidas por la larga historia de nuestras transgresiones, multiplicadas por la cultura del espectáculo, bienvenidas cuando las imagina la alta cultura o al ser elucubradas en una ergástula de La Bastilla pero abominables al ser ejercidas por unas imberbes y estúpidas mujeres soldado que podrían ser, antes que lectoras, personajes de Poe.

No es del todo gratuito encontrar en la desconfianza de Bloom ante Poe, en 1984, una condena, en su origen, a esa necrofilia sensacionalista, a la vez popular y culta, gótica y prevanguardista, que la aparentemente cándida y joven nación norteamericana de mediados del siglo XIX exportó, gracias al genio de Poe y a la difusión de sus historias grotescas y extraordinarias, a la Europa que se las daba de decadente y encallecida. ¿Poe, como habría dicho algún teórico francés de la literatura, es y ha sido nuestro prójimo? ~

 

 

 

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1. Harold Bloom, “Inescapable Poe”, The New York Review of Books, octubre de 1984.

2. Citado por William Carlos Williams, En la raíz de América / Iluminaciones sobre la historia de un continente, traducción de María Lozano, Madrid, FCE/Turner, 2002, p. 302.

3. Edmund Wilson, “Poe en su país y en el extranjero”, en Obra selecta, edición de Aurelio Major, Barcelona, Lumen, 2008, y Allen Tate, “Our cousin, Mr. Poe”, en Essays of Four Decades, ISI, 1999.

4. D.H. Lawrence, Studies in Classic American Literature, Penguin, 1977, y Aldous Huxley, "Vulgarity in Literature", en Complete Essays, III, 1930 - 1935, edición de R.S. Baker y James Sexton, Chicago, Dee, 2001.