artículo no publicado

Ensayo y error de ficción paranoica

Oliverio Coelho

Un hombre llamado Lobo

Barcelona, Duomo, 2011, 260 pp.

 

La famosa afirmación de Ricardo Piglia acerca de que “en el fondo todos los relatos cuentan una investigación o un viaje” se aplica por partida doble a la novela Un hombre llamado Lobo, de Oliverio Coelho. Se narran viajes que consisten, a su vez, en investigaciones. En dos sentidos: por un lado, buscan desentrañar el misterio de la desaparición de una persona; por otro, indagan en el alma del propio viajero.

Más interesante aún resulta la lectura de esta novela a la luz de un microensayo de Piglia insertado en su última obra de ficción, la tan valorada Blanco nocturno. “Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica”, propone el autor:

 

Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto. Nadie comprende lo que está pasando; las pistas y los testimonios son contradictorios y mantienen las sospechas en el aire, como si cambiaran con cada interpretación. La víctima es el protagonista y el centro de la intriga; no ya el detective a sueldo o el asesino por contrato.

 

La novela de Coelho se ajusta de un modo curiosamente preciso a esta definición. Estructurada sobre dos líneas de tiempo (la principal comienza a fines de los años ochenta, la otra dos décadas más tarde), sus protagonistas  son dos hombres que, en busca de alguien, dejan atrás la ciudad y su pasado. Silvio Lobo y su hijo Iván son víctimas que, al encarar el viaje, se convierten también en investigadores, se enfrentan aindicios cuyo sentido no terminan de comprender, y sin embargo actúan como si lo hicieran.

En la historia aparece un detective, Marcusse, que representa una versión paródica y grotesca de la figura del detective clásico: su decadencia. Obsesionado con el estudio de la ruleta, está convencido de que ese juego, al igual que los casos policiales, se pueden desentrañar si se realizan los cálculos correctos. Carga consigo un libro en que

 

están registrados todos los movimientos, cada detalle del pasado, la memoria de Dios: números y números. No es cuestión de suerte.

 

¿Ha enloquecido quijotescamente de tanto leer novelas policiales en que los crímenes se resuelven con la mera especulación analítica? Lo cierto es que los nuestros ya no son los tiempos de Auguste Dupin. Dios no juega a los dados porque ni siquiera él está seguro de si va a ganar. Y así es como Marcusse, el detective del policial clásico, se desdibuja en la ficción paranoica hasta desvanecerse como un fantasma...

Por lo demás, los personajes de la novela responden a una suerte  de estereotipado destino tanguero: los que desempeñan un papel activo son casi todos hombres, condenados (de un modo bastante ingenuo) a sufrir por el abandono de las mujeres. De hecho, fundan la patética “Sociedad Protectorade Hombres Solos y Maltratados”. Uno de ellos intenta abandonar a su mujer pero fracasa porque lo alcanza poco antes de que él aborde el autobús; finalmente será ella quien lo deje... Los hombres no dejan de sentirse solos pese a las confraternidades que establecen. Sobre todo los protagonistas, que recorren pueblos y ciudades de la provincia de Buenos Aires convertidos en “extranjeros”, centro de la desconfianza y la hostilidad de quienes los rodean. En su adaptación a ese entorno –y no en su talento paralos razonamientos y las deducciones– estriba su capacidad investigativa.

Esta es la sexta novela de Oliverio Coelho (Buenos Aires, 1977), muy ponderado por obras anteriores como la “trilogía futurista”conformada por Los invertebrables, Borneo y Promesas naturales, e incluido en la lista de los mejores narradores en español confeccionada el año pasado por la revista Granta. Pero teniendo en cuenta que la mayoría de esos elogios destacan sobre todo la “relación privilegiada” del autor con el lenguaje, después de leer esta novela no puede uno sentir más que sorpresa. Más allá de sus búsquedas y aciertos formales, Un hombre llamado Lobo deja mal sabor de boca si se atiende a los momentos en que la coherencia interna chirría (un bebé de pocos meses al que su padre deja solo durante horas, una persona toma un autobús una mañana en que se nos ha dicho que ya no había más autobuses), a lo forzado de sus diálogos (parecen extraídos del guion de cualquier película mala), a los lugares comunes (“que rastrear a su hijo equivaliera a buscar una aguja en un pajar”) y, sobre todo, a lo disparejo de su registro que deja hecha jirones la voz y la verosimilitud del narrador. Por eso, lo recomendable será leer Un hombre llamado Lobo a través del tamiz de las propuestas de Piglia, y considerarla un ensayo, parte de la búsqueda de una forma que adapte el policial (el género que mejor ha explicado nuestras sociedades en el último siglo y medio) a nuestro tiempo y espacio. Lo mejor, sin duda, estápor venir. ~