artículo no publicado

El siglo de Sartre, de Bernard-Henri Lévy


Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre, traducción de Juan Vivanco, Ediciones B, Barcelona, 2002, 762 pp.

BIOGRAFÍA

El intelectual en gloria y majestad



"Encuentro perfectamente escandaloso que el atentado de Múnich sea juzgado por la prensa francesa y por una parte de la opinión como un escándalo intolerable. Israel y los palestinos viven en estado de guerra, y los palestinos no disponen, en esa guerra, más que de una sola arma, el terrorismo, pues son un pueblo traicionado, exiliado, que sólo puede mostrar su coraje y la fuerza de su odio organizando atentados mortales."
     Jean-Paul Sartre firmó estas líneas, en el periódico maoísta La Cause du Peuple, el 12 de octubre de 1972, al comentar la matanza de los atletas israelíes en las olimpiadas de Múnich. El párrafo sólo revela una constante en su obra literaria y filosófica, la exaltación de esa "impotencia de la libertad", la violencia revolucionaria. Pero no estaríamos hablando de Sartre si no tuviésemos que agregar al comentario citado la subsecuente paradoja: en 1976 la Embajada de Israel en París le ofreció a Sartre una de las pocas distinciones públicas que aceptó durante su vida, el doctorado honoris causa de la Universidad de Jerusalén.
     A casi veinticinco años de su muerte, Jean-Paul Sartre (1905-1980) sigue siendo un fantasma que no conoce el reposo. Atormentado por esa vigilancia, Bernard-Henri Lévy, el polémico periodista francés, decidió escribir una suma sartreana titulada, de manera inequívoca, El siglo de Sartre. Lévy, un liberal que en los años setenta abrió las puertas a los entonces apestados disidentes del Este, ya ha recorrido suficiente camino como para permitirse escupir sobre Sartre y seguir adelante. Pero antes que desenterrar al filósofo y arrastrar sus huesos por las calles, Lévy se arriesga con un ajuste de cuentas honrado e inquietante, a través de una obra lamentablemente elefantiásica, hinchada de la erudición profesoral más vana y escrita con una prosa abominable.
     En André Gide y en Henri Bergson encuentra Lévy a los maestros de Sartre, quien heredó del primero la movilidad, esa libertad irresponsable que busca la responsabilidad, el compromiso y el valor, la piel dura contra los insultos, la afición a épater le bourgeois... pero a Sartre le faltó la profunda honradez gideana y su corolario capital, la autocrítica. Bergson, a su vez, demostró al joven Sartre que la filosofía universitaria podía ponerse en manos de los legos como peligroso combustible existencial. Pero Bergson jamás se imaginó coronado por la multitud como príncipe filósofo, y hubo de lamentarse del impulso que l'élan vital dio a los fascismos, mientras que Sartre fundó una suerte de Estado internacional con sede en Saint-Germain-des-Prés.
     El último de los grandes filósofos europeos o el último filósofo a secas, son los laureles que Lévy coloca sobre la cabeza cortada de Sartre. El verboso galimatías de Lévy no es la mejor fuente para entender la cacareada trascendencia que él mismo atribuye a la filosofía sartreana. Tras cientos de páginas sobre "el heideggerismo como una forma postmetafísica del humanismo" y otros infinitos ismos, el autor acaba por reconocer que el fracaso filosófico de Sartre fue colosal y que la principal causa de su derrota estuvo en Hegel, a quien el existencialismo nunca pudo rebasar, ni por la izquierda ni por la derecha. Más persuasiva es la imagen del nazi Martin Heidegger, quien una mañana de 1945 recibió dos libros desde Francia, El ser y la nada, de Sartre, y El principito, de Saint-Exupéry. El primero se le cayó de las manos mientras que se convirtió en adicto al segundo. Y, a la distancia, parece más del gusto íntimo del filósofo alemán la parábola del escritor soldado que se perdió en el mar, antes que la puesta al día de sus ideas en clave francesa.
     Mientras que las páginas de El siglo de Sartre sobre el teatro son brillantes y explican cómo Sartre y sus amigos hicieron, por última vez, un uso ideológico de la escena antes del imperio definitivo de los medios masivos de comunicación, Lévy carece de competencia para demostrar que, tras La náusea, Sartre siguió siendo un gran narrador y borrar el lugar común que desdeña el resto de sus novelas. Y la teoría del compromiso no fue más que una versión germanopratense del impresentable realismo socialista. Más vale concentrarse en el planteamiento político y moral de El siglo de Sartre:
     1) El ser y la nada (1943) planteaba una hermosa y sugestiva teoría de la libertad, y el Sartre anterior al marxismo-leninismo fue el más libertario de los pensadores, cínico y pesimista, locamente libre, un artista practicando la moral aristocrática.
     2) Las virtudes filosóficas del primer Sartre consistieron en la fundación de un antihumanismo que, al rechazar las esencias y postular la existencia, cerraba el paso de todos los totalitarismos. La defensa realizada por Lévy de ese primer Sartre pretende, en mi opinión, salvar de la quema a esa inteligencia francesa que, de Céline a Foucault, en mayor o menor medida, se vio involucrada en las bajas pasiones ideológicas que la actual opinión liberal considera reprobables. Como figura central de esa opinión, Lévy se la juega por el honor manchado de la llamada Escuela de París. El siglo de Sartre es, también, una reivindicación endogámica del prestigio intelectual de los estructuralistas —Althusser incluido— a quienes Lévy considera hijos legítimos del antihumanismo sartreano.
     3) Al apoyar, desde 1952 hasta pocos años antes de su muerte, todas las tiranías comunistas que aparecieron sobre el planeta, Sartre no sólo traicionó al filósofo como supuesto garante de los valores, sino que se traicionó a sí mismo, destruyendo al primer Sartre. Después de este plausible punto de la argumentación, Lévy pierde toda mesura y afirma que la potencia de la filosofía sartreana era tal que, única en la historia del pensamiento, fue creada y destruida con las mismas armas, resolviendo el problema de la libertad y luego, merced a la Crítica de la razón dialéctica (1960), anulándolo. El sentido común indica que, contra lo que dice Lévy —y admitiendo que Sartre evidentemente no fue ni Kant ni Hegel—, la facilidad con la que el propio filósofo desmontó su filosofía habla más de su volubilidad que de su omnipresencia.
     4) Lévy postula, acaso con razón, el caso Sartre como una extensión del caso Heidegger. Mientras el maestro de Alemania vio en Hitler a su Dionisio de Siracusa (el tirano que debe acompañar la reflexión del filósofo), Sartre marchó hacia el horizonte insuperable de nuestro tiempo, ese marxismo en funciones de tirano colectivo. Pero los horizontes, apunta Lévy con agudeza, no se superan. ¿Cómo fue posible que hombres precisamente como Sartre fueran cómplices de la muerte de millones? Tratándose de él, la pregunta es aun más dolorosa. Lévy recuerda al inmenso Sartre de 1944, cuando, aún humeando las chimeneas de los campos de exterminio, escribió Reflexiones sobre la cuestión judía. Al enfrentar a los franceses con su antisemitismo, Sartre dio comienzo a la discusión sobre el Holocausto como un suceso único en la historia de la humanidad. De todos los antifascistas, ninguno resultó más terrible de perder en los brazos del totalitarismo inverso que Sartre.
     Los cargos contra el Sartre estalinista no prescriben. En 1952 sujetó la puesta en escena de Las manos sucias a la autorización expresa del Partido Comunista de cada país donde quisiese representarse. En 1954 regresa de la urss y afirma que en ella priva una total libertad de expresión. En 1956 considera el informe de Jrúshchov, en que denuncia ante el XX Congreso del  los crímenes de Stalin, cosa nefasta e inoportuna. Y cuando, poco después, los soviéticos invaden Hungría, su famosa condena fue cuando menos tibia. Y tras 1968 Sartre empezó a condenar el estalinismo en nombre del maoísmo, a cuyas ridículas sectas francesas dio cobijo legal y reflectores. Bien dice Lévy que, si cabe hacer gradaciones en el exterminio, la versión chinocamboyana del marxismo ha sido la negación más virulenta de la tradición moral e intelectual de Occidente. Desde París, ese horror recibió el respaldo de Sartre, parloteando con sus jóvenes protegidos maoístas, quienes lo obligaron al tuteo y lo conminaron a escribir alguna novela proletaria antes que el indigesto Flaubert, en el que quemó su prodigiosa fertilidad.
     ¿Qué hacer con el monstruo Sartre?, parece preguntarse Lévy en este momento. ¿Cómo examinar a quien hizo del error un régimen de vida intelectual? Lévy localiza el punto preciso de la conversión de Sartre en su internamiento como prisionero de guerra en 1940-1941, cuando se fascinó con la austera hermandad de la prisión, la vida comunitaria que aboliría hasta su propio individualismo burgués. El joven filósofo llegó allí sin haber combatido y, dado que aquello distaba mucho de ser un campo de concentración, lo más que sufrió fue, según su propia confesión, una patada en el culo.
     En El siglo de Sartre, Lévy se hace algunas preguntas capitales, no por obvias impertinentes. A diferencia de liberales como Raymond Aron, quienes desde el principio lo denunciaron como el primer filósofo occidental en admirar sin reserva el terror político, Lévy se pregunta si quienes compartieron esas ideas lo pueden juzgar con la misma vara. La respuesta es que sí. La lista de quienes, habiendo sido primero comunistas y luego víctimas personales del estalinismo, lo abandonaron y teorizaron su naturaleza a riesgo del ostracismo y la muerte, es menos reducida de lo que parece: Victor Serge, Boris Souvarine, Bruno Rizzi, Gaetano Salvemini, Ante Ciliga, Panait Istrati, para no hablar de los honorables compañeros de viaje defraudados: Gide, Breton, Orwell, Merleau-Ponty.
     Sartre no mantuvo ni la valentía del renegado ni la fidelidad del converso: nunca se arrepintió ni se hizo una autocrítica. Pero a diferencia de los militantes ortodoxos, admitió, entre avergonzado y mustio, que se había equivocado, que había mentido, que la situación política exigía tomar ciertas posiciones, y un inmenso etcétera que jamás incluyó ninguno de los exámenes, ya no digamos morales, sino intelectuales a los que su poderosa mente lo obligaba. Todavía en 1976 denunció a los disidentes soviéticos y a sus protectores franceses —Bernard-Henri Lévy entre ellos— como agentes de la CIA.
     Ante la ambigüedad de Sartre, su vejez tan desastrosa no es un atenuante. Llegados a este capítulo de El siglo de Sartre, es difícil compartir con Lévy sus dilemas entre la admiración rendida al filósofo y la condena sin paliativos del clérigo traidor por antonomasia. La única palabra para calificar sus costosas aventuras políticas proviene del viejo arsenal de la izquierda: Sartre fue un oportunista. Un gran literato vanidoso que acudió a todo lugar donde se le pudiese ofrecer, por aclamación o mediante la blasfemia, la corona del príncipe filósofo. Lo insinúa Lévy: Sartre escogió escribir para su época. Ésa fue su gran desgracia.
     Criticando la sofística parisina, el profesor Mark Lilla ha intentado recientemente simplificar el problema de la "traición" de los intelectuales durante el siglo XX. En The reckless mind (2002) sostiene que, desde Platón, los intelectuales sufren de tiranofilia y que ésta es una constante caracterológica relativamente ajena al momento histórico que cada uno de ellos ha vivido. Pese a mi simpatía por la llaneza anglosajona, las desesperadas preguntas de Lévy me siguen consternando, como a todos los que padecemos una turbia emoción al mirar las escenas del multitudinario sepelio de Sartre. Del siglo XX recibimos una educación sentimental basada en la devoción, piadosa y sufriente, por los grandes jefes espirituales. Por ello, una vez que se derrumban, tendemos a ejercer el linchamiento moral, esa forma de crueldad, como la llamó Bertrand Russell.
     En El siglo de Sartre encontramos una inagotable enciclopedia de sartreanismos, rica en caracteres, anécdotas, visiones y sueños. De todo el elenco, ningún personaje tan atractivo como el propio Sartre, infectado no sólo de tiranofilia, sino de casi todas las enfermedades seculares: hombre de tinta y acólito del terror, abajofirmante ante el Altísimo, devorador de letra impresa y polígrafo insaciable, apasionado de Italia —en cuyos más bellos parajes escribió sus textos más abyectos—, del consumo de alcohol y anfetaminas, de las mujeres, del teatro y las tertulias filosóficas, de los viajes exóticos para conocer tiranos entonces desconocidos.
     Sartre, desde la mirada melancólica de Bernard-Henri Lévy, fue el intelectual en gloria y majestad. En compañía de Simone de Beauvoir, Sartre devino un desarrollo escalofriante del libertino sin escrúpulos del Siglo de las Luces, capaz de proyectar sobre toda una época los acertijos morales y las conspiraciones eróticas que en Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, eran sólo materia de la correspondencia y de la alcoba. Yo agregaría que Sartre, condenado a errar entre tinieblas, es un Tiresias que acaso profetizó el destino de su obra. Interrogado sobre por qué no tenía biblioteca en su departamento de Montparnasse, Sartre contestó: "Para mí un libro leído es un cadáver. No hay nada qué hacer con él más que tirarlo." ~