artículo no publicado

La Habana antes de Fidel

Hace algún tiempo, en Cuernavaca, mientras acompañábamos la sobremesa con un aromático café cubano, le pregunté al abuelo de mis hijos: ¿Cómo era Cuba antes de Castro? Se le quebró la voz mientras empezó a recordar el poema de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado,/ fueron un tiempo Itálica famosa.” Falleció poco después, a los 84 años, soñando con volver a Cuba. Decidí investigar por mi cuenta aquella pregunta, que nunca antes me había formulado. Me sorprendió lo que encontré. Con las limitaciones del caso, reconstruyo algo de aquella Itálica famosa: economía, salud, educación y vivienda. Agregamos un apunte sobre la prensa y la política en Cuba, en 1958, porque el binomio prensa-oposición se convirtió en su talón de Aquiles y terminó así aquel meritorio pasado.

Alguna marcha celebratoria salió a la calle el 26 de julio. Las consabidas imágenes icónicas, los vivas. Cincuenta años de propaganda castrista lograron hacer un axioma de la perversa propuesta teórica de Goebbels: no obstante el ostensible fracaso del experimento comunista cubano el cada día más reducido coro de compañeros de viaje celebra, y defiende, religiosamente, un triunfo que solo ellos ven. No tienen ojos para ver la insaciable violación a los derechos humanos y a las libertades individuales; el desastre económico y social; el feroz y cotidiano ataque a la democracia. Lo dice bien José Woldenberg: “El fanático ve lo que quiere ver.” Si no fuera porque es una desgracia, diríamos que la paradoja es fascinante.

El regreso de Shih Huang Ti

Una de la causas de este fenómeno típicamente goebbelsiano, que a base de repetición termina por validar como cierta una proposición falsa, es la explicable dificultad de conocer las condiciones políticas y socioeconómicas de Cuba antes del castrismo. Peor aún para las generaciones más jóvenes que habitan la isla. A la pregunta de: ¿Cómo era Cuba en 1958?, la respuesta casi siempre será: “era un país pobre, atrasado, en condiciones socioeconómicas terribles. Los cubanos sufrían una dictadura”.

Es difícil enterarse de cuáles eran las condiciones reales de Cuba en 1958 porque, en primer lugar, el gobierno de Castro removió de las bibliotecas públicas periódicos, revistas y cualquier otro documento que pueda contradecir el discurso oficial. No se pueden consultar libremente ni siquiera periódicos de los primeros años del castrismo, como lo constató el escritor español Miguel Barroso y lo consigna en su libro Un asunto sensible (Barcelona, Mondadori, 2009). Se necesita un permiso especial del Consejo de Estado. Revisar ciertas publicaciones oficiales puede comprometer al investigador porque contienen información que desdice la realidad presente y son por tanto material peligroso de conocer. Le sucedió a los economistas independientes Martha Beatriz Roque Cabello y Arnaldo Ramos Lauzurique. Ambos hicieron en 1997 una investigación sobre el PIB cubano, que naturalmente arrojó resultados ingratos para un gobierno cuyo discurso oficial está saturado de “logros”. Dicho estudio circuló en Cuba de mano en mano hasta que fue interceptado por la seguridad del Estado. Pero el documento ya se conocía fuera de Cuba. En 2003 fueron arrestados y condenados a 20 y 18 años de cárcel, respectivamente, acusados “de colaborar con el enemigo”. Ambos economistas habían utilizado para su investigación, únicamente, información de la ONU, la OMS, el Anuario Estadístico de Cuba y “algunas revistas que ya pasaron por las manos del censor y que entonces estaban en las bibliotecas”, dice Ramos Lauzurique. Pero no es permisible consultar ciertos documentos porque pueden desvelar una realidad incómoda: se encontrará la explicación de fondo de “un logro” que parecía casi milagroso; un compromiso que no se cumplió; una promesa que se contradijo, y luego otra y otra más, y así durante más de medio siglo. “Me cortaré las barbas cuando cumpla mi promesa de un buen gobierno”, le dijo Fidel Castro al periodista estadounidense Edward R. Murrow en 1959.2 Todo indica que Fidel Castro morirá barbado.

Tales políticas relacionadas con la investigación documental nos recuerdan al emperador chino Shih Huang Ti, quien, en el año 213 a. C., mandó quemar todos los libros que le precedían: la Historia empezaba con él. En el caso de Cuba, a la sistemática desaparición de periódicos y revistas precastristas y documentos inconvenientes (aun los propios), le sigue el trabajo del agitprop, y su incesante afán por demostrar que Goebbels tenía razón y hacer el denuesto de la vida en Cuba antes de Castro.

Y enseguida viene el coro de compañeros de viaje o tontos útiles, como dice la leyenda que les llamaron Trotski y Lenin a quienes escuchaban alguna frase hecha del comunismo y sin más la repetían sin saber realmente lo que decían. Y hasta colaboran con argumentos propios. Algunos miembros del coro son de lujo, como Gabriel García Márquez, que con la suficiente ligereza justificó el castrismo desde el primer día. En los años sesenta lo hizo con un argumento que hoy es una perla: “Había en Cuba 482,560 automóviles, 343,300 refrigeradores, 54,700 radios, 303,500 televisores, 352,900 planchas eléctricas, 286,400 ventiladores, 41,800 lavadoras, 3,510,000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 navíos mercantiles. Salvo los relojes suizos, todo lo demás estaba fabricado en Estados Unidos y dependía de sus repuestos.”3 Además de que era una mentira porque en Cuba, en 1958, había mucho más que eso para una población de seis millones de habitantes, lo que había de cosas materiales les sirvió a sus dueños durante décadas –algunos de aquellos automóviles siguen circulando por las avenidas semivacías de La Habana. Pero faltaba lo peor: conforme fueron terminando su vida útil los aparatos domésticos y casi todos los vehículos, ahora a fortiori, fueron sustituidos por armatostes soviéticos de la peor calidad. Y no había refacciones, mucho menos ahora. Ya quisieran hoy los ciudadanos cubanos tener cuando menos una parte de aquello que quiso ser una bufonada enumerativa de García Márquez. Si algo hubiera sabido de Cuba, habría dicho que el conflicto real era la exigencia de volver al orden constitucional y a la democracia que vivían desde 1940. García Márquez debe estar hoy muy entretenido contabilizando los productos chinos de todo el planeta; a ver qué gracejada se le ocurre, ahora contra los chinos.

Economía, salud y educación

Si el entonces joven periodista filocastrista que en 1961 hacía su tarea en Nueva York al frente de Prensa Latina (fachada del agitprop cubano) –que salió huyendo hacia México al primer disparo de Bahía de Cochinos, qué tal y gana la oposición–, si entonces, decíamos, García Márquez le hubiera preguntado a su camarada Carlos Rafael Rodríguez cómo era Cuba en 1958, se habría ahorrado la ocurrencia aritmética. Carlos Rafael Rodríguez le habría dicho que cinco años antes de que Fidel Castro se hiciera del poder, en 1953, Cuba tenía un 23.6% de analfabetas –en las zonas urbanas el índice era de 11.57%–, entre las personas mayores de diez años de edad. Si los datos se ajustan para personas mayores de 15 años de edad, el índice de analfabetas bajaba a 22.1%. En Latinoamérica, solo Argentina, Chile y Costa Rica tenían mejores números que Cuba. Le seguía Colombia, con 37.7% de analfabetas y luego México, con 40%. El Censo Poblacional de Cuba de 1970 registra aún el 12.9% de analfabetismo. No obstante, falazmente el coro repetía: “en Cuba todo mundo sabe leer y escribir”.

El comandante Rodríguez también le habría podido decir a Gabriel García Márquez que en Cuba, en 1958, el 62% de los ingenios azucareros eran propiedad de ciudadanos cubanos; el 37% de consorcios estadounidenses y el 1% restante, de españoles y franceses; y que la zafra de 1952 fue de más de 7 millones de toneladas de azúcar (en 2010 apenas alcanzó 1.1, se anunció en mayo). Durante los años cincuenta Cuba llegó a aportar el 21.37% de la producción mundial de azúcar con un territorio del tamaño de la península de Baja California. Carlos Rafael Rodríguez le habría dicho que en salud, educación, transporte, telefonía, ferrocarriles, radio y TV, y por supuesto, en producción azucarera y tabacalera, Cuba era entonces y en casi todo, uno de los dos, a veces el tercero y a menudo el primer país de Latinoamérica, en esos rubros y algunos más. Cuba era autosuficiente en el consumo de azúcar, leche, café, tabaco, frutas tropicales y carne de res (desde 1940); y prácticamente autosuficiente en productos del mar, carne de cerdo, tubérculos, hortalizas, avícolas, huevo y producción de calzado. Cuando Fidel Castro se hizo del poder en Cuba había 6,325,000 cabezas de ganado, de las cuales 940,000 eran vacas lecheras (quinto productor de la región, según la ONU), para una población de seis millones; los datos son de 1961, publicados por el Instituto de la Reforma Agraria. Para el periodo 1986-1989, ellos mismos reportaron que la producción per cápita de carne vacuna había caído a la mitad respecto del nivel de 1958. El año 2000 es punto menos que desastroso: hay menos cabezas de ganado que en 1946: 4,110,200 –la cifra incluye el ganado lechero, si lo hay. Para una población 2.5 veces mayor. Las cifras son del Anuario Estadístico de Cuba, reportado por Óscar Espinosa Chepe (Cuba / Revolución o involución, Madrid, Aduana Vieja, 2007). El autor es economista, periodista independiente, ex funcionario del Banco Nacional de Cuba, ex diplomático; encarcelado en 2003. Todo indica que la mayor parte de la población vacuna ya pasó por las carnicerías: para 2010, al menos el 80% de los alimentos que se consumen en Cuba son importados, de Estados Unidos: pollo, maíz, trigo, soya y leche en polvo. Mientras los quince países de mayor producción lechera de Latinoamérica incrementaron su producción en 228% durante el periodo 1958-1996, la Cuba castrista aumentó su producción lechera en un 11%. A pesar de que en la Cuba castrista solo toman leche los menores de siete y los mayores de 65 años, es necesario importar leche. En 1958 Cuba también era autosuficiente en el consumo de leche evaporada y condensada. Es evidente que hoy hasta las vacas lecheras terminaron en la carnicería. Los autores de A study on Cuba (University of Miami, 1965) consignan que la importación de carne, proveniente de Canadá y Estados Unidos, inició en 1960, cuando, increíblemente, dicen los autores, se mandó a los mataderos a sementales, ante la inminente carestía. En cambio en la Cuba precastrista la importación de carne vacuna fresca se suspendió en 1940, año en que se alcanzó la autosuficiencia y se inició la exportación (nunca hubo fiebre aftosa en Cuba). Desde los años cuarenta hasta 1958 el kilo de carne de res costó en promedio 51.5 centavos y el consumo anual era de 112.4 libras per cápita. En esa época los cubanos tenían la más alta ingesta de proteína en Latinoamérica, después de Argentina y Uruguay; más del 80% de la ganadería era de ciudadanos cubanos.

En 1960, con libreta de racionamiento, las tiendas del Estado castrista vendían anualmente, per cápita, un tercio de aquella cantidad (puerco y res, combinadas). En 1958, el consumo anual de arroz, por persona, básico en la dieta cubana, era altísimo: 110 libras, diez veces el de Estados Unidos. A pesar de que la producción nacional era abundante y de buena calidad (cuarto productor del continente; hoy es el duodécimo, abajo de Bolivia, según datos de la FAO), había que importar arroz de Asia y de Latinoamérica frijol, maíz y otros granos. Pero Cuba tenía dinero para importar lo que necesitaba: la balanza comercial de Cuba fue positiva desde 1902 hasta 1957; con excepción de 1921. Pocos países en el mundo deben tener un récord similar. En cambio, en la Cuba castrista el crecimiento del volumen de las exportaciones fue, hasta finales del siglo XX, de los más bajos de Latinoamérica, abajo de Haití. Con todo y la notable diferencia en territorio y población, en 1958 México y Cuba tenían el mismo volumen de exportaciones; hacia el final del siglo XX las exportaciones mexicanas habían crecido 130 veces mientras las cubanas apenas se duplicaron. El estancamiento de las exportaciones cubanas es abismal. En 1958, solo Venezuela (por el petróleo) y Brasil tenían mayor volumen de exportaciones que Cuba. Ello explica que en 1958 Cuba tuviera la tercera mayor reserva internacional de divisas de Latinoamérica: 19 mil millones de dólares, a precios actuales. Explicablemente, en 1958 Cuba tenía el tercer ingreso anual per cápita (356 dólares), después de Uruguay (365) y Venezuela (857); México (263) estaba en octavo lugar (son datos de A study on Cuba, del Boletín Mensual de Estadísticas de Estados Unidos de 1961 y del FMI).

En 1958 Cuba tenía un sólido sistema de salud pública y alcanzó entonces el índice de mortalidad infantil más bajo de Latinoamérica (33.4 fallecimientos, durante el primer año de vida, por cada mil niños nacidos vivos); lejos, le seguía Argentina (61.1), y aún más lejos estaba Costa Rica (89.0), México (80.8) y Chile, en donde era altísimo: 126.8. No obstante, en 1990, Cuba, Costa Rica y Chile tenían prácticamente el mismo índice de mortalidad infantil: 15, 16 y 18, respectivamente. México seguía teniendo un alto índice: 41. Los datos para Cuba son del Anuario Estadístico de Cuba de 1974, y los demás de América en cifras, del Instituto Interamericano de Estadística, Washington, D.C. (IIE) y la ONU. Durante el periodo 1950-1954, en Cuba, la relación de un médico por cada mil habitantes también era la más alta de Latinoamérica. México tenía un médico por cada 2,400 habitantes, Cuba uno por cada 960. Son datos de la OMS; Cuba estaba por arriba de algunos países europeos como Inglaterra, Francia, Suecia y España.

Los datos en salud y educación de Cuba, para el periodo que va de los años cuarenta a 1958, son congruentes: en Cuba los estudios del área de la salud siempre tuvieron muy alta población estudiantil: en 1934 el 75% de todos los graduados universitarios egresaron de esa área: médicos, odontólogos, enfermeras, parteras, farmacéuticos; en 1943 fueron el 50%, pues creció la matrícula en otras áreas. El siguiente índice lo ocuparon los pedagogos y luego los abogados. La seguridad social en Cuba, desde los años cuarenta, aunque no universal todavía, muy probablemente era la mejor de Latinoamérica: en 1958 el 90% de los trabajadores gozaba de seguridad social.

Desde los primeros años cuarenta y hasta 1958, en Cuba, el presupuesto anual de egresos dedicado a la educación fue superior al 20% del total. En 1958 fue el más alto de Latinoamérica: 23% (sin incluir la construcción de escuelas). Le seguía Argentina con 19.6% y luego Costa Rica con el 20%; México dedicó el 14% de su presupuesto a la educación (según datos históricos de Ministerio de Hacienda de Cuba, el IIE y la UNESCO). En 1958 Cuba tenía una universidad por cada 750 mil habitantes; México, veinte años después, en 1978, tenía una por cada millón 700 mil habitantes. La proporción es abrumadora. El número de bibliotecas que tenía Cuba en 1958 solo era superado por Argentina y Brasil.

El prestigio de la medicina y la educación cubana tiene profundas raíces en la primera mitad del siglo XX, no es producto del comunismo castrista. La tan publicitada campaña alfabetizadora de 1961, que encubrió otros fines, duró solo ese año porque no hacía falta: en 1958 había en Cuba más escuelas primarias rurales que urbanas: 4,889 y 2,678, respectivamente. “El gran avance de la medicina cubana comunista”, así como la alfabetización, fueron más un falaz montaje publicitario que realizaciones concretas: ya estaba hecho casi todo. Lejos de reconocer en su justa proporción los avances anteriores, Castro difundió falsedades estadísticas desde el primer día, como el mito del “40% de analfabetismo en 1959”. El régimen castrista cosechó y publicitó, ad nauseam, lo que otras generaciones de cubanos habían sembrado mucho antes que él. No obstante, se adjudicó la autoría. Y luego dilapidó el patrimonio. Un nieto del Che Guevara, Canek Sánchez Guevara, estudiante de diseño en la Universidad de La Habana, le hizo a Andrés Oppenheimer (Reforma, 15/XII/2008) un buen resumen de las condiciones de la educación en 1991: “No hay papel, ni lápices, ni interés de parte de los profesores en hacer nada. Y si te gradúas no hay trabajo. Aquí no hay futuro.” Hoy Canek vive en Oaxaca, alejado de los reflectores.

¿Por qué García Márquez tendría que haberle preguntado a su camarada Carlos Rafael Rodríguez cómo era Cuba en 1958? ¿Por qué precisamente a Carlos Rafael Rodríguez? Porque ese personaje (1913-1997), aunque militante desde muy joven del Partido Socialista Popular, obcecado estalinista cuando compartió el poder con Castro, fue antes ministro sin cartera de Fulgencio Batista durante su primera gestión (1940-1944), y después, como representante del Partido Socialista Popular, fue miembro del Consejo Nacional del Censo de 1953 (su integración era pluripartidista), por lo que también conoció el Anuario Estadístico de 1956, en donde, con el Censo de 1953, está toda la información que García Márquez ignora. Como una revancha del destino, el ejemplar del Censo de 1953 donde aparece enlistado Carlos Rafael Rodríguez como flamante miembro del Consejo Nacional del Censo es un ejemplar de la biblioteca personal de Batista, que su hijo Jorge donó y dedicó con su puño y letra a la Cuban Heritage Collection.

La cuestión urbana

Actualmente, cuando gran parte de las casas y edificios de La Habana, y de muchas otras ciudades, hay que suponer, materialmente se están cayendo por falta de mantenimiento, y el déficit habitacional es pavoroso, Castro sigue ordenando: round up the usual suspects: “75.4% del fondo habitacional se construyó después de 1959; 84% de los cubanos son propietarios de su vivienda [aunque no la pueden vender; las cursivas son nuestras]; 2 millones 200 mil personas pagaban alquiler antes de 1959, por un monto de hasta 50% de los ingresos familiares” (Reforma, 07/VI/2010). Son tres afirmaciones falsas.

Si el 75.4% de las viviendas en Cuba se construyeron después de 1959 y actualmente sufren una pavorosa carencia, significa que el castrismo las dejó de construir y de mantener. Además, si fuera cierto el dicho oficial, en 1958 millones de cubanos tendrían que haber vivido en las banquetas.

“El 84% de cubanos son propietarios de su vivienda.” Es una declaración cínica: el castrismo festina el regalo a terceros de propiedades que no eran suyas. Pero había que llenar la Plaza de la Revolución, que construyó Batista.

Según Castro, en 1959 más de dos millones de personas pagaban de renta “hasta el 50% del ingreso familiar”. Es totalmente falso. En el Censo de 1953 están los datos, actualizados en 1957 por el Instituto Nacional de Reforma Económica: ese año, el sector que pagaba el porcentaje más alto de renta era el de “ingreso extraordinario”, como lo llama el documento: pagaban el 17.3% de su ingreso total. El segmento de la población de “escasos recursos” pagaba de renta el 11.7% de su ingreso total; el sector medio, 15.5%. Gracias a una ley de 1952, con antecedentes en los años cuarenta, que obligó al Buró Nacional de Economía a limitar el costo de los arrendamientos inclusive por abajo del costo de la vida.

Ahora respondamos, con datos del mismo Censo de 1953, esta pregunta: ¿todos vivían bajo techo? En 1953, el total de apartamentos y casas habitación en Cuba era de 1,250,641 y vivía un promedio de 4.62 personas por casa; en La Habana el índice era de 3.8. Una simple operación aritmética nos indica que en ese momento vivían bajo techo 5,265,198 personas, casi la totalidad de la población, que era de 5,829,000. Pero hace falta llegar a 1958: de 1955 a 1958 (no se incluye el año de 1954 por falta de datos), se construyeron, únicamente en La Habana, 1,425,820 metros cuadrados de viviendas. Por supuesto, no había aún suficientes viviendas de las hoy llamadas “de interés social”, que hacían falta, y
la demanda principal provenía de las clases media y alta. Pero el déficit habitacional no era, ni con mucho, un problema nacional; y lo que había no se estaba cayendo. No existían en las ciudades cubanas las hoy llamadas favelas, ciudades perdidas o de paracaidistas. (Todos los datos posteriores a 1953, que desde luego no contiene el Censo, provienen del Colegio de Arquitectos de La Habana, recopilados en A study on Cuba.)

La prensa y la inestabilidad política

Las cifras socioeconómicas de los años cincuenta para Cuba, frente a la guerra política y violenta contra Batista, y terrorista, que sufrió la población desde 1953 en diferentes frentes y medidas, promovida por diversos grupos, inclusive el Ejército y los partidos políticos, plantean una paradoja: Cuba era un país democrático con un nivel y calidad de vida muy superior a casi todos los países de Latinoamérica. La crisis era política y no se solucionó en ese terreno. Cuba no era el paraíso terrenal en 1958, por supuesto que no. Había corrupción, desigualdad, discriminación, prostitución. Eso no ha cambiado, y se agravó con Castro. Entonces había gente pobre: hoy todos son pobres. El desempleo en 1958 era del 11.8%, alto frente a países desarrollados como Alemania (10.2%), Dinamarca (8.7%) o Estados Unidos (5.0%); no obstante, los números para Cuba en casi todos los rubros de la socioeconomía eran superiores frente a Latinoamérica. No fue pues una crisis socioeconómica lo que alteró el orden social, fue el rompimiento del orden constitucional y democrático.

Cuba estrenó una Constitución política en 1940 (que otorgó el voto a la mujer, seguridad social para los trabajadores y estableció en ocho años la educación mínima obligatoria) y vivió democráticamente hasta 1952, cuando Fulgencio Batista, entonces aspirante por segunda vez, no consecutiva, a la presidencia de la república, prefirió dar un golpe de Estado, con el apoyo del ejército, meses antes de que el presidente Prío Socarrás terminara su gestión.

Competía entonces para diputado por el Partido del Pueblo Cubano (autollamados “ortodoxos”) Fidel Castro, quien buscó, personalmente, una alianza con Batista.4 Afirman los autores de A study on Cuba: “El gobierno de Prío Socarrás (1948-1952) se caracterizó, igual que el anterior, por su respeto a las libertades públicas, aunque tuvo una excesiva tolerancia que creó una crisis de autoridad.” Esto último pretextó Batista para romper el orden constitucional.

El caso de Cuba contradice por completo la funesta tradición violenta de ciertas revoluciones que justifican sus acciones sangrientas con la desigualdad socioeconómica y la tiranía del gobernante en turno. En Cuba, en 1959, un tirano encabezaba el gobierno, es cierto, pero Cuba era uno de los países más ricos de Latinoamérica que vivió de 1940 a 1952 en plena democracia. De aquel año, hasta 1958, sin merma de la productividad y la libertad de expresión, la crisis política se fue agravando hasta que la oposición (con ayuda de la prensa más influyente) logró el estallido social que acabó con todo. En primer término con la democracia. ¿Qué logró enajenar a los opositores a Batista y optar, en amplios y diversos sectores sociales y políticos, por la vía violenta para resolver un problema democrático, pese a que en 1956 se realizó una importante “cumbre” entre la oposición y el gobierno para encontrar una salida democrática? La miopía de los actores y partidos políticos que no fueron capaces de abandonar sus posiciones particulares a favor de Cuba, fue quizá el factor principal. Miguel Ángel Quevedo, dueño de la revista Bohemia, sin duda el medio impreso más influyente en la sociedad cubana de la época, afirma que aquel llamado “diálogo cívico” de 1956 fracasó gracias a los infiltrados de Fidel Castro en el Partido Socialista Popular, que “reventaron” el diálogo. Como haya sido, el hecho es que fracasó, y por allí escapó para Cuba la oportunidad de continuar el impresionante desarrollo socioeconómico y democrático que sostenía desde los años cuarenta. La responsabilidad histórica recae otra vez en sus dirigentes políticos, quienes, una vez derrocado Batista, fueron incapaces de retomar el gobierno y reorientar la vida de la sociedad cubana por la vía democrática. Castro se adelantó a todos y por la vía del terror totalitario hizo lo que ya sabemos. Pese a que el apoyo de la sociedad al Partido Socialista Popular (los comunistas) fue, históricamente, insignificante. Pero fueron ellos quienes se hicieron del poder y lo demás es historia: de siete a diez mil fusilamientos en los primeros diez años; unos treinta y cinco mil presos políticos han pasado por las cárceles y los campos de concentración, o Unidades Militares de Apoyo a la Producción (umap). La primera medida que tomaron en 1959 fue cancelar la autonomía universitaria.

Revisemos, para terminar, cuál era la condición de la prensa en Cuba en 1959, el apoyo que ofreció Bohemia a la propuesta violenta de Fidel Castro y la suerte que corrió su dueño.

En Cuba, en 1958, se publicaban 58 periódicos y, aunque el tiraje total era superado por Argentina y Brasil (Cuba ocupaba el tercer sitio), el número de ejemplares impresos por cada mil habitantes (129) solo era superado por Argentina y Uruguay (180). Más de medio siglo después en realidad solo circula el Granma, vocero del Partido Comunista y de los gobernantes, cuyo contenido repiten obsesivamente los deplorables medios electrónicos. La revista Bohemia, fundada en 1908, tiró el 6 de febrero de 1958 503,000 ejemplares, cifra que hasta hoy jamás ha alcanzado en México, ni creemos que alcance en los próximos años, y quizá en toda Latinoamérica, ningún medio de comunicación impreso. Hemos tenido en nuestras manos un ejemplar de esta edición histórica: destinaron a la circulación internacional 103,000 ejemplares. En los años cincuenta la revista Bohemia se vendía semanalmente en pueblos de México tan alejados del centro como Tapachula –la distribuía el padre del escritor Marco Aurelio Carballo. Se afirma que Bohemia tiró la segunda semana de enero de 1959 un millón de ejemplares –aunque no hemos localizado uno–, una cifra que, en tal caso, está solo en las alucinaciones editoriales de cualquier revista hispanoamericana. Es ampliamente demostrable con los ejemplares anteriores a esa fecha que su dueño, Miguel Ángel Quevedo, apoyaba abiertamente, sin reservas ni censura, a la oposición y a Fidel Castro: le hacían reportajes en la Sierra Maestra, publicaban noticias sobre el Movimiento 26 de Julio, le dedicaban editoriales. En el número del 9 de marzo de 1958 publicaron un amplio reportaje sobre Fidel Castro que titularon “Misión Sierra Maestra”, que escribió Enrique Meneses Jr. Esto solo pudo suceder en una sociedad democrática y culta. Batista fue un sátrapa irresponsable que rompió en 1952 el orden constitucional, establecido desde 1940, pero nunca se propuso aniquilar la libertad de prensa y las libertades individuales. 1957 es el año de mayor crecimiento económico en la historia de Cuba. Luego del golpe de Estado del 52 Batista convocó a elecciones, las cuales se realizaron dos años después, y él ganó. De hecho, terminó su gestión en 1958 y, de no escapar, habría entregado el poder a principios de 59, a uno de los suyos, es cierto. Como hizo Fidel con su hermano Raúl en 2008, aunque en ese caso sin elecciones. Por irregulares que hayan sido, hubo elecciones en 1958, y Batista no fue candidato.

Cuando Castro se hizo del poder, el dueño de la revista Bohemia, Miguel Ángel Quevedo, todavía creía (como millones de cubanos) que Fidel Castro restablecería y respetaría el orden constitucional y la democracia, como lo había prometido reiteradamente. Castro engañó a todos. Cinco meses después Quevedo recibió a cambio de su apoyo la expropiación de la revista Bohemia y las instalaciones. Miguel Ángel Quevedo se exilió en Venezuela y se suicidó en 1969. Agobiado por los remordimientos de su trabajo periodístico, que ayudó mucho a la llegada de Castro al poder, antes de suicidarse escribió una carta de despedida a su amigo y colega Ernesto Montaner:

 

Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Querrán presentarme como “el único culpable” de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad [pero] culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.

Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca.

No importa quién fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gangsteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a Bohemia cuando inventó “los veinte mil muertos” [que supuestamente había asesinado Batista]. Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa [a la sazón director de la revista], que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.

Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle [...] Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia [...] Dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho.

 

En el ya lejano 1958, la belleza arquitectónica de La Habana, con su malecón junto al azul turquesa del mar Caribe la hacía, acaso con Buenos Aires, la ciudad más bella de Latinoamérica: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado,/ fueron un tiempo Itálica famosa...” ~

Agradecemos al staff de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami su apoyo para nuestra investigación.

 


Nota bibliográfica

Todos los datos estadísticos y las cifras cuya fuente no se señala en el texto provienen del Anuario Estadístico de Cuba (1956); del Censo de 1953; de América en cifras (Unión Panamericana/Instituto Interamericano de Estadística, Washington, D.C., 1960); de A study on Cuba (Cuban Economic Research Project/University of Miami, 1965); y de Cuba: a handbook of historical statistics, de Susan Schroeder (G. K. Hall & Co., 1982). Como también de los artículos: “More on the statistical comparison of Cuban socioeconomic development”, de Jorge Luis Romeu (Institute for Cuban & Cuban-American Studies of the University of Miami, 1995); “Análisis socioeconómico de la situación cubana”, de Manuel Sánchez Herrero y Arnaldo Ramos Lauzurique (La Habana, Instituto de Economistas Independientes, 1998); “Desempeño y estructura de las ventas agrícolas estadounidenses a Cuba”, de Mario A. González Corzo (Facultad de Economía de la Universidad de Nueva York, 2009); y “Renaissance and decay: a comparison of socioeconomic indicators in pre-Castro and current-day Cuba”, de Kirby Smith y Hugo Llorens (Institute for Cuban & Cuban-American Studies, University of Miami, 1998).

  


 

1 Fidel Castro siempre se ha ostentado como autor de la frase, dicha, según él, durante su juicio en 1953, después del fallido ataque al cuartel Moncada. Sin embargo, la autoría parece ser una falacia más del dictador: el profesor Antonio de la Cova sostiene que Castro jamás la usó. Consultada por De la Cova la edición del 27 de diciembre de 1953 de la revista Bohemia, en donde se publicó lo referente al juicio y el discurso de Fidel Castro, no existe la multicitada frase; la cláusula que más se le asemeja dice: “La Historia, definitivamente, lo dirá todo.”

2 Ann Louise Bardach, Cuba confidential, Nueva York, Vintage Books, 2003.

3 Miguel Barroso, Un asunto sensible / Tres historias cubanas de crimen y traición, Barcelona, Mondadori, 2009.

4 Ann Louise Bardach, op. cit.