La fuga | Letras Libres
artículo no publicado

La fuga

Aquella madrugada me había despertado la urgencia de orinar, como me sucede muy a menudo desde que me hice la vasectomía. Se trata de un efecto secundario de la operación, aunque el urólogo, que no se tiene que aguantar las ganas, dice que es psicosomático. Fui al baño de la sala, y no al de la habitación, para no despertar a mi esposa.

La puerta estaba cerrada, a pesar de que yo la había dejado abierta antes de irme a acostar, lo recordaba bien, y no tenemos hijos, ni gatos o perros, que pudieran haberla cerrado. Pero esta es una reflexión posterior, en aquel momento giré la perilla sin pensar, empujé la puerta y en cuanto mi vista se acostumbró a la luminosidad enceguecedora del interior (estaban encendidas todas las luces), descubrí que en el escusado estaba sentado el Chapo Guzmán. Aclaro que estaba sentado sobre la tapa, con los pantalones arriba, no estaba haciendo sus necesidades. Solo estaba sentado, reposando (se veía cansado).

Contra lo que pudiera esperarse, la escena no me chocó tanto como debería, no quiero decir que fuera normal, pero sí casi familiar: en el país no se hablaba de otra cosa en los últimos días y, además, ¿no se había escapado el Chapo justamente a través de un agujero en la regadera? Había una cierta lógica dentro de lo extraño de la situación: el sujeto estaba desaparecido, así que tendría que aparecer en algún lugar, y nadie sabía dónde estaba, por lo que no se podría desmentir que estuviera justamente en mi baño. Podría proponerse, además, la hipótesis de la existencia de una red de túneles que conectaban baños a lo largo y ancho de la nación (la fuga había sido el sábado por la noche y ahora era la madrugada del miércoles, el tiempo que le habría tomado recorrer los ochenta kilómetros que separan mi casa del penal del que se fugó).

Si en lugar del Chapo hubiera aparecido el presidente de la República, que andaba de paseo en París, o un cantante muy famoso que acababa de morir, eso sí que habría violado las leyes de la lógica más elemental y yo habría reaccionado a los gritos: “¿¡Pero qué hace usted aquí!?” La única contradicción era que hubiera llegado al bañito de la sala y no al del cuarto, que es mucho más cómodo (como si el Chapo tampoco quisiera despertar a mi mujer).

Revisé de un vistazo el piso de la regadera, no había señales de ningún agujero. ¿Por dónde se había metido, entonces?

–No deberías estar aquí –dijo de pronto el Chapo interrumpiendo mis especulaciones, acostumbrado, como todos los hombres poderosos, a que los desajustes de la realidad sean siempre culpa de los demás–, ¿qué haces despierto a estas horas?

–Venía a orinar –dije, y por un momento pensé que me iba a aplicar la reprimenda aquella de “¿venía o viene?”–, ¿sí me da chance? (por puro instinto de sobrevivencia me puse a hablarle de usted).

–¿No hay otro baño?

–Sí –le contesté–, pero está en el cuarto y no quiero despertar a mi esposa.

Se incorporó de mala gana, resoplando, y yo me metí al baño. Aproveché el momento en que nuestras barrigas se rozaron (el baño es pequeño, él tuvo que pegarse a la pared y yo al lavabo) para darle un pellizquito en el brazo, cosa de comprobar la calidad de la realidad. Me pareció que era un pellejo bastante verosímil. Además olía muy mal, apestaba como puede esperarse de alguien que lleva metido un poco más de tres días debajo de la tierra.

Cerró la puerta sin salir y recargó la espalda en la pared para verme orinar.

–Déjame adivinar –dijo, mientras examinaba con curiosidad mis intentos infructuosos de soltar el chisguete–, te quedaste dormido con la tele encendida en las noticias.

Asentí con la cabeza mientras miraba el agua hacia la que estaba apuntando.

–¿Y qué dicen de mí?

Cerré los ojos para concentrarme, estaba seguro de que al abrirlos el Chapo ya se habría fugado de mi baño o de la realidad; pero cuando los abrí, uno o dos minutos después, sin poder orinar (a veces me pasa, como una falsa alarma), ahí seguía, tan campante, insistiendo en que le contara lo que decían en las noticias.

–¿No está enterado? –le pregunté, por primera vez detectando un atisbo de inverosimilitud, ¿¡cómo no iba a saber!?

–Se me olvidó el iPad en la celda –respondió–, ¿vas a mear o no?

–Se me pasaron las ganas.

–Qué sospechoso.

Me hizo una seña para que le dejara libre el escusado, volvió a sentarse sobre la tapa y le hice un resumen de las declaraciones, comparecencias, ruedas de prensa, incluyendo la recompensa que había anunciado el gobierno. Por primera vez lo vi sonreír. Tenía dientes bonitos (lo que hace el dinero).

–¿No estarás pensando en delatarme? –preguntó, pero sin signos de interrogación, como pregunta la gente que ya se sabe todas las respuestas.

No lo había pensado, claro, ¿a qué hora? Probé una respuesta:

–Son sesenta millones de pesos, para usted no ha de ser mucha lana, pero yo con eso no vuelvo a trabajar en mi vida.

Quise decirlo como no queriendo, a ver si sacaba algo a cambio, al fin y al cabo él estaba usando mi baño, el bañito de la sala, como parte de la infraestructura de su fuga.

–¿Y no has pensado en la posibilidad de que yo sea una alucinación? El país vive una psicosis social y, no me lo vas a negar, tú tampoco estás muy equilibrado que digamos.

Por extraño que parezca, esta afirmación afianzó la hipótesis de que el Chapo de mi baño era el Chapo real, un Chapo capaz de tener acceso hasta a mi historial psiquiátrico.

–La veas por donde la veas –siguió– es una jugada perdedora. Si soy real tú cobras la recompensa, pero yo, la próxima vez que me fugue, te ajusticio. Con mis propias manos. Y si soy una alucinación acabas en el manicomio. ¿Cómo la ves?

–Mejor me voy a regresar a dormir.

–Muy buena decisión. Te felicito.

Abrí la puerta y me dispuse a salir. Pero entonces pensé que no tenía nada que perder, así que cerré la puerta de nuevo, le busqué la mirada, ensayé mi mejor gesto de penuria y le solté sin vergüenza:

– ¿No me va a dar mi Navidad?

– Ya te measte encima, compadre.

Era verdad: ahora el torrente irrumpía con fuerza, me empapaba la piyama y escurría por mis muslos pleno de tibieza. ~