artículo no publicado

Fábula del perdedor perfecto

Eric Moussambani, un nadador de estilo libre de Guinea Ecuatorial, perdió en las Olimpiadas de Sydney 2000 en una carrera de cien metros en la que nadó sin ningún competidor. Había llegado hasta allí luego de haber ganado una competencia en su país y por uno de esos cupos de caridad que el comité olímpico internacional reserva para deportistas de países pobres. En esa competencia contra sí mismo, el único mérito de Moussambani fue no ahogarse hasta llegar a la meta. En su país no había más que dos piscinas, y nunca había nadado cien metros continuos. En Sydney su marca fue de un minuto con 52 segundos, el peor registro de natación en la historia de las olimpiadas, treinta segundos más que la marca de Arnold Guttmann para la misma distancia en las Olimpiadas de Atenas, pero las del siglo XIX. De inmediato tuvo un club de fans por internet, modeló enterizos de piel de tiburón diseñados para nadadores más veloces y en una subasta alguien pagó más de 2,500 dólares por sus gafas acuáticas. Luego se mudó a España, donde se consiguió un entrenador y logró rebajar a un minuto su marca en los cien metros libres. Cuatro años más tarde, Moussambani no pudo ir a las Olimpiadas de Atenas porque las autoridades de su país habían extraviado la fotografía de su pasaporte y no lo inscribieron a tiempo. “Ha sido lo peor que me ha pasado en estos años. Me han dejado tirado. Siento que me han engañado”, declaró. Ambicioso en la derrota, ha amenazado con estar en las próximas Olimpiadas de Pekín.

Cuando Eric Moussambani aterrizó en Australia en el año 2000, fue a contemplar la piscina en la que iba a competir. Hasta llegar a las olimpiadas, nunca había visto una pileta de cincuenta metros como el Aquatic Centre de Sydney. Tenía veintidós años y era la primera vez que salía de su país. “No puedo”, le suplicó a su entrenador al ver la distancia entre el principio y el fin. La leyenda decía que apenas había aprendido a nadar meses antes en las aguas de un río infestado de cocodrilos, que de lunes a viernes se entrenaba en una piscina de veinte metros de un lujoso hotel de la capital del país africano y que los fines de semana le quedaba el río donde se jugaba la vida. Pero en Sydney la suerte iba a estar de su lado. Según un sorteo, en las eliminatorias Eric Moussambani debía competir contra Farkhod Oripov, de Tayikistán, y Karim Bare, de Nigeria, quienes habían llegado a las olimpiadas por el mismo cupo de caridad. Sus pobres tiempos de competencia les auguraban a los tres el destino de ser sólo turistas en Sydney. Estaban muy nerviosos. A Bare y Oripov les tocaban las calles tres y cuatro de la piscina olímpica por el registro de sus marcas. A Moussambani le correspondía la calle cinco: su tiempo era el peor de todos. Bare, Oripov y Moussambani subieron a la plataforma de partida y los dos primeros se lanzaron dos veces en falso, quién sabe si para evitarse la vergüenza de un mayor fracaso. Al ser descalificados por la doble falta –en eso consistía su victoria–, Moussambani se quedó solo ante la piscina (y los más de quince mil espectadores). El reglamento le exigía nadar contra sí mismo.

 

 

Ese mismo año, el 2000, la señora Zoe Koplowitz llegó a la meta del maratón de Nueva York unas 33 horas después de su partida y se convirtió en la corredora de fondo más lenta del mundo. En las últimas diez millas de su marcha, conmovidos por su voluntad y esfuerzo, los policías se acercaron para protegerla y los restaurantes abrieron sus puertas en medio de la noche para que pudiera comer algo o se detuviera a descansar. Koplowitz tiene esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa del sistema nervioso, y una diabetes que cuando compite en un maratón la obliga cada dos millas a medir el azúcar de su sangre. En verdad no corre los maratones: los camina en muletas. Koplowitz, una estadounidense que en 2007 cumplió veinte años compitiendo en el maratón de Nueva York, no sólo los ha perdido todos sino que se ha asegurado de llegar siempre última. En un mundo que premia a los primeros, ella ha hecho de la palabra “último” una vanidad. Koplowitz es autora de The Winning Spirit: Life Lessons Learned In Last Place y trabaja como supervisora de una agencia de empleos. Después de cada carrera, pierde durante casi un día la movilidad de sus manos por haber sostenido las muletas durante tanto tiempo. Lo suyo también es una competencia contra sí misma. Después de dos décadas de ser siempre la última, insiste en llegar hasta la meta para demostrarse que aún puede.

Zoe Koplowitz empezó a sentirse torpe y a cojear cuando tenía veinticinco años. Era la esclerosis muscular, y desde entonces decidió vivir sin tensiones ni ejercicios. Un día frío de 1988, en su oficina de Nueva York, se atragantó con una pastilla de vitamina c y estuvo a punto de morir. Un compañero de trabajo le hizo un masaje de reanimación cardiopulmonar y la regresó a la vida. Cuando volvió de esa experiencia con la muerte, Koplowitz sintió un extraño y feroz deseo de correr un maratón. “Decidí hacer algo muy extremo y que eso me demandara toda la fuerza que poseía y me exigiera aún más.” Cuando lo decidió, Koplowitz era una mujer que apenas podía andar unos metros sin perder el aliento. Todos creyeron que había enloquecido. Empezó su entrenamiento con Dick Traum, un hombre que había perdido una pierna en un accidente automovilístico. Traum le propuso jugar Pinball para mejorar su coordinación manual, tomar clases de danzas afrobrasileñas para aprender a moverse mejor y trabajar sus bíceps como una físicoculturista. Su primera carrera de práctica fueron cinco kilómetros en Central Park. El trabajo de Koplowitz era sobrepasar aquel punto en la vida en el que uno se rinde y se abandona.

 

 

En Sydney 2000, cuando Moussambani nadaba por allí, Marion Jones se convirtió en la corredora más veloz del universo. Se fue de Australia con tres medallas de oro. Al día siguiente de una de sus competencias, el diario El País publicó una fotografía que la exhibía en el instante en que estaba a punto de atravesar la meta. En la foto, erguida en su potencia y velocidad, había más de un metro de distancia entre Jones y sus perseguidoras. Eso, entre los atletas de alta competición y distancias cortas, es un abismo. Debajo de esa imagen de inalcanzable, El País tituló: “Jones hace de los 200 metros un trámite.” Y en la línea siguiente, remató: “Gana con tanta autoridad que le ha restado emoción a las carreras.” Hace unos días, siete años después de aquella fotografía victoriosa, El País publicó otra en la que Jones aparecía llorosa a la salida de un juzgado. Debajo de ella, tituló: “Marion Jones, seis meses de cárcel.” La atleta ganaba sus carreras no sólo debido a sus genes, técnica y entrenamiento sino, sobre todo, porque consumía anabolizantes. Tras años de negarlo, y con un récord de dos ex esposos atletas descalificados también por actos de dopaje –el segundo de ellos Tim Montgomery, el hombre más veloz del mundo–, Jones acabó admitiéndolo a sus familiares y luego ante los jueces. Irá a prisión por mentir a los investigadores sobre su dopaje y por un caso de estafa.

Marion Jones no es sólo un caso para policías en zapatillas. Quien se dopa niega en el fondo los límites de su propia capacidad, una actitud contra la que se ha rebelado Zoe Koplowitz. “El doping es una expresión consecuente de aquella ideología del deporte que sólo celebra en él la voluntad de poder pero no la experiencia de su superación”, dice Daniel Innerarity. “En ella aparece el cuerpo únicamente como instrumento de la victoria.” Los últimos ganadores del deporte no están en los estadios sino en los laboratorios: mientras una mafia de químicos gana dinero creando drogas milagrosas para que los atletas venzan sus límites, otro cuerpo de detectives alquimistas se dedican a buscar modos de detectar estas trampas. La ambición por la victoria y el desgaste físico de los deportes de elite acabaron en la búsqueda de ayudas extradeportivas. A pesar de que Jones se había declarado culpable, el juez la condenó no sólo a ir a la cárcel sino a devolver sus medallas y a borrar sus marcas de la historia. La sentencia fue un megáfono a los atletas de elite que han olvidado los valores de trabajo duro, dedicación y espíritu deportivo. Oscar Tusquets cree que, a medida que se ha ido abandonando el amateurismo, los deportes de alta competencia ya no responden a los ideales olímpicos: ni son saludables ni crean camaradería ni unen a los pueblos. “La reglamentación va siempre detrás de la imaginación y la picaresca –advierte–. Cada año deben añadirse nuevos productos a la lista de los ya prohibidos, y análisis más complejos y frecuentes.” Orinar se ha vuelto el principio del fin de la competencia deportiva –más allá del antidoping a Maradona. Cuando aún no se silenciaban los ecos del dopaje sobre ruedas en los ciclistas del Tour de Francia, Marion Jones, un icono de velocidad en la prueba reina del atletismo mundial, es un clásico instantáneo en la ciencia ficción del deportista ejemplar.

 

 

Más que al mundo del deporte amateur, Eric Moussambani y Zoe Koplowitz pertenecen al del azar y la autoayuda. Koplowitz suele usar sombras púrpuras sobre sus párpados, que combinan con sus muletas también púrpuras. Cuando le preguntaron por qué, ella respondió: “Es un color de poder.” Narrar la tragedia de Koplowitz exige un esfuerzo sobrehumano para evitar el tonito rosa de la autoayuda. La comedia de Moussambani, en cambio, exige un amarillismo de pop art y precauciones para no caer en la debilidad por lo freak del circo. A pesar de que es lo que menos desean, sobra compasión para ambos. Moussambani y Koplowitz son las dos caras de la misma moneda del perdedor perfecto. Han inaugurado un carisma por la derrota: en su ambición de perder una competencia deportiva, confirman que las victorias son de vez en cuando un espectáculo aburrido y previsible, y que las derrotas pueden ser un espectáculo azaroso y fascinante. “El interés por lo incierto es algo que comparten el deportista y el espectador. Ambos quieren llegar a un punto en el que a los ojos de todos pasa algo incalculable –dice Daniel Innerarity–. El deporte es así una organización regulada para convertirse en una escenificación de irregularidades.” Moussambani y Koplowitz son de algún modo una celebración del atraso, pero también del esfuerzo y la suerte determinantes en contra de esa ideología de la victoria, tan cara a los laboratorios químicos de alta competencia. ¿Cuál es el encanto de los perdedores? En Del inconveniente de haber nacido, Cioran, ese filósofo que convirtió el pesimismo en una estética y el pensamiento en un irónico lamento, sentenció: “Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor.” Perder es fácil, pero perder como Moussambani y Klopowitz no. Las pruebas abundan por todas partes, invisibles por su normalidad y ultrafrecuencia.

En su primer maratón de Nueva York, Zoe Koplowitz hizo una marca de diecinueve horas con 57 minutos, y desde entonces no ha podido superar ese tiempo. Le ayudaba tener cuarenta años y no estar aún enferma de diabetes. Antes de la carrera, Koplowitz pensaba que llegar a la meta le tomaría sólo unas doce horas. “Creía que sólo tenía que avanzar, avanzar y avanzar hasta llegar. Nunca pensé que tuviera que detenerme para ir al baño o comer algo.” Para Daniel Innerarity, lo normal pero también lo fascinante del deporte profesional es que, a pesar de su disciplina en el entrenamiento, hay actos que no se pueden controlar sino que sólo acontecen. “La forma física, el entrenamiento y la táctica –dice Innerarity– son presupuestos para que en el momento de la verdad el cuerpo haga algo que sobrepasa lo que puede hacer. Por eso hay varias posibilidades. Por eso el resultado final es azaroso, por eso es aburrida la superioridad manifiesta, por eso es legítimo apelar a la suerte.” En el deporte, el futuro tiene mucho de expectativa pero sobre todo de sorpresa. “Hay una necesidad de encontrar un responsable del azar y creo que por desconocimiento del juego se le termina asignando al entrenador”, dijo Jorge Valdano. En su segundo maratón, muy avanzada la noche y a su paso por Harlem, alguien detuvo a Zoe Koplowitz con una arma. No pudo mejorar su récord. En su peor pesadilla, Moussambani jamás imaginaría que iba a competir solo. Las falsas partidas de sus rivales lo convertirían en una estrella fugaz del infortunio.

Cuando llegó a la meta, Eric Moussambani, como casi todos, no sabía bien qué decir. “Los últimos quince metros han sido muy difíciles.” Solemos sonreír con esas preguntas que los periodistas hacen a los deportistas al acabar una competencia, ese instante idiota en que se le pregunta al ganador cómo lo hizo. “Realmente no saben lo que les ha pasado –dice Innerarity intentando explicar lo inexplicable–. Esa ignorancia es el núcleo del éxito deportivo. Los deportistas se entrenan para una acción que, en última instancia, no saben cómo se hace. Se entrenan para el azar de su victoria.” Un triunfo se puede deber a un buen entrenamiento, pero a este rendimiento se le añade siempre una condición inesperada. “En ese elemento casual del éxito y el fracaso deportivo se pone de manifiesto un profundo parecido entre las intenciones de los que ven deporte y las de quienes lo practican.” César Vallejo recordaba que la mayoría de la gente gustaba ver deporte pero no practicarlo. “Existen millones de espectadores en los estadios y apenas unos cuantos jugadores. La mayoría ama el deporte cerebralmente, cuando no literariamente”, escribió. Luego profetizaba: “Un día desaparecerá el campeón para dar lugar al hombre en estado deportivo. El deporte no debe ser el arte de unos cuantos, sino una actitud tácita y universal de todos.” A Zoe Koplowitz le preocupa que la gente sepa que el éxito no siempre consiste en ganar.

Al terminar uno de sus maratones, Koplowitz tenía lágrimas en los ojos por el excesivo esfuerzo. Los periodistas se quedaron en silencio y ella les dijo: “El dolor dura un par de días, pero el orgullo es para siempre.” Innerarity recuerda que en esencia un deportista es alguien que de manera pública y virtuosa intenta hacer algo que no puede. Según él, el deporte no sería otra cosa que la celebración de esa incapacidad. “Me he convertido en un símbolo de resistencia –dice Koplowitz–. Gran parte de la vida consiste en poner un pie delante del otro para ir adonde tengas que ir. Eso hago.” Innerarity no cree cierto que acudamos al deporte para escapar de la vida real: “Lo que buscamos es vida en estado puro, invadidos por la sospecha de que hay demasiada trampa en la que vivimos.” Por esas paradojas, en su libro Elogio de la belleza atlética, Hans Ulrich Gumbrecht recuerda que una de las cosas que provocan más admiración y amor de los espectadores es cuando ven a un luchador confrontarse con la muerte. Desde su atragantamiento con esa pastilla de vitamina c, Zoe Koplowitz volvió a la vida con ganas de declararse la guerra.

 

 

Eric Moussambani se lanzó a la piscina como pez fuera del agua y, a pesar de todo, fue un intruso ovacionado desde su partida. En Youtube hay un video de la carrera, el más visto de todos, en que unos comentaristas de la televisión francesa se burlan a carcajadas de su estilo mientras lo ven avanzar a duras penas los primeros cincuenta metros. A su regreso, en su ruta para completar los cien, la cámara acuática lo exhibe en sus braceos, a veces en forma circular como nadan los perros, y con una desesperación por conservar su cabeza afuera. Después de haberle dedicado una que otra silbatina, el público se levantó para aplaudir de pie su voluntad de llegar a la meta. No era la voluntad de un atleta olímpico sino la de un sobreviviente. Más que un nadador, Moussambani parecía un náufrago. Esa ovación fue un reconocimiento al esfuerzo de un espontáneo que había nadado casi sin saber hacerlo, los aplausos que se regalan a un niño en una tina intentando mantenerse a flote a pesar de su torpeza submarina. “Ha sido muy duro, pero lo he conseguido gracias al increíble apoyo del público, al que envío besos”, declaró al final de su exhibición como nadador a la deriva.

Cuando abandonó la piscina, Eric Moussambani ya era una estrella pop. Un día después de su hazaña, cambió su anticuado bañador celeste playero por un traje de baño de piel de tiburón. En una guerra casi instantánea entre firmas comerciales que peleaban por patrocinarlo, la marca de ropa deportiva Speedo se lo regaló. “Ahora me siento realmente rápido”, dijo. Luego denunciaría que Speedo lo engañó: le habían prometido, según él, entrenar en Florida pero al final nadie de esa compañía lo buscó. El Daily Mirror de Inglaterra le concedió una medalla de oro en nombre de todos sus lectores. Moussambani se convirtió en un fenómeno oscilante entre la admiración por un sobreviviente y el carisma de un derrotado. Había una fiebre por ofrecerle todo. Conmocionado por la curiosidad y el asedio que había despertado, se le ocurrió crear su propia página web y ponerla en venta a un precio de cincuenta millones de dólares más la construcción de una piscina olímpica en Malabo, la capital de Guinea. Nadie le hizo caso, al parecer. En una entrevista, Eric Moussambani dijo haber sido humillado en un programa de la televisión alemana, donde lo pusieron a competir con una anciana ex campeona de natación que iba camino a los noventa años. Su historia siguiente era previsible. Si no fue un ganador en la natación ni en el resto de su vida, al menos hizo ganar a otros con su historia. “¿Hay algo menos profesional que un nadador que no sabe nadar?”, se preguntaba Eloy Serrano en “Estilo libre”, un cuento que narra la triste hazaña de Moussambani y que ganó el premio Idioma y Deporte. “Si llego a ser bueno, la gente no se fijará en mí”, dijo antes de prepararse para las Olimpiadas de Atenas. Y nunca fue. ~