artículo no publicado

Era un payaso a la manera de Tolstói

Por José Revueltas sentí el amor que siente el discípulo por el maestro. Me pedía que lo tratara como a una persona normal, como a un compañero. Me daba a entender: no me mires como maestro, no soy maestro, no soy nada. Todo eso me conmovía. Yo lo atendía, lavaba la celda, la arreglaba. El Excélsior era su lectura diaria. Al principio me sorprendieron sus pesadillas. De pronto, en la noche oía que en la cama de junto un hombre estaba bailoteando y aullando. Le agarré los pies, se flexionó y me dijo: “No te preocupes, Martín, eso me sucede siempre.” Eran las pesadillas de un hombre que cargaba un mundo encima. Todo lo hizo a conciencia. Me llamaba la atención que dijera que la cárcel era su universidad, que el gobierno lo habían becado para poder estudiar. Escribió en Lecumberri una obra copiosísima: “El reojo del yo”, El apando, “Ezequiel o la matanza de los inocentes”, “Hegel y yo”, su texto sobre la autogestión académica y todo lo relacionado con la “universidad crítica”Tenía una gran capacidad de trabajo. Sin embargo, estaba débil y más débil quedó con la huelga de hambre. Me enseñó a escuchar, a pensar, sin decírmelo. Era un hombre muy generoso, en el sentido sartriano. La libertad y el hombre por encima de todo, era su principio básico. Revueltas todo lo hizo bajo el principio de “todos somos iguales”. Con la misma ternura veía a un maldito que a un criminal, a una puta que a un compañero comunista. Revueltas era un poeta de fuerza increíble, hay que leerlo con ojos de poeta, con ojos de filósofo, de militante comunista. Siempre fue un militante. El Partido Comunista era su madre, su mujer, su amante, su hija, por el partido dejaba todo e iba a cualquier región, hacía cualquier tarea, olvidándose de sí mismo, incluso de la escritura. Desde chico se inclinó por el mundo de los pobres y por ahí fue siempre. Con lo que vio pudo reunir un material humano que le permitió hacerse de una filosofía mexicana extraordinaria. Conocía al pueblo y conocía sus voces, tenía un oído increíble.

Siqueiros le hizo la portada de En algún valle de lágrimas. Tenía con él una relación muy fuerte. Siqueiros había sido muy amigo de Fermín Revueltas, juntos habían hecho el Grupo Treinta-Treinta. Diego Rivera le hizo la escenografía para El cuadrante de la soledad. A Orozco lo conoció personalmente. Amaba a Orozco. Pero más que los muralistas, le gustaban Agustín Lazo y Julio Castellanos. Cuando muere Siqueiros, Revueltas escribe una carta y un artículo fenomenal, en donde lo retrata como un portento, un volcán.

A Revueltas lo hizo su contacto con el pueblo, con La Merced, los merolicos, los cantantes, los tríos, las putas, los miserables, los indios, a los que amó tanto. Nunca hizo una obra sobre los indios. Los veía tirados en La Merced, los veía como al indio de Los errores. “Pinche indio, qué te propones, tú no tienes palabra.” Amaba esa parte de México que nadie ama, que nadie conoce. Le interesaban mucho los indios, la miseria en que vivían. Fue un hombre que vivió con sencillez, modestamente. Solo contaba con su departamento y nada más. Nunca tuvo una cuenta bancaria ni un auto. Vivía de lo que le daban los amigos. Muchas veces se quedó sin trabajo, sin un peso. Vivió con gran vigor y energía. Parecía un profeta del Antiguo Testamento. Tenía voz de mando en un sentido militar. Era un jesuita en el sentido de la disciplina. Una hora para esto y otra para lo otro.

Era en la vida como un niño aplicado, un niño finalmente. Pudo mantener su infancia viva y eso le permitió tocar aspectos que otros no habían tocado. Fue un niño juguetón, travieso, te hacía reír, te hacía bromas, se ponía a bailar en el jardín. Contaba unos cuentos increíbles sobre ángeles, elefantes, ballenas y leones. Tenía una gran imaginación. Era un payaso a la manera de Tolstói y de Picasso, capaz de ponerse máscaras para entretener a los nietos y a los hijos. Siempre estaba activo y, al mismo tiempo, se daba sus escapes. Era un bebedor dionisiaco, se divertía, cantaba, era feliz. No tenía sentido melodramático. Era una enciclopedia viviente. Me enseñó que cualquier libro te podía dar una enseñanza. Eso cambió mi vida. ~