artículo no publicado

El jefe de obra o los misterios del horizonte

                Recuerdo, por ejemplo,

aquellas muchachas que alguna vez perseguimos

hasta sus casas, yo lo recuerdo, hoy son esas señoras

cargando con las bolsas del supermercado.

 

Nosotros somos un caballero en bicicleta con una

cortadora de pasto, nosotros que las perseguíamos

hasta sus casas, muertos de un ataque al corazón

por las deudas impagas del misterio.

 

Yo lo recuerdo si miro al horizonte.

 

¿Era entonces en serio?

 

Las muchachas que perseguimos hasta sus casas

hoy tejen chalecos en una casa de reposo

cobran el montepío en un número de cuenta que no es el nuestro

ni bañan sus espaldas con el aceite efímero de mis manos

para un sol que impertérrito nunca reparó en sus edades.

 

Pero si vuelvo a mirar el horizonte las veo otra vez

enemigas de lo absoluto, eternas humoristas

cuando el sol parecía brillar para siempre

en la falda más hermosa y la más vieja

de aquellas muchachas de antaño

casadas con un buen partido del ayer

antes de que el futuro solo fuera esto.

 

Yo lo recuerdo, señor capataz.

                Hoy soy esas señoras.

Cargando con las bolsas del supermercado.

Cada vez que miro al horizonte. ~