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El espacio-tiempo en China

Cómo detener el tiempo, cómo retener o absorber la memoria de un sitio distante, cómo verter el contenido de esa memoria de manera que su esencia pueda ser compartida, entendida, a través de una obra con carga estética: tales fueron los cuestionamientos que sugiere la instalación que Perla Krauze elaboró y presentó recientemente en Pekín a través de la Red Gate Gallery, con sede en esa capital, donde la artista mexicana fue seleccionada para trabajar en una residencia de producción de obra.

La instalación, una pieza dinámica referida a la memoria de un sitio determinado, consta a su vez de centenares de piezas entre dibujos, grabados, pinturas y objetos, y fue dispuesta por la artista a manera de un recorrido, apelando a una antigua tradición china: en los lugares dignos de ver existen senderos trazados que la gente recorre con reverencia, los cuales siguen un determinado ritmo, preconcebido, con estancias donde se destacan los sitios especiales. Así también, con este esquema, Perla Krauze compuso con los elementos de la instalación un trayecto conceptual tejido con los registros de objetos que ella misma recopiló durante las semanas que duró su residencia.

El objetivo que Krauze estableció desde un principio fue elaborar –con materiales locales– una obra que fuera una referencia al lugar. Se organizó de tal modo que el breve lapso de su estancia le permitió obtener una visión amplia y contrastada de esa gran cultura y ese enorme país. Así, luego de vivir un par de semanas en un departamento en el barrio bohemio de Tuanjiehu en Pekín, entre el bullicio y el caos de la gigantesca urbe, Perla viajó sola al remoto suroeste, a la China profunda, a sitios rurales en la provincia de Yunnan, donde los contrastes son muy marcados en comparación con las grandes urbes y se mantiene una relación inmemorial con la naturaleza.

La tercera etapa del proyecto fue propiamente la de la factura. Para ello se mudó al estudio para artistas residentes que le fue asignado en Bei Gao, una zona residencial de empleados cerca de Pekín, que no tiene mayor atractivo; de este modo la experiencia se complementó con una tercera perspectiva sobre China, aunada a las de la vida urbana y la vida rural, en la convivencia eventual, aunque fuera muy escasa, con la vida de suburbio que se desarrollaba en su misma calle. Ahí pasó otras dos semanas prácticamente encerrada, elaborando la instalación.

La parte medular del proyecto consistió en recopilar día con día, como labor autoimpuesta y obligada (y de hecho como parte vivencial de la pieza), durante seis semanas entre abril y mayo de 2015, objetos de cualquier clase representativos del lugar y del momento que eventualmente se le presentara. Objetos como, por ejemplo, tabiques de algún edificio en construcción en Pekín, una servilleta bordada por una mujer campesina en un remoto pueblito, piedras de la Montaña Amarilla, fotografías de familias chinas de hace cien años, estampados y estampitas, cajas, piezas de tlapalería en metal, retazos de madera de bambú de una carpintería cerca de su estudio, además de dibujos y fotos realizados por ella misma.

Estos elementos pasaron a constituir el vocabulario, las palabras del lenguaje no verbal a través del cual se articularía el discurso de la instalación. El reto que se le planteaba a la artista era precisamente estructurar ese lenguaje: componer una obra con ritmo y armonías, con acentos y pausas, con tonos y escalas, a la manera de una partitura musical o de un poema de largo aliento, pero en términos visuales, plásticos, a través de atmósferas que solo se logran con la composición adecuada, afinada.

Además de recopilar objetos de su día a día, Perla Krauze fue llevando igualmente cuenta de las sensaciones que le iban despertando las cosas que veía o las situaciones que tenía que enfrentar, no todas necesariamente positivas o agradables. Luego las condensó en términos como Tiempo, Memoria, Efímero, Permanencia, Momento, Movimiento, Contraste, Dualidad, entre otros, e hizo que los tradujeran a ideogramas chinos. A continuación, con sellos de piedra tradicionales que mandó a confeccionar con estos ideogramas, estampó alguna de las treinta o más palabras de su listado (palabras-dibujos) como elemento complementario en determinadas partes de la instalación que pudiera sugerir lo enunciado.

Perla fue agrupando entonces colecciones de objetos con algún parentesco formal, como colores, formas y/o texturas, o bien simbólico, y los fue distribuyendo de acuerdo con una especie de museografía interna de la obra, buscando replicar, en una maqueta de signos, los registros sensoriales de su experiencia. De este modo ubicó piezas en la pared, otras estratégicamente en el piso, o en exhibición sobre una tabla, o bien pendiendo del techo, con diversas estancias sugeridas en el trayecto.

Al transitar por estos paisajes de objetos encontrados, una larga tira de aluminio en la pared se convierte en un horizonte, sobre el cual trozos agudos de una loseta de piedra como mármol remiten a la cadena montañosa de Huangshan, o unas fotos de la Muralla China son la Muralla misma. En aquel valle sobre una mesa, la piel rugosa de unas nueces es similar al modo en que se crispan los pétalos de una flor de porcelana, o al entramado de un retazo de tapicería; y las marcas de la madera en un conglomerado de bambú son en sí mismas un bosque. Y allá en la distancia, a pocos metros, o a decenas de kilómetros, el río y la montaña en un grabado chino montado sobre la tela blanca que pende del techo son en realidad el río y la montaña de esta instalación, que son el río y la montaña de la memoria.

La instalación de Perla Krauze en China es, o fue, o será, una obra dinámica, mutante por sus afanes mismos de pretender capturar el tiempo, donde en el empleo que hace de lenguajes artísticos contemporáneos subyace el aura poética que ha caracterizado siempre la obra de esta destacada artista. ~