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El barroco aséptico

El 4 de febrero de este año se inauguró el Museo Internacional del Barroco en la ciudad de Puebla. En el acto protocolario, acompañado de funcionarios como Rafael Tovar y de Teresa, secretario de Cultura federal, el gobernador Rafael Moreno Valle describió la importancia del museo, la tecnología con la que cuenta, las colecciones que podrían observar los visitantes y, por supuesto, la inversión realizada en un terreno que, anteriormente, había hospedado a Valle Fantástico, un parque de diversiones que apenas tenía infraestructura para atraer a algunos incautos. Atrás quedaban las especulaciones sobre la decisión de construir un nuevo museo. Una larga fila de funcionarios se sumó a las declaraciones elogiosas y posó para la prensa en un acto que parecía más un informe de gobierno que la inauguración de un recinto cultural.

El Museo Internacional del Barroco, ubicado en Angelópolis, zona en la que están los fraccionamientos más lujosos y los centros comerciales de mayor plusvalía, es una de las obras que culminan el sexenio de Moreno Valle. Era natural que Puebla, ciudad cuyos edificios e iglesias mezclan el barroco con otras corrientes artísticas, tuviera un museo que representara su herencia cultural. ¿Quién podría estar en desacuerdo con la construcción de un recinto con esas características? Quizás por eso la idea no tuvo mayores cuestionamientos hasta que comenzó la construcción y la recolección del acervo para sus salas. El costo de la obra, 7 mil 280 millones de pesos, obtenidos por la vía de los Proyectos para la Prestación de Servicios que serán pagados durante más de dos décadas, forma parte del vaivén de las cifras que encuentran algunas justificaciones y, por supuesto, muchas interrogantes. Una de las primeras suspicacias, comentada por miembros de la comunidad artística local, fue que el museo no tenía un acervo propio, es decir, sería solo un lugar en el que se mostrarían piezas prestadas de otras colecciones. Cuando empezaron los rumores de que museos del centro histórico de la ciudad, en especial el José Luis Bello y González, prestaban varias piezas al nuevo proyecto, las críticas arreciaron. Algunos columnistas dijeron que las piezas de los museos estaban desaprovechadas, no lucían, y que en las nuevas instalaciones –diseñadas por el arquitecto japonés Toyoo Itō, ganador del premio Pritzker– mostrarían todo su esplendor.

Al entrar al Museo Internacional del Barroco aparece, a primera vista, uno de los objetivos de su existencia: el apabullante espectáculo de las salas, la disposición de la luz en los interiores, los espacios amplios y abiertos que son recorridos por formas curvas. El despliegue de objetos (reproducciones de barcos, mantones de Manila, baúles, escritorios, pinturas), colocados cuidadosamente por la curaduría, repasa el comercio entre Filipinas y la Nueva España. Hay juegos interactivos y una gran maqueta del centro histórico de la ciudad de Puebla. Sin embargo, cuando el visitante sortea este primer espejismo y consulta las cédulas de identificación descubre que muy pocas piezas son propiedad del museo y se repiten, incluso en la salas de exposiciones permanentes, los nombres del Museo Franz Mayer, museos de Madrid y Barcelona, y de diversos coleccionistas privados. Después, cuando se sube por las escaleras hasta llegar al segundo piso, se asoma al restaurante que ofrece platillos gourmet y se echa un vistazo a la biblioteca, cuyos escasos ejemplares están colocados con la portada de frente, como si fueran una pieza más en exhibición, queda una sensación de artificiosidad, de llenar el ojo del espectador con cada uno de los millones gastados. ¿Qué sentido tiene construir un museo lejos de las iglesias barrocas, de los edificios que se presumen en grandes pantallas o de la catedral que aparece en una maqueta?

El Museo Internacional del Barroco resume la visión cultural que tiene un gobierno que se promociona como innovador e incluyente. Como en casi todas las políticas culturales de estos años el diálogo con la comunidad artística y académica fue inexistente. Habría que preguntarse si el presupuesto para la cultura debería usarse para un inmueble que tiene, casi como único propósito, el turismo. Mientras tanto, los recursos destinados para los proyectos culturales de bajo impacto mediático, aquellos que no salen en la foto ni son adecuados para lucir en los informes, luchan por sobrevivir y reciben apoyos a cuentagotas. Para resumir esta historia: hemos pasado de políticas culturales impregnadas del viejo tufo populista, más interesadas en subvencionar actos públicos de música popular que en fomentar el conocimiento y el aprecio por distintas formas de arte, a un gobierno que, aferrado a una modernidad, considera que lo único que vale la pena apoyar son obras que aportan muy poco a una sociedad inmersa en la desigualdad y recluida en zonas en donde no llegan los turistas. ~