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Los perritos de 300 mil pesos

Medir el valor económico de la biodiversidad puede fomentar su conservación. Estudios como los que ha realizado un científico mexicano ayudan a ponerle precio a la contribución de las especies a la actividad humana.

Tenemos que encontrarle un valor a la naturaleza, porque si no, vamos a seguir destruyéndola. Eso de decir que la naturaleza nos sirve y después no ponerle una etiqueta con un precio o, peor, no repartir los beneficios de conservarla, nos está llevando a acabar con ella.

Ahí están los perritos de la pradera mexicanos, o perro llanero mexicano, un tipo de ardillas que abundaban en los pastizales de los desiertos de Coahuila, Nuevo León, San Luis Potosí y Zacatecas. Junto con ellos están los perros llaneros de cola negra, que se distribuyen desde el sur de Canadá hasta el noroeste de Chihuahua y el noreste de Sonora. Durante años se creyó que eran una plaga, que competía con el ganado por el pasto, así que fueron víctimas de campañas de exterminio.

Y aquí entra Gerardo Ceballos, un investigador del Instituto de Ecología de la UNAM, que dice que ya basta de que los científicos solo midan y tomen notas, y que ya es hora de que defiendan más abiertamente la biodiversidad en México. Ceballos está en campaña para recuperar a estas dos especies.

El caso es que había un argumento económico para acabar con los perros llaneros mexicanos y los de cola negra. Eliminarlos, se supone, iba a aumentar la producción de carne. A principios del siglo XX, según un estudio de Ceballos, los perros llaneros “ocupaban de 40 a 100 millones de hectáreas de los pastizales de Norteamérica”, y la campaña de exterminio fue tan efectiva que contribuyó en gran parte a que la población de perros llaneros ya solo se encontrara en 60 mil hectáreas para finales del siglo pasado, “menos del 2% de la superficie que ocuparon originalmente”.

Pero el tiro salió por la culata. En los lugares en donde se redujeron los perros llaneros, aumentaron los mezquites. ¿Han visto un paisaje de mezquites? Se ven como un muro de espinas. No hay manera de que algo crezca bajo ellos.

Los perros llaneros se comían las raíces de los mezquites y mantenían a cierta altura a los árboles que lograban crecer. Para su sobrevivencia, estas ardillas necesitan que la vegetación no crezca demasiado, porque así pueden cuidarse de sus depredadores.

Cuando empezaron a disminuir los perritos, los mezquites empezaron a crecer más. Las vacas ayudaron a extender los mezquites, al distribuir las semillas que se habían comido. El resultado: muchos menos pastizales, pérdidas económicas de los ganaderos y reducción de especies que necesitan la biodiversidad en la zona.

En un estudio, Gerardo Ceballos pudo comparar dos terrenos, uno en el que la colonia de perritos fue envenenada y eliminada y otro, muy cerca de ahí, en el que se conservaron los perritos llaneros. En once años, los matorrales de plantas leñosas como los mezquites avanzaron un kilómetro en las zonas donde se eliminó la colonia de perritos, mientras que en donde subsistieron, los perros ayudaron a crear pastizales.

Ceballos ha realizado más estudios sobre la contribución de los perritos a conservar los pastizales. Ha descubierto que donde hay perritos hay más pastizales, y por lo tanto hay más comida para el ganado. “Donde hay perros de la pradera crece mejor el ganado y los ganaderos los mataban porque creían que competían”, me dice Ceballos en una entrevista. No solo reducen el avance de los mezquites: al hacer hoyos en el suelo, logran que se capte más agua de lluvia y disminuyen la erosión.

En 1968, cuando era candidato a la presidencia de Estados Unidos, Robert Kennedy lamentaba que no hubiera manera de medir el daño a la naturaleza en las cuentas del producto interno bruto. Las cifras del producto interno bruto, decía, crecen con la destrucción de los bosques y la pérdida de nuestras riquezas naturales.

Gracias a estudios como el de Ceballos, se puede medir con más precisión cuánto vale la biodiversidad, es decir la existencia de especies como los perritos llaneros mexicanos y los de cola negra. Sin perritos, limpiar una hectárea de terreno y volver a plantar el pasto cuesta alrededor de 300 mil pesos. Con perritos, el servicio es gratis.

 

Ceballos cree que con la recuperación de los perritos llaneros se va a dar en Chihuahua una historia muy parecida a la de los lobos en Yellowstone. Entre 1872 y 1926 se había dado una erradicación de los lobos grises en ese parque nacional. Con los lobos eliminados, los alces proliferaron y acabaron con gran parte de la vegetación, y eso llevo a que se redujera el caudal de los ríos. Entre 1995 y 1996, un grupo de biólogos propuso recuperar la zona con lobos llevados desde Canadá.

Fueron ocho lobos el primer año, y unos veintidós el siguiente. En menos de seis años, la llegada de los lobos se había traducido en una cascada de beneficios para toda la zona: con los lobos merodeando, los alces se vieron obligados a moverse más y ya no se comen todos los sauces de un mismo lugar. Eso permitió que los árboles crecieran más, por lo que los castores pudieron alimentarse mejor y tener más oportunidades de sobrevivir. No es que los lobos se coman a todos los alces –la población de estos es mayor que la de 1968–, pero sí matan a algunos, así que ahora hay carroña de alces todo el año (y no solo en invierno, como cuando no estaban los lobos), de la que se alimentan águilas, coyotes, osos y urracas.

La mejor vegetación ha evitado la erosión de la tierra y eso ha atraído más agua. Total: los lobos están convirtiendo a Yellowstone en el caso más feliz para documentar el valor del capital natural.

 

La naturaleza tiene su propio valor y conservar la biodiversidad nos permite producir mejor, con más eficiencia. Los servicios ambientales son todos los beneficios que ganamos los humanos con el buen funcionamiento de la naturaleza, explica Ceballos. Cada vez que se pierde una especie se pierde una pieza del rompecabezas: “un ecosistema es como un gigantesco juego de Jenga, quita una especie y se puede derrumbar toda la estructura”, como ha explicado el divulgador Adam Wernick.

Es más fácil cuantificar lo que ya perdimos que calcular lo que cada especie aporta a la riqueza del país. Tan solo en 2006 el agotamiento de los recursos naturales y la degradación del ambiente nos costaron 8.8% del PIB, según cálculos del Inegi citados por el estudio Capital Natural de la Comisión Nacional para el conocimiento y uso de la Biodiversidad.

O sea que el año en que la economía supuestamente creció 5%, perdimos el equivalente a 8.8% del PIB en recursos que vamos a necesitar para crecer más adelante. Pero eso, como lamentaba Kennedy, no aparece en las cuentas nacionales.