Sudáfrica 2010: La garra del diablo | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Éramos Tantos

Sudáfrica 2010: La garra del diablo

La temporada mundialista es una de nostalgia, de episodios memorables, de escenas, objetos que condensan años. Esta serie repasa los mundiales más recientes y los sucesos cautivadores de cada uno.

Desde los primeros minutos todos los que tuvimos la fortuna de verlo sabíamos que el Uruguay contra Ghana sería el mejor partido de Sudáfrica 2010. Solo Senegal en el 2002 y el espectáculo de aquel Camerún de 1990 se comparaban a la velocidad demoledora del equipo ghanés liderado por Asamoah Gyan. Antes, en octavos de final, Ghana ya nos había regalado un partidazo, con un final épico en el que Gyan despacho a los estadounidenses en el minuto 93. Por su parte, Uruguay había desafiado los pronósticos al conseguir el primer puesto en el grupo más complicado y después eliminar a Corea del Sur en la siguiente ronda. El orden y la eficacia defensiva de los sudamericanos eran el antídoto perfecto para la velocidad al ataque de Ghana. El resultado fueron 120 minutos trepidantes.

Después del tiempo reglamentario y los tiempos extra, sin embargo, lo mejor todavía estaba por venir. Y, por supuesto, tenía que ocurrir al último minuto. Justo antes de mandar el partido a penales, el referí portugués Olegario Benquerenca marcó falta a favor de los africanos. Vino un centro, ligeramente corto, que un cabezazo ghanés prolongó hacia el ombligo del área. Muslera, el portero uruguayo, salió a atajar. Pero calculó mal y, en vez de despejar con el puño, se pasó sin siquiera rozar el balón. Salvo por dos jugadores uruguayos, la portería estaba desatendida cuando Stephen Appiah disparó, directo a las piernas de Luis Suárez, que apenas pudo conectar un desesperado rechace. El balón botó y, todavía dentro del área chica, Dominic Adiyiah remató con la cabeza. Suárez, bajo los tres postes, pegó un brinco y el jabulani no entró al marco. Súbitamente, el referí detuvo el juego. Yo, en casa, no supe qué acababa de pasar, ni cómo Suárez había logrado alejar el cabezazo de Adiyiah. El árbitro se acercó agitado y levantó una tarjeta roja. La repetición no tardó en mostrarme por qué. Suárez había sacado el balón con un manotazo.

El penal lo cobraría Asamoah Gyan. No quedaba ni un segundo de partido. De anotar, Ghana sería el primer equipo africano en llegar a una semifinal de Copa del Mundo, lográndolo, además, en su propio continente. Mientras tanto, Luis Suárez veía el cobro desde la rampa de salida, lloriqueando como si su expulsión hubiera sido una injusticia.

Yo estaba listo para celebrar la eliminación de Uruguay, pero sobre todo de Suárez, un jugador del que apenas había escuchado antes del Mundial y que ahora me parecía el hombre más antipático del planeta: el tipo de futbolista tramposo y cínico que pensé que Sudamérica había dejado de producir cuando Maradona, Caniggia y el resto de esos marrulleros albiazules colgaron los tacos.

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La selección mexicana debería hacerse una limpia antes de cada sorteo mundialista. Desde USA 1994, al Tri le han tocado por lo menos cuatro grupos de la muerte. El del 2010 tal vez fue el peor de todos. En Sudáfrica, México debutaría contra el anfitrión y luego jugaría su segundo partido contra Francia, el subcampeón del mundo. El tercer partido daba la impresión de ser el más manejable. Aunque contaba con algunos jugadores talentosos, Uruguay había sido la última selección en clasificar, después de irse al repechaje con Costa Rica. Solo Diego Forlán nos preocupaba.

Los resultados deben haber roto las quinielas de medio mundo. México empató con Sudáfrica, le pasó por encima a una Francia diezmada por rencillas internas y solo perdió 1-0 con Uruguay. La diferencia en el marcador, la más escueta posible, no reflejó un encuentro donde el seleccionador charrúa, Oscar Washington Tabarez, desarmó tácticamente a Javier Aguirre. Tampoco reflejó el terror al que el único anotador del partido, Luis Suárez, delantero del Ajax, sometió a la defensa mexicana.

En ese partido se jugaba nuestra permanencia en Sudáfrica. El ganador se llevaría el primer lugar del grupo e iría al cruce contra Corea del Sur y después Estados Unidos o Ghana, mientras el perdedor se las vería con la Argentina de Messi y después probablemente con Alemania. El gol de Luis Suárez nos mandó contra Argentina, donde perdimos 3 a 1 en un partido plagado por pifias de los árbitros, de nuestro técnico y nuestra defensa. Uruguay tendría un Mundial muy distinto, de la mano –literalmente- de Luis Suárez. El tipo, vaya, no me caía mal por capricho. Había motivos para no quererlo.

Empecé a prestarle atención desde la victoria 3 a 0 de Uruguay contra Sudáfrica. Debo admitir que sobre todo dos características de Suárez me desagradaban: su destreza con el balón y su aspecto. Habrá quien arguya que no hay nada peor que un jugador de primer nivel que se cree soñado: Cristiano Ronaldo basta para comprobar que ese puede ser un coctel de antipatía letal. Pero el futbol está lleno de grandes villanos de look ligeramente ridículo: Harald Schumacher, con su gesto de panadero bávaro y su permanente de salón; el loco de Mauro Tassotti, que parece salido de un cómic de Astérix; Pepe, ese criminal que juega en el Real Madrid, con su cara de feto. Suárez no era menos caricaturesco: un tipo con la mirada pazguata y la prominente dentadura de un burro. A pesar de ser un crack, el comportamiento de Suárez encajaba con su rostro, no solo porque muy pronto empezaría a morder rivales sino porque, en efecto, no parecía un joven en pleno control de su materia gris. Uno no sabía si se le iba a aventar a mordidas al defensa contrario, al árbitro, a su técnico o a sus compañeros. Cuando finalmente anotaba, sin embargo, esa dentadura de burro se volvía una risa socarrona.

The villain is the person who knows the most and cares the least”, dice el escritor estadounidense Chuck Klosterman. Suárez, a pesar de su cara de burro, rápidamente dejó en claro que era quien tenía una idea más clara de cómo salir adelante en cada partido. Desde antes de hacer trampa contra Ghana también quedaba claro que no le importaba cómo ganar siempre y cuando ganara. Era un burlón, un tramposo y un quejica, capaz de robarle segundos al cronómetro de todas las formas posibles. Me daba la impresión de no saber perder, pero sobre todo de no saber ganar.

Desde esa victoria contra Sudáfrica, Uruguay dejó en claro que podía ganarle a cualquiera. A la postre, Suárez sería la figura del equipo, pero lo cierto es que la alineación completa rindió una mezcla formidable. ¿Cómo pudimos menospreciar una defensa conformada por Diego Lugano, Maxi Pereira y, sobre todo, Diego Godín, un tipo cuyo aspecto de profesor de civismo oculta a uno de los centrales más astutos imaginables? Aquella línea combinaba el colmillo con la inteligencia: ablandaba, golpeaba y orquestaba como solo las grandes defensas sudamericanas saben hacerlo. Atrás, Fernando Muslera –otro con un físico engañoso, cuya pinta de adolescente no concordaba con su fuerza- cuidaba el arco. Lodeiro, Pereira, Gargano y Arévalo eran algunos de los responsables de llevar el jabulani hacia los pies de Edinson Cavani, Forlán y Suárez. La media de Tabarez era un brutal mecanismo de destrucción y ensamblaje. Cuando pienso en aquella derrota contra Uruguay, no recuerdo que México haya rebasado la media cancha. Al menos desde 1994, mi selección no ha sido anulada de manera más flagrante durante la fase de grupos.

Después de anotarle a México, Luis Suárez llegó crecido al encuentro contra Corea del Sur, donde dio cátedra, anotando los dos goles de su selección. Contra Ghana, un equipo más poderoso que Corea, Suárez corrió con menos suerte. No obstante, aunque no anotó en el partido, su presencia resultaría decisiva.

En el minuto 122, Asamoah Gyan puso el balón en el manchón penal, listo para el cobro. Suárez veía la acción desde la rampa de salida. El ghanés apenas dio tres pasos hacia atrás. Apresurado, nervioso, Gyan disparó al centro y hacia arriba, lejos de Muslera, pero también de las redes. El partido se fue directo a penales.

En la rampa, Suárez perdió la cabeza. Espectáculo más indigno no he visto. Tras sacar un gol con la mano, el delantero festejaba la consecuencia de su trampa dando de brincos y gritando como desaforado. Ghana difícilmente se sacudiría un golpe anímico de ese calibre. A centímetros de ganar el partido, alejados de la victoria por un manotazo dentro del área chica, ahora su héroe fallaba el penal más importante de su historia como selección.

Poco importó que Gyan se redimiera con un penal acertado. Al final, Sebastián “El Loco” Abreu hasta se dio el lujo de definir el partido al estilo Panenka. Uruguay, se sabe, es un equipo experto en aguar fiestas y, si no me creen, busquen en google el famoso maracanazo de 1950. Por algo se habla de la garra charrúa: amén de sus altos y bajos como selección, Uruguay no sabe rendirse. Ahora, sin embargo, la garra charrúa adquiría otro significado: la garra del diablo, que evitó un gol de último minuto con una trampa flagrante. Uruguay, pero sobre todo Luis Suárez, se convertían en los más odiados de la Copa del Mundo.

Las declaraciones de Suárez abonaron a su impopularidad. Después del partido, el delantero aseguro que su mano había sido la nueva mano de Dios (en referencia a la manota de Maradona en 1986), así como “la salvada del torneo”. No había un ápice de arrepentimiento. Su impudicia rayaba con la maldad.

Antes de la semifinal contra Holanda no recuerdo haber cruzado palabra con una sola persona que le fuera a Uruguay. Aún sin Suárez, sin embargo, los charrúas consiguieron un decorosísimo 3 a 2.

Desde 1970, Uruguay no llegaba a una semifinal de la Copa del Mundo. En los últimos cuarenta años, sus derrotas incluían humillaciones como ese 6 a 1 contra la Dinamarca de Laudrup y Elkjaer en 1986, cuando Uruguay era el campeón de América y tenía entre sus filas a Enzo Francescoli, uno de los mejores del planeta. No calificaron en 1994, ni 1998, ni el 2006. Desde antes del 2010 se hablaba de los charrúas como la única selección ganadora de un Mundial que jamás volvería a estar cerca de levantar el trofeo. Después llegó Luis Suárez y, con todo y sus trampas y desafortunadas declaraciones, nos cayó la boca. Podíamos criticarlo, pero no sin aceptar que sin él Sudáfrica 2010 hubiera sido un torneo mucho menos entretenido.

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Suárez llegó al 2014 acarreando una estela de polémicas: se decía que su traspaso del Liverpool al Barcelona había sido digno de un mercenario, mientras que en la cancha su formidable desempeño se veía opacado por insultos racistas y mordidas (dos mordidas) a sus contrincantes. En octubre de 2011 lo suspendieron por ocho partidos después de que se confirmaran sus insultos a Patrice Evra. En febrero de año siguiente, cuando el francés y el uruguayo volvieron a enfrentarse, Suárez se negó a estrecharle la mano antes del partido, como si Evra realmente lo hubiera insultado a él.

Durante el último partido de la fase de grupos en el 2014, apenas un minuto antes de que Diego Godín anotara el gol que le daría el pase a octavos de final a Uruguay, Suárez le propinó una mordida de tiburón a Giorgio Chiellini, solo para después pretender que el defensor italiano realmente se había estampado contra su prominente dentadura.

Esta vez la reacción de la FIFA no se hizo esperar: Suárez quedó suspendido por cuatro meses, tanto a nivel club como selección.

Desde entonces, el delantero uruguayo parece haberse reformado. Ahora su altruismo, su camaradería y sus goles ocupan los titulares que, hace cuatro y ocho años, ocupaban sus trampas y mordidas.

Pensé que me alegraría ver a mi villano favorito convertido en un futbolista, un compañero de vestuario y una persona ejemplar, pero lo cierto es que echo de menos a aquel Suárez mañoso, descarado e imparable del 2010 y el 2014. En el mundo hay un puñado de delanteros fuera de serie como él. En la historia del futbol, sin embargo, hay pocos orates de su talla. Ya veremos qué versión de Suárez nos toca en Rusia. Yo, lo admito, prefiero al impredecible que al bien portado. Siempre y cuando no juegue contra México, claro.