artículo no publicado

Leer en clave distópica: Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro

La predicción, dicen los que saben, no es la razón de ser de la ciencia ficción. Lo suyo más bien es el reflejo imaginativo del presente. Son presentes potenciales disfrazados de futuros concretos. ¿Qué nos pueden decir del aquí y el ahora las distopías clásicas de la literatura? Le pedimos a nuestros colaboradores que rebuscaran en sus libreros para ofrecer algún clásico de la ficción distópica que encuentre su reflejo en el contexto actual. Lecturas imaginativas para un presente urgente.

Con apellidos reducidos a iniciales como personajes de Kafka, los jóvenes habitantes del internado de Hailsham viven aislados del mundo exterior. El colegio, estilo victoriano, rodeado de bosque (el aislamiento siempre está rodeado de un bosque), es uno de los centros de producción de órganos de una sociedad organizada bajo de un sistema de clonación humanista. No exagero al llamarlo humanista: hacia las últimas páginas de “Nunca me abandones”, el interés por estimular las capacidades artísticas y espirituales de los clones, también llamados donantes, se revela como el secreto escalofriante que toda distopía merece.

Ubicada en Gran Bretaña a finales de la década de los noventa, esta multipremiada novela del escritor británico-japonés Kazuo Ishiguro describe un mundo en la que la sociedad se divide en tres grupos: gente común y corriente, con derecho a una vida plena, donantes, clones fabricados para abastecer de órganos a los posibles (las personas que les han servido de modelo), y cuidadores encargados de atender a los donantes durante los varios procesos de extracción a los que son sometidos. Esto no lo saben los niños Kathy, Tommy y Ruth, alumnos de Hailsham y protagonistas del triángulo amoroso que el libro relata, que viven una infancia relativamente feliz, enfocada en la creación artística y en el cuidado obsesivo la salud (chequeos constantes, bastante ejercicio, prohibido fumar). Pero la ignorancia no es completa ni dura para siempre. Poco a poco los estudiantes, estériles y sin familia o vínculo alguno con mundo de afuera, se saben diferentes y sospechan que el lugar esconde un secreto: “Hoy resulta difícil precisar cuánto sabíamos entonces. Ciertamente, sabíamos que éramos diferente, pero no sabíamos realmente lo que ello significaba”.

Esta intuición, junto con las “capacidades espirituales” que sus dibujos revelan y que son monitoreadas de manera inquietante por el personaje de Madame, son arma de doble filo para los alumnos. Por un lado, un destello de alma les hace intuir que su existencia no los tiene a ellos como centro y los vuelve susceptibles a la nostalgia por sus años más ingenuos; ya de adultos, los clones viven aferrados a las escasas señas de identidad y atormentados con el recuerdo de un pasado en el que todavía asomaba la posibilidad de una vida completa. Además, por si fuera poco, otra desgracia: los clones son capaces de amar y su amor es tan parecido al amor de verdad que los hace sufrir, como si de veras tuvieran derecho a ello.

Si bien “Nunca me abandones” tiene un montón de huecos que los versados en ciencia ficción se han encargado de señalar (¿cómo sobreviven los clones a tantas cirugías una vez que empieza el proceso de donación?, ¿es posible pensar en un mundo tan avanzado en términos de tecnología médica en un contexto que el autor describe como más jodido que el nuestro?), el sistema que describe funciona como espejo de la sociedad actual de una manera muy puntual: la explotación de los seres humanos como si fueran medios y no fines.

Con eso me refiero, por un lado, a cosas más o menos irrelevantes, como el uso de las redes sociales o de las aplicaciones para ligar. Vivimos –lo digo sin afán moralista, sino descriptivo– en un tiempo en el que uno puede elegir si otra persona vale o no la pena con un simple movimiento del dedo: basta deslizar a la izquierda la fotografía de un extraño en la pantalla del celular para descartarlo por completo, para desaparecerlo. Quizá el mundo siempre haya sido terrible, pero el anonimato feroz que el internet permite abre paso a nuevos niveles de crueldad y odio: más profundos, más constantes, más descarados. Y el fenómeno se extiende a asuntos de mayor gravedad, cuyo descripción rebasa la intención de esta nota, pero que tienen que ver con el sacrificio económico, social y político de la vida de muchos a favor del bienestar de unos cuantos.

A lo largo de la novela, Ishiguro no quita el dedo del renglón e insiste en estas características de la modernidad, que revelan una especie de descomposición social en la que el individuo se ha vuelto herramienta de avances tecnológicos que en cualquier momento se volverán en su contra. Y va más lejos: sugiere que todos somos clones a nuestro modo, copias de un modelo que nos ha sido impuesto a través de los medios, actores de reparto solamente en una historia que tiene como protagonistas a los pocos que pueden alcanzar el precio. En palabras de Miss Emily, una de las maestras de Hailsham: “Me doy cuenta de que parece que ustedes son simplemente peones en este juego. Ciertamente, ésa es una manera de verlo”.

Más allá de clones y órganos, “Nunca me abandones” es una historia sobre los alcances del condicionamiento humano y la gradual erosión de la esperanza. Algo hay también del el arte como tabla salvavidas y expresión última de nuestra individualidad, aunque no sirva de nada. A final de cuentas, la vida es corta y luego te mueres, así que la misión es no pensar en futuro. Hay quien lo hace estupendamente bien.