artículo no publicado

Borat, comedia de pena ajena

Victoria’s Secret es una marca de lencería femenina de la que hay una tienda en cada centro comercial de Estados Unidos. Se anuncia con fotografías de mujeres con cuerpos perfectos, apenas cubiertos por trocitos de encaje y satín. Dentro de las tiendas, las fotos de estas modelos coexisten con torsos voluptuosos de plástico y muñecas de piernas largas con ligeros y medias de red. Con todo, los clientes de Victoria’s Secret hacen su compra con la expresión de quien saca copias fotostáticas o hace cola para pagar la luz. Un día como cualquier otro, en una banqueta transitada, un hombre de bigote tupido y traje con hombreras anchas, ejecuta un acto increíble y, al mismo tiempo, natural: de pie frente a uno de los aparadores de Victoria’s Secret, se baja el cierre de la bragueta y se masturba frenéticamente. Ésta es una escena fugaz de Borat, la polémica película del comediante inglés Sacha Baron Cohen, que desde su estreno en Estados Unidos ha causado entradas millonarias y reacciones de repudio.
     Borat es un largometraje dirigido por Larry Charles, guionista de algunos episodios de “Seinfeld” y director de “Curb Your Enthusiasm”, dos series de televisión que comparten la premisa del humor de Baron Cohen: un hombre se vuelve ridículo en el momento en el que los demás fingen que no se percatan del absurdo a su alrededor. Borat sigue el esquema del programa de televisión que dio origen a la película a través de un hilo conductor simplón. El supuesto “reportero kazajo” cruza Estados Unidos para obtener lecciones de civilidad y progreso que beneficien a su país y de paso casarse con Pamela Anderson, de quien se enamora en una repetición de Guardianes de la bahía. A partir de entrevistas con personas que aún no se han enterado de que Borat es un personaje ficticio, Baron Cohen consigue que un vendedor de armas le aconseje sobre la mejor pistola para matar judíos, que uno de coches lo asesore sobre qué marca es un “imantacoños”, que el dueño de un rodeo le sugiera rasurarse el bigote para no ser confundido con un “maldito musulmán”, y que tres estudiantes borrachos se lamenten de que en Estados Unidos ya no exista la esclavitud. En Borat, la película, congela la sangre la condescendencia con la que un grupo de personas convocadas a una cena comenta “la gran grieta cultural” que existe entre ellos y el bigotón que visita el baño de la anfitriona y regresa a la mesa con una bolsita que parece contener sus heces.
     Catalogada por críticos y espectadores bajo el rubro de “cringe comedy” –que puede traducirse como “comedia de pena ajena”– Borat es disfrutable desde una sensibilidad masoquista. O sádica, cuando los blancos del “reportero” son feministas furibundas a priori, que brincan de su asiento cuando les dice que en su país se considera que las mujeres tienen el cerebro más chico que el de una ardilla, o un profesor de humor que enrojece de ira cuando Borat es incapaz de entender los distintos tipos de chistes que existen.
     Pero quizá otra faceta de Borat es la clave del éxito de una presencia que ridiculiza a todo un país: no tanto que el periodista kazajo catalice prejuicios atroces, sino que recupera lo que la tiranía de la corrección política ha arrebatado a las relaciones humanas, lo que incluye funciones orgánicas, deseos incivilizados y cierta libertad de actuar. Cuando una sociedad es capaz de negar el sexo en una tienda de lencería, pero tiene la manía de husmearlo en los lugares más improbables –una estudiante universitaria puede demandar a un tutor por acoso sexual si éste cierra la puerta del cubículo– se hace un vacío enloquecedor entre el estímulo del ambiente y el impulso de reaccionar.
     Incluso en su catálogo de prejuicios inaceptables, existe dentro de Borat una congruencia entre las ideas y la acción: no deja de apuntar las discrepancias entre discurso y realidad. El personaje de la película, incapaz de detectar los dobleces de la moral pública gringa, señala los cortos circuitos de un código que exige asepsia en la práctica de la animalidad. En tiempos de hipocresía desmedida, se necesita un bufón o un loco para atreverse a señalar la desnudez del emperador. Que arroje la primera piedra quien haya estado en Victoria’s Secret y comprado su ropa minúscula sin pensar en cómo la iba a usar. ~