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Alison Brie, invencible en GLOW

Hay histriones que introducen ideas y subtextos comunes en cada uno de los roles que interpretan; utilizan al rol como huésped para desarrollar sus obsesiones y tarde o temprano tienden a consagrarse como figuras de culto. Alison Brie está a punto de alcanzar ese punto de inflexión.

Dada la naturaleza colectiva de la creación fílmica -esa “feliz intersección de talentos”, como la denomina en tono un tanto socarrón el crítico David Bordwell-, pocos conceptos han sido tan controvertidos en la historia del cine como la “teoría de autor”. Acuñada a mediados del siglo pasado como la politique des auteurs por la revista francesa Cahiers du Cinéma, y promovida en el hemisferio americano por Andrew Sarris, la legendaria pluma de The New Yorker, esta teoría se usa como una plataforma para desglosar la obra de directores cuya consistencia temática y visual los identifica para todos efectos como los responsables últimos de sus filmes.

El director, claro está, rara vez es el realizador total de la cinta. No obstante, bajo la óptica “autoral”, funge como el líder que imprime la intención y estética que definen el trabajo final, así sea para incluir otras voces en el proceso. Robert Altman, por citar un ejemplo relativamente contemporáneo, era un autor que se distinguía por el enfoque inclusivo con el que abordaba la preproducción, el guion y el mismo rodaje. Altman estaba convencido de que los actores eran también los autores de la película, y que por tanto podían desdoblar una presencia autoral tan persuasiva como la de cualquier realizador. Altman deseaba que los actores reescribieran la historia. La dinámica de improvisación que prevalecía en los rodajes de Altman era, irónicamente, su sello autoral. Hay histriones que introducen ideas y subtextos comunes en cada uno de los roles que interpretan, al punto en que el actor mismo se transforma en el personaje. Esto es notorio en “estrellas de acción”, galanes, heroínas, mujeres fatales, villanos y, desde luego, cómicos. Los hermanos Marx, W. C. Fields, Mae West, Harold Lloyd, Jerry Lewis, Cantinflas, Tin Tan, entre muchos otros, son algunos actores de comedia que podrían considerarse como autores, pues crean una persona en torno a la cual gira el tema y estilo de la cinta. La construcción de la identidad fílmica toma tiempo y consistencia: la selección de los papeles debe ser puntual y rigurosa, pero una vez que la audiencia identifica al histrión como un gen egoísta que utiliza al rol como huésped para desarrollar sus obsesiones, tarde o temprano tiende a consagrarlo como figura de culto.

Alison Brie, actriz californiana de 34 años de edad, está a punto de alcanzar ese punto de inflexión. Brie protagoniza GLOW, serie creada por Liz Flahive y Carly Mensch que narra el origen de Gorgeous Ladies of Wrestling (G.L.O.W.), show de lucha libre femenil que fue transmitido realmente a mediados de los ochenta. Producido por Jenji Kohan, motor creativo detrás de Orange Is the New Black, el programa se centra en Ruth Wilder, actriz de teatro que, empujada por el desempleo, audiciona para ser parte de las reinas del cuadrilátero. Interpretada por Brie, Wilder debe superar diversos obstáculos, incluidos el rechazo de la estrella Debbie Eagan (Bettie Gilpin), quien solía ser su mejor amiga, la antipatía del grupo y el desprecio engañoso del director Sam Sylvia (Marc Maron), un realizador cocainómano de películas B que acepta el empleo por cuestiones alimenticias. La causa de la ruptura entre ambas mujeres parece ser terminal: Debbie, exactriz de telenovelas, se entera que durante su embarazo el esposo le fue infiel con Ruth –“no una, ¡sino dos veces!”. Eventualmente, Debbie y Ruth harán a un lado su animadversión para transformarse en Liberty Belle y Zoya The Destroya, la heroína estadounidense y la villana soviética que estelarizan la pelea principal de G.L.O.W.

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De manera similar a Orange is the New Black (quizá demasiado similar: el hotel en que son recluidas las actrices para entrar en personaje funciona como una cárcel que las obliga a conocerse), la historia de Ruth es el punto de entrada a otras subtramas. En esta primera temporada, de entre las luchadoras que integran la liga destacan: Sheila, alias The She Wolf, una chica introvertida que se comportar como lobo; Tammé, alias Welfare Queen, una madre negra con hijo en Stanford cuya identidad de combate es la de una pícara que vive como reina gracias a la beneficencia (la pesadilla de los republicanos reaganianos hecha luchadora); Carmen Wade, alias Machu Pichu, quien debe sobreponerse a la reticencia de su padre, un luchador respetado que considera al circuito femenino como una atracción de circo; Melrose, alias Party Girl, una chica a tres minutos de ser demasiado vieja para seguir la fiesta, y Arthie, alias Arab Bomber.

En lo que es uno de los aspectos más interesantes del programa, varias de ellas tendrán la oportunidad de ganar poder y confianza al interpretar versiones exageradas del estereotipo con el que han sido etiquetadas sin racionalidad alguna en la vida cotidiana. En lugar de seguir el guion rígido que tenía escrito originalmente, el director interpretado por Maron permite que las actrices de G.L.O.W. inventen sus personajes de manera no muy distinta a lo que hacía Altman en sus rodajes. “Lo que quiero es algo que no he visto hasta ahora, por lo que no puedo explicar lo que quiero ver hasta que lo vea”, decía el director de M.A.S.H. y The Player. Lo mismo hace Sylvia. La estrategia funciona con frescura en el ring.

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GLOW no es un trabajo sutil, pero si bien está lleno de situaciones escritas con crayón (lo que sucede con la hija de Sylvia es un giro de tuerca especialmente innecesario), el programa irradia agilidad (el formato ayuda: 10 episodios de 30 minutos, justo la medida exacta para ver entre semana después del noticiero nocturno). Lo mejor, sin embargo, es Alison Brie, cuya carrera televisiva se ha cimentado en interpretar mujeres inteligentes que terminan saboteándose por la angustia de no estar a la altura de la imagen que tienen de ellas mismas. En Community es Annie, la nerd cuya ambición por los dieces le provoca un colapso nervioso que la lleva a la universidad pública; en Mad Men personifica a Trudy Campbell, una mujer cuya ambición por ser la esposa de familia perfecta le explota no pocas veces en la cara, y en BoJack Horseman, Brie le da voz a Diane, una escritora introvertida y talentosa que no puede conciliar la honestidad sentimental con su arrogante naturaleza santurrona.

Como bien señala Brie en una entrevista con Esther Zuckerman, de AV/TV Club, Ruth es la expresión más acabada de su colección de underachieving overachievers: una eterna aspirante de méritos innegables cuya necesidad de reconocimiento la conduce a la deslealtad y la desesperación. Ruth es un personaje complejo que exige una alta variedad de registros. Brie está a la altura del reto. Cuando sube al cuadrilátero como Zoya The Destroya, con ese acento ruso entrañable y al ritmo de Invincible, de Pat Benatar, no vemos a una simple actriz, sino a un milagro de simpatía que se ha convertido en la razón de ser de la serie. A una autora, pues. Dan ganas de subir al ring y alzarle el brazo. Su victoria es contundente.

*Glow está disponible en Netflix.