artículo no publicado

Breña en su barricada

 

Dice el profesor Breña que no carezco de imaginación. Él, menos aún. Se necesita imaginación para convertir un intercambio de críticas o una simple polémica en una “guerra entre dos mundos”, una “constante e irremediable lucha”, un combate entre “dos mundos antagónicos”, un encuentro entre posiciones “antípodas”. (Esta especie de videojuego como réplica a mi texto “Endogamia”, Letras Libres 150, de junio de 2011, apareció en el blog de la revista Nexos, muy apropiadamente, después de ser rechazado por dos revistas académicas de gran prestigio, Istor e Historia mexicana.)

El delirio es de Breña, no mío. La dualidad entre el mundo académico y el mundo de afuera se desprende de sus textos, no de los míos. Vamos al origen. Yo publiqué, primero en Letras Libres y más tarde en mi libro De héroes y mitos, un ensayo sobre un libro conmemorativo de la unam, escrito por 55 autores pertenecientes casi todos a diversas instituciones académicas. En ese texto elogié a varios autores (a algunos de manera entusiasta) y critiqué individualmente a cuatro de ellos. ¿Dónde está mi posición irreductible contra la Academia. Señalar los vicios que aquejan a algunos historiadores teorizantes (el escolasticismo, la prosa críptica, pedante y autorreferencial) es solo eso, una crítica, no una negación integral y mucho menos una declaración o un acto de “guerra”. Como respuesta a su crítica a mi libro, señalé que el profesor adolece de una distorsión óptica: pensar que la Academia, o sea su mundo, es el mundo. Agrego ahora que su réplica denota la misma miopía, al grado de desdeñar la crítica a la historia oficial de bronce porque “... ¡esa historia no será superada jamás!”. Con ese criterio, seguiríamos leyendo los libros de texto de 1960.

Lo que sí celebro muchísimo es el himno a la divulgación que contiene su artículo. ¿Qué quiere probar? ¿Que la Academia hace divulgación? Nunca negué que la hiciera. (Dije que había fallado en publicar obras que recordaran específicamente los aspectos oscuros de la Revolución: el dolor, el hambre, la guerra, la muerte.)
Pero me encanta que Breña enumere todo lo que hace la Academia para llegar al público. Cuando pase el tiempo y el profesor –como esperamos– diga adiós a las armas, reconocerá quizá el esfuerzo precursor de la Editorial Clío: en veinte años, gracias al trabajo de muchos historiadores, investigadores, guionistas, iconógrafos, realizadores, etcétera, ha publicado 150 libros históricos ilustrados de toda índole, y ha producido 350 documentales que semana a semana (por doce años) han llevado la historia mexicana a cientos de miles de hogares.

Ya en paz, Breña se sorprenderá también de saber que en programas muy recientes producidos por Clío (Héroes de carne y hueso) participó de manera prominente nada menos que Alfredo Ávila, uno de los historiadores cuyo texto (no cuya obra, no cuya persona, no cuya alma, no cuya esencia) critiqué en aquel ensayo.

Me gustaría dialogar con el profesor Breña sobre el papel de la teoría en la historia. Pero antes lo exhorto a salir de su barricada. ~