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Foto: Instagram/PublicTheater

Tiranos y tiranuelos: Julio César en Nueva York

Los tiranos odian el teatro y siempre han buscado sustituirlo por formas del vasallaje y la propaganda.

Según Harold Bloom, el Julio César de Shakespeare ha sido la obra más representada en las secundarias y teatros universitarios. Supongo que la pedagogía gringa, cuando la hubo, podía advertir a los jóvenes de los riesgos del mal cálculo y la falta de responsabilidad política: cuando una sociedad cobija al tirano y al demagogo, puede despedirse de su libertad y de la paz.  Julio César es una obra ideal para la paideia de los jóvenes, quizá a la altura de Esquilo y Sófocles para la formación de los jóvenes atenienses. Y su repetida representación es necesaria porque las democracias y las repúblicas son liturgias y tienen un carácter dramático, en su sentido original: dran, el acto, la actuación, la representación. Los tiranos odian el teatro y siempre han buscado sustituirlo por formas del vasallaje y la propaganda. No hay obra griega importante a partir de Alejandro Magno. El teatro del Siglo de Oro, desde Felipe II, se fue volviendo literatura, gran poesía, pero mal teatro, hasta desaparecer. O el siglo XX: el gran teatro ruso, italiano y alemán, que poblaba salas, foros y cabarés durante los remolinos del caos ideológico y político de entreguerras, fue borrado y sustituido por tablados repugnantes de propaganda y servilismo conforme los tiranos llegaron al poder.

En un sentido, aquellas cuitas nos resultan lejanísimas, pero en otra lectura se vuelven ominosas. Lo mismo estamos viendo un enredo enojoso y chusco, que el síntoma de atrocidades por venir. Me explico: Free Shakespeare in The Park es una de esas cosas neoyorkinas que dan gusto: desde 1964, gratis, con apoyo de empresas y la alcaldía, han logrado un teatro que se convirtió en uno de los festivales más importantes del mundo. Innovaciones, riesgos escénicos, juegos políticos, formas de protesta, todo ha pasado por el tablado del teatro Delacorte... Hasta que llegó la producción de este año: Julius Cesar y Oskar Eustis, el director, presentó a su César con rasgos que señalaban directamente a Donald Trump (el peinadito, la corbata chillona, despojada de dibujos e imaginación). El lobby de Trump se tiró al piso y gritó “infamia, calumnia” y varias empresas grandotas (Bank of America, Delta Airlines, American Express) retiraron sus fondos del festival, al menos este año. Aducen una que dicen ética y unos que llaman valores. Y no se dan cuenta de que su proclividad a la servidumbre bajo el poder los coloca del lado equívoco de las cosas públicas: es una postura anacrónica y podría ser suicida.

El caso es que vemos la polarización vieja y predecible: una obra pública, teatro o espectáculo, gana público cuando empuja contra las fronteras de lo permisible. Si la obra adquiere notoriedad, obtiene más recursos de los publicistas. De vez en vez, algo empuja demasiado, o de modo equivocado, o se para en los callos del poderoso, y las reacciones divorcian a la industria cultural: la obra pierde en patronazgo, pero gana en prestigio (el de la víctima o el de la incomprensión) y se adoba con otros valores y éticas. Muchas veces, el pleito es de fondo y conduce al corazón de la mecánica totalitaria y la libertad de expresión; pero muchas otras veces se trata de un juego de poses que apela, sin tocarla, a la libertad y la creación.

Ya se sabe que los tiranos y los demagogos tienen la piel delicadísima y cualquier adjetivo los hace sangrar. También se sabe que el lugar de las artes y los artistas no puede ser el de la zalamería. El elogio del poder es tabú y oprobio: no hay creador que pueda vivir en esa zona de la cortesanía. Shakespeare entendió, quizá mejor que todos, que no hay acomodo ni reposo en la lucha entre el poder y la libertad. No hay un sólo rey bueno en sus obras. Todos sus poderosos están rotos o podridos y a muchos les aguarda una muerte repugnante o el descrédito moral y, en parte, a eso se debe que su teatro sea siempre actual.

El tiranicidio es un recurso válido; en última instancia, pero válido. Sus grandes defensores (Tomás de Aquino, el padre Mariana, John Milton) insisten sólo en una cosa: se vale, pero no se vale fallar –ni en el intento, ni en los resultados, porque entonces la tiranía se vuelve peor. Bruto y Casio fallaron; falló la comediante Kathy Griffin cuando exhibió la cabeza cortada de Trump, y falló también Oskar Eustis.

Para que el tiranicidio sea eficaz, lo importante no es la zalea de la bestia, ni su sangre. La muerte debe darse primero en el orden imaginario: que el público sea capaz de llevar a cabo la analogía. La comedia que sobaja al barbaján y lo exhibe en su obscenidad (justo lo que han hecho John Oliver, o el elenco de Saturday Night Live, o las cápsulas diarias de Robert Reich, o muchos otros) es mucho más eficaz que el torpe recurso de andar exhibiendo nuestras ganas de verlo sufrir, o deshacernos de él. La tiranía no puede contra la risa, ni contra la analogía, ni se sostiene frente a la inteligencia. Se alimenta y endurece cuando puede recurrir a la victimización, como si respondiera a un agravio. Shakespeare no necesita insinuaciones; el público de Shakespeare, tampoco.

Lo que sí sabemos es que hay una lucha por el espacio de la voz pública. Trump no puede evitar referirse a los programas de televisión (al parecer, el único medio por el que procesa información) e incluso a los actores, sobre todo comediantes, periodistas y comentaristas, para quejarse de las injusticias que se cometen contra él y sus virtudes. Y quienes tienen acceso a micrófono, foro o tablas, tampoco pueden evitar el tiento de la libertad: sucedió con la obra musical Hamilton, y el elenco que salió al final de la representación a encarar al vicepresidente Pence. Las sátiras y críticas geniales, como la hidra de Heracles, o las obras de Shakespeare, se vuelven más grandes y fuertes cuando se les golpea. Y ese es motivo de optimismo.

No está bien que las empresas o los gobiernos llamen ética o valores a un nebuloso código de apegos y poses, diseñadas para el mercadeo de la imagen pública. Pero también está mal que los teatreros tiraran una pedradita fofa, que sólo sirvió para que los obedientes al poder cerraran filas cortesanas.

¿Había necesidad de señalar a Trump con flechas para algún atarantado que no pudiera hacer la analogía? Montar la obra con guiños a los mensos implica una desconfianza rara, por parte de quienes montaron la obra: por un lado, poner a Shakespeare implica que existe ya una confianza en el público, pero insistir en esas señas implica desconfiar de ese mismo público.