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Pensadores y melómanos: Søren Kierkegaard

En una entrega más de la serie sobre filósofos y su cercanía con la música, toca el turno al danés Soren Kierkegaard.

“A fin de no seguir con más repeticiones de lo que en cualquier caso va a ocurrir, algo que cuando en efecto ocurra sin duda te dará fuerza, terminemos con esto. Sobre todo, olvida al que escribe estas líneas: perdona a uno que, por mucho que fuera capaz de otras cosas, no es capaz de hacer a una muchacha feliz” Con este mensaje, Kierkegaard daba por terminada su relación con Regine Olsen, su prometida

Las razones por las cuales Kierkegaard terminó su compromiso son de sobra conocidas. En palabras de Alastair Hannay en Kierkegaard, una biografía: “No es que ella no le importara; por el contrario, él estaba completamente cautivado, y en cierta ocasión, declaró que le habría resultado imposible vivir sin ella, de no ser por la convicción de que su ‘melancolía y tristeza’ se interpondrían”. Tras la ruptura, Kierkegaard partió a Berlín para asistir a las lecciones de Schelling y poner distancia entre él y Regine. Sobre el matrimonio y la imposibilidad de comprometerse, Kierkegaard escribió tiempo después “vivo en un mundo espiritual”.  Escribir era la verdadera pasión de Kierkegaard y su genio es innegable. Sentimos en Diapsálmata una fuerza poética: “¿Qué es un poeta? Un ser desdichado que oculta profundos tormentos en su corazón, pero cuyos labios están formados de tal modo que cuando los suspiros y alaridos pasan a través de ellos, suenan como hermosa música”.

La música jugó siempre un papel crucial en su vida. Don Giovanni de Mozart fue una de las obras que inspiraron O lo uno o lo otro. Documenta Hannay cómo las representaciones de la ópera lo habían “arrancado de la noche serena del claustro”. Mozart despertó en Kierkegaard una inspiración tal que éste último escribe: “Con su Don Juan, Mozart ingresa en el reducido e inmortal círculo de aquellos cuyos nombres y obras el tiempo no olvidará, puesto que los recuerda la eternidad” y también: “¡Oh, Mozart inmortal, a ti te debo todo, a ti te debo el hecho de haber perdido la razón, te debo la ofuscación de mi alma, haberme estremecido en lo más íntimo de mi ser, a ti te debo el hecho de no haberme pasado la vida entera sin que nadie pudiese conmoverme, a ti te doy las gracias de no tener que morir sin haber amado”.  En su filosofía, Kierkegaard habla de tres estadios: el estético, el ético y el religioso: elige la figura de Don Giovanni para representar lo estético.

El estadio estético se caracteriza por la inmersión en un mundo sensorial, un escape del aburrimiento, no hay reflexión y todo es inmediato. En el estadio ético, el hombre percibe obligaciones y deberes que son por elección, más que por reacción (a diferencia del estadio estético) y vienen a partir de un contexto social. El estadio religioso será una síntesis de estos dos estadios. De acuerdo con Luis Guerrero, especialista en Kierkegaard: “Ordinariamente, cuando se presenta el pensamiento del filósofo danés, se resumen estas categorías que son la base los existentes particulares en tres estadios, el estético, el ético y el religioso. En efecto estas formas corresponden lógicamente a la existencia que resuelve su yo por medio de Dios como fundante —estadio religioso—; o por la afirmación del propio yo, sustentándose en la razón —estadio ético—; o por medio de la búsqueda del propio yo a través de la sensibilidad— estadio estético—”.  Naturalmente, es imposible hacerle justicia al pensamiento de Kierkegaard en sólo un par de párrafos (sin contar con la lectura que debe hacerse también de los diversos heterónimos que asumía), pero en esas líneas es ya posible adivinar por qué Don Giovanni era tan relevante para el filósofo. El gran conquistador que agrega a su lista mujeres jóvenes y viejas por igual y que se rehúsa a la salvación aún a las puertas del infierno es “el deseo como principio”.  Que Kierkegaard haya seleccionado justo la ópera de Mozart no es fortuito, pudo haber seleccionado al Don Juan de Molière; sin embargo, para el filósofo la música representaba lo más inmediato, usa el tiempo, pero no permanece, y, a diferencia de otras artes, es un fenómeno que no puede ser estudiado más que en una partitura. Lo inmediato es propio del estadio estético. En Los estadios eróticos inmediatos ahonda más en el tema concreto de la música: “El lenguaje se dirige al oído. Eso no lo hace ningún otro medio. El oído, por su parte, es el más espiritualmente determinado de los sentidos (…) Aparte del lenguaje, la música es el único medio que se dirige al oído. He ahí una analogía y un nuevo testimonio acerca de en qué sentido la música es un lenguaje”.

Durante el periodo que pasó en Berlín, Kierkegaard se fijó en una soprano que interpretaba el papel de Elvira y escribió a Emil Boesen, amigo de la infancia, como se parecía a “cierta joven” a tal grado que le afectó verla en escena, engañada por el conquistador.  Después de que Regine se casó con un abogado de nombre Schlegel, el filósofo intentó hacer contacto con ella a través de cartas e incluso pidió permiso a su esposo para hablar directamente con ella, a lo cual Schlegel se negó. En los borradores de las cartas destinadas a este contacto último, encontramos correcciones, frases replanteadas una y otra vez, buscando explicar el rompimiento y dedicando su trabajos a ella, convencido de la “inmortalidad de su nombre” y de que ella “pertenecía a la historia”. Don Juan, dándole la espalda al deseo y entregándose a las profundidades de lo religioso.