artículo no publicado

Anillo de compromiso

Aspirinas para la pesadilla. No hacía falta la emergencia talibana para que este fuera un año de horror para Hollywood, y justo cuando el cine independiente norteamericano se replegó para cancelarse como alternativa. Empantanado en la cobardía de la desmesura mercantil como cortina de humo de la inexistencia conceptual, este cine deja como único género atendible el thriller (Amnesia, Pánico, Día de entrenamiento), al que Traffic devolvió la áspera dignidad del realismo de los maestros de los setenta (el William Friedkin de Contacto en Francia y Vivir y morir en LA; el Sydney Lumet de Tarde de perros y El príncipe de la ciudad). Pero hasta hace un mes (Harry Potter y la piedra filosofal) se le estuvo escapando su sueño y razón: el taquillazo contundente y convincente, el que goza de un aval colectivo y lo relanza, cuando menos, al siguiente año.
     Al rescate vino también el plan más arriesgado que emprendiera un cineasta desde Coppola y Apocalypse now: filmar de un hilo, con costos de 300 millones de dólares, los tres tomos de la saga de J. R. R. Tolkien, El señor de los anillos, en un salto al vacío sin red de protección; el fracaso de la primera entrega pondría en entredicho el destino de las otras dos y de la bestial inversión. El neozelandés Peter Jackson (Criaturas celestiales) se impuso ese acto de devoción literaria, que llevó al fracaso al caricaturista Ralph Bakshi con su versión animada de 1978 —pero que ya revisó, saqueó y desbordó George Lucas, de cara a los gustos narrativos de dos generaciones, desde hace 22 años. Sobre todo, el de Tolkien es un texto que tienta a cualquiera pero repele toda adaptación: hay novelas aparentemente tan visuales y que juegan con alusiones sueltas aquí y allá, que el lector siente que sabe exactamente cómo es cada habitación de cada casa de cada pueblo, por no hablar de cada personaje. Y allá van los cineastas, a querer adaptar a Proust, a Rulfo, a García Márquez, sólo para volver vencidos y disminuidos con un fracaso a cuestas.
     El señor de los anillos es una tentación igual: Tolkien se entretiene en describir la apariencia de cada hobbit, su diferencia con los enanos y los elfos, cómo sus casas se confunden con los árboles y las colinas, hace mapas de los territorios y dibuja los paisajes y situaciones concretas: ¿qué falta, sobre todo con los recursos cibernéticos actuales, sino hacerlos que se muevan? Narrativamente, tiene un corte típicamente épico de misión (llevar el Anillo Único a la Montaña de Fuego para destruirlo y evitar que caiga en manos del malvado Saruman) y de persecución (en su misión, a los héroes los persiguen los Jinetes Negros de Saruman). Es decir, Los argonautas instalados en la Anábasis. Pero los problemas de adaptación son dos muy graves: buena parte del sentido de los personajes no está en la trilogía sino en un libro previo, El Hobbit, que deja un hueco enorme si no se consulta (y no se hizo); y, despojado de la prosa, el primer tomo es elemental, previsible, poco emocionante, mal armado dramáticamente: a lo largo de sus primeras 250 páginas no dejan de brotar y desaparecer personajes circunstanciales, mientras el camino es una larga sucesión de posadas donde nadie le dice la verdad a Frodo Baggins. Peor aún, aunque El señor de los anillos es la base narrativa de la saga de Star Wars (sobre todo de los episodios 4 al 6), justo por eso llega demasiado tarde, y para el espectador formado por 20 años de George Lucas sonará a repetición ingenua.
     Jackson y sus guionistas de cabecera, Frances Walsh y Philippa Boyens, cortaron por lo sano: como si hubieran leído la novela hace muchos años y trabajaran a partir del puro recuerdo, hicieron saltos enormes, eliminaron personajes secundarios, dieron el peso justo a los Jinetes Negros, que Tolkien usa como amenazas vagas y aquí son una pesadilla obsesiva; los hobbits, con Frodo (Elijah Wood) por delante, son atléticos, buenos guerreros. La estructura general recuerda los westerns de forajidos y jinetes desaforados como Cielo amarillo (1948, Wellman) y Los tres hijos del diablo (1948, Ford), y la visión general es sombría, la de una inmersión a los terrenos de la violencia pura en  un viaje de iniciación; Frodo es una figura neutra, salida de la nada, a quien definen las circunstancias, sea la misión que le encarga Gandalf (Ian McKellen) o el anillo que le cayó por una azarosa herencia del hobbit Bilbo (Ian Holm, sensacional) y cuyos poderes lo empujan a desobediencias salvadoras pero traicioneras.
     La visión sucesiva de Harry Potter y la piedra filosofal y de La Comunidad del Anillo revela las dos opciones que tiene el cine en la adaptación literaria: por un lado la fidelidad temerosa de Chris Columbus, que declaró a los cuatro vientos que apenas si se tomó algunas libertades respecto a un libro y una escritora que encabezan ya un extenso culto laico; por el otro, un sistema de atajos, asimilaciones, de pasar los diálogos de un personaje a otro, de darle otro sentido a las escenas, según los placeres de la "lectura personal" del director y los guionistas.
     Harry Potter es una prédica para convencidos, con un mínimo de actores identificables (Richard Harris, Maggie Smith, Alan Rickman, John Hurt un ratito), mientras que La Comunidad del Anillo es un riesgo interpretativo, una versión-visión de cineasta que se la juega contra los adeptos a Tolkien, asignando a actores de alta jerarquía la función de presencias ideales (Chistopher Lee ha envejecido para ser el fantasma de su larga maldad cinematográfica, Cate Blanchett es una reina prerrafaelita y post Meryl Streep, Ian McKellen está quizá un poco consciente de que su personaje prefiguraba a Obi Wan Kenobi y deja que se filtre Alec Guinness en su cadencia), aprovechando convertir en cine suyo una novela que "digirió" durante décadas (como tantos otros lectores) para trabajar con sus propias leyendas cinematográficas. Pero, como se temía, ha llegado tarde: pocos esperan ya que Lucas termine de rellenar los huecos que dejó artificialmente en su saga galáctica, que ya estaba cerrada hace 19 años, pese a las reediciones posteriores, y, por muy espectacular y dinámica que sea la versión de Jackson, terminar la trilogía, dentro de dos años, será no tanto un acto de pasión como un gesto de cortesía. -