artículo no publicado

Ángeles y demonios

A mediados de los setenta, solíamos imaginar un futuro en el que nuestros remotos hijos serían educados en instituciones abiertas al estilo Summerhill, la escuela libertaria radical concebida por A. S. Neill a principios del siglo XX, donde podrían hacer, básicamente, todo lo que quisieran, mientras se convertían de manera natural y casi sin esfuerzo en sublimes artistas, matemáticos y genios. Llegada la adolescencia, por supuesto, lo que iban a querer hacer era dar rienda suelta a sus instintos sexuales, lo cual nosotros, sus padres progresistas, aprobaríamos con mirada condescendiente, libres de los prejuicios y las gazmoñerías que nos impedían hacer lo propio en ese momento.
     Si aquello acabaría por cumplirse para México, con mayor razón sucedería en Estados Unidos, país que nos ha proveído durante décadas de los modelos de vida cotidiana en función de los cuales se han venido relajando nuestras costumbres. Veinticinco años más tarde, sin embargo, la inimaginable realidad es que la mayoría de los niños de este país asisten a escuelas (públicas o privadas, seculares o religiosas) en donde está prohibido tocarse; rodeados por un clima tal de paranoia que se considera aceptable que un niño de ocho años que le toca el trasero a su compañerita sea acusado de acoso sexual y fichado por la policía; donde los padres pueden perder la custodia de sus hijos por haber cometido el crimen de bañarse con ellos, y donde se insiste desde todos los bandos en que el ámbito óptimo (o, mejor aún, el único legítimo) para el ejercicio de la sexualidad humana es el matrimonio heterosexual, bendecido, de preferencia, por el ministro de alguna religión respetable.
     Sólo en un contexto así puede entenderse que un libro que contiene casi exclusivamente propuestas de sentido común sea sometido a una campaña tan violenta de desprestigio (Judith Levine, Harmful to Minors / The Perils of Protecting Children from Sex, Mineápolis, University of Minnesota Press, 2002, 335 pp.). Después de años de andar dando tumbos por diversas editoriales comerciales que se negaban a publicarlo por temor a las represalias de los grupos conservadores, el manuscrito de Judith Levine fue aceptado para publicación por la editorial de la Universidad de Minnesota, cuyo director, a sabiendas de lo que le esperaba, se cubrió por adelantado pidiendo cinco dictámenes en lugar de los tres decostumbre. Siguiendo un guión ya bien establecido, los ataques comenzaron desde antes de que el libro saliera a la venta al público y se centraron en una lectura distorsionada de unas cuantas páginas; estaban orquestados por un par de asociaciones ultraconservadoras con claras conexiones políticas y tenían por voceros a una serie de francotiradores incondicionales que, naturalmente, nunca se molestaron en leer el libro. Así, casi trescientas páginas de argumentos diversos quedaron prontamente reducidas a un panfleto que "promueve la pedofilia".
     En realidad, la parte sustancial del libro, y sin duda la más valiosa, analiza los diversos factores que se han ido entrelazando para crear el clima de persecución en el que este tipo de ataques —y el terror que generan por adelantado en sus potenciales víctimas— se han convertido en norma. Y lo peor del caso es que se trata de un oscurantismo plenamente democrático. En un país donde la libertad de expresión está consagrada por las leyes, no se puede evitar que cada quien escriba lo que quiera, pero sí se puede boicotear la editorial que lo publica, o retirar los fondos de la institución académica que lo acoge, o destruir la carrera política del funcionario que se atreve a defenderlo. Este tipo de acciones no podrían llevarse a cabo si no contaran con un respaldo social significativo. No se trata, entonces, de una camarilla que impone sus prejuicios de manera autoritaria al resto de la sociedad, sino de una camarilla que ha logrado convertir su discurso fundamentalista en la mentalidad prevaleciente. ¿Cómo fue que las cosas resultaron así? No hay respuesta que quepa en un párrafo, pero pueden señalarse algunos factores decisivos: el contraflujo natural ante la liberación sexual de los años sesenta; el desarrollo de un pensamiento radicalmente antisexo de una vertiente importante del feminismo; el repentino "destape" a principio de los ochenta de una "epidemia" de pedofilia (a partir de una serie de casos espectaculares que a la postre resultaron ser acusaciones vacías); el aumento en los índices de madres solteras (sobre todo entre la población negra); el exitoso reagrupamiento de la derecha política detrás de una plataforma moralista, y, acaso lo más importante de todo, la aparición del sida.
     El predominio actual de la mentalidad conservadora resulta impensable sin el advenimiento de esta enfermedad, que transformó de un día para otro lo que hasta entonces era un riesgo moral en un peligro mortal. A causa del sida, el sexo ha vuelto a ocupar un lugar preponderante entre los factores susceptibles de arruinar la vida de cualquiera (y sobre todo, claro, la de los jóvenes), incluyendo la muy tangible posibilidad de acabar con ella. Por eso los esfuerzos de los grupos conservadores se concentran siempre en atacar los programas que contribuyan a reducir las consecuencias indeseables de una vida sexual activa: anticoncepción, aborto, uso de condones, salud reproductiva, o, simple y llanamente, la educación sexual de cualquier tipo que no se reduzca a la prédica machacona (aunque demostradamente inútil) de la abstinencia. Para ello han puesto particular énfasis en infantilizar a la juventud y en desexualizar por completo a la infancia. Y no cabe duda de que han logrado extender una visión según la cual los "niños" (que para el caso son todos los menores de dieciocho años) no tienen por qué sentir impulsos sexuales de ningún tipo y deben, por lo tanto, ser protegidos del mar de "depredadores" que están empeñados en pervertirlos. Cualquier opinión que se aparte de este dogma contribuye a promover, o cuando menos avala, conductas que constituyen un crimen. Con eso se justifica la imposición de un modelo educativo basado en la ignorancia y la intromisión cada vez más agresiva de las autoridades en el ámbito de la vida privada.
     La primera parte del libro de Judith Levine pinta con elocuencia este panorama desolador, que se confirma, lamentablemente, a la vista de los argumentos cavernícolas que se han empleado para combatirlo. La segunda parte, en cambio, deja de lado el tono analítico y se ocupa de puntualizar una serie de propuestas concretas para recuperar la posibilidad de una vida sexual sana, segura y plena, aun en los amargos tiempos del sida. Resulta encantador repasar en esas páginas los principales elementos del canon liberal a la antigüita, basado en la idea de que la naturaleza humana y sus impulsos son básicamente positivos, en que la comunidad y la cultura pueden ser capaces de encauzar para bien sus aspectos menos benignos, en que la confianza y la libertad deben ser los puntales de una educación efectiva, en que el conocimiento y la inteligencia resultan preferibles a la superstición y la ignorancia, en que los avances de la ciencia y la tecnología deben emplearse para contribuir al bienestar de la gente en este mundo, muy aparte de los cielos o de los infiernos que puedan estarnos esperando en otros.
     Nada de esto es nuevo, sin duda, y nadie discute que como modelo de felicidad puede ser tan ingenuo o idealista como el que proponen sus detractores en el extremo opuesto del espectro político. La diferencia radica en que una visión se basa en la idea de informar y permitir, mientras que la otra se sustenta en los principios de ocultar y prohibir. No se trata de cuestionar el derecho de cierta gente a preferir los rigores del "espíritu" a los delirios de la carne, sino de limitar su capacidad para imponer esa visión de la vida como la única posible para todos. ~