artículo no publicado

Abaroa y la equis perfecta

La única noticia sobre el encuentro entre Marcel Duchamp y Walter Benjamin, que tuvo lugar una tarde de la primavera de hace exactamente setenta años, es una enigmática entrada del diario del propio Benjamin en donde se refiere al pochoir de Desnudo bajando una escalera,1 que el francés le mostró ese día, como “asombrosamente bello, tal vez mencionar…” No se sabe nada más: ni si volvieron a verse, ni, desde luego, qué se dijeron. Dado que el ensayo del alemán, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, había aparecido unos meses antes, cabe suponer que ése habría sido uno de los temas sobre la mesa, junto al pochoir de Duchamp como evidencia. Pero ¿acaso, al llamarlo “asombrosamente bello”, Benjamin admitía que esa reproducción particular poseía el “aura” de las obras de arte originales? Y si sí ¿habría considerado “tal vez mencionar” el hecho en algún lugar?2 Nunca lo sabremos. Es tentador, sin embargo, ver en este encuentro el punto exacto de quiebre. En ese momento, Duchamp se disponía (aún no hacía del todo públicos sus readymades) a cuestionar seriamente la tesis benjaminiana de la “existencia única” de la obra (a través del insistente autorreproducirse) y, con ella, la idea misma de lo “hecho a mano”. En realidad, más que contradecir a Benjamin, Duchamp le daría, en la práctica, la razón: “En el instante en que la autenticidad deja de ser aplicable a la producción artística, la función entera del arte se transforma.” En ésas estamos.
     En 1991, el artista mexicano Eduardo Abaroa dio vida a una pieza que habría probablemente deleitado al Duchamp de, por ejemplo, l.h.o.o.q. (la famosa Mona Lisa con barba y bigote). Me refiero al Portable Broken Obelisk (for outdoor markets), una instalación ambulante que reproduce, en su composición y dimensiones exactas, el Broken Obelisk del pintor y escultor estadounidense Barnett Newman, pero con un cambio radical de materiales: en lugar de acero, una estructura metálica móvil revestida de plástico rosa. No me atrevería siquiera a insinuar que la obra de Newman comparta en alguna medida este espíritu (cuando el suyo es en realidad el opuesto),3 sin embargo, ahí también hay “reinterpretación” de un viejo asunto: el obelisco, que deja de ser de piedra, y no sólo eso: cambia, literalmente, de sentido. Lo que vemos es una pirámide coronada por un obelisco invertido cuyo cuerpo asciende hasta el punto en que se “rompe”.4 Abaroa recibió, pues, este obelisco ya alterado, y le volvió a cambiar el sentido: como advierte el título, esta pieza debe montarse junto a un mercado sobre ruedas (y confundirse con él: de ahí su color). Debe, ya no ser el monumento “sublime” que imaginó Newman, sino una presencia semicamuflada que adopta, además, el principio nómada de los mercados ambulantes.
     En un ánimo similar, Abaroa realizó hace unos meses una versión tout-fait del antiquísimo conjunto megalítico de Stonehenge, para celebrar, desde la azotea de un alto edificio de la ciudad de México, un imposible solsticio de otoño (recreado de manera artificial). La instalación consistió, a grandes rasgos, en reproducir –por un día– la formación del círculo pétreo con baños portátiles. De ahí su título, Stonehenge Sanitario: un rebuscado oxímoron que parece plantear, a un tiempo, la mezcla entre lo público y lo privado (la experiencia colectiva del monumento desde la intimidad del baño); y la memoria (el mirar hacia atrás) como posibilidad “sanitaria” (que se da sólo a través de la “ceremonia”). Sin embargo, la importancia de este tipo de obras, efímeras, no reside tanto en su “existencia única” (el momento en que tiene lugar y donde tiene lugar) como, justamente, en su reproductibilidad (como imagen –material, o no– de algo posible). Al final, como diría un profético Duchamp: “No es el aspecto visual del readymade lo que nos interesa, sino
el simple hecho de que existe… Lo visual ha dejado de ser el asunto: el readymade ya no es, digamos, visible… retinal. Y por ‘retinal’ me refiero a que el placer estético depende casi exclusivamente de la impresión en la retina, sin apelar a ninguna interpretación auxiliar… Los jóvenes artistas del futuro se negarán a basar su obra en una filosofía tan simplista como la del dilema entre representativo o no-representativo.” ~