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15 de septiembre: El momento de gritar

Durante años creí en la fantasía colectiva de que existía alguna plaza de la ciudad de México que no estuviera llena de cientos de miles de comedores de elotes el día del Grito de Independencia:
     —No, Coyoacán se pone imposible, pero nadie va a Tláhuac —nos aseguraba Max, la Voz de la Estadística.
     Y ahí íbamos a Tláhuac y terminábamos en una batalla sorda a codazos y pisotones, donde dos mil patriotas luchaban tenazmente por pasar en sentido contrario al de otros dos mil compatriotas. De mal humor, por no encontrar satisfacción alguna en que te soplen una corneta en el tímpano cada tres minutos, o en que un adulto juguetón te ponga un champú de huevo con harina en plena cara, siempre concluíamos:
     —Basta de patriotismo. Nunca más volveremos a un Grito. De tan apretados que estábamos, casi sodomizo al globero.
     Pero nunca cumplíamos. Al siguiente año queríamos creer en la voz del Censo Poblacional:
     —No, a Magdalena Contreras no van ni veinte personas. Y el delegado político no enlista a los héroes que nos dieron patria, sólo agradece a su esposa e hijos el apoyo decidido que le han dado en su gestión y canta con el mariachi el himno a la CNOP.
     Y, previsiblemente, cuando llegábamos, la plaza de Contreras parecía una escuela china, el delegado daba los nombres de su esposa e hijos mezclados en la lista de los héroes patrios: "Viva el Cura Hidalgo, viva Allende, viva Aldama, viva Bertita, viva Guerrero, viva Coquito, vivan Morelos y Paty", y la pesadilla volvía en forma de sobrepoblación con matracas, el delegado desentonando a capella, y experiencias límite:
     —Traté de sacar un cigarro de la bolsa del pantalón y me temo que le practiqué un tacto de próstata al de adelante. ¿O es una señora?
     Después de tantos años persiguiendo el Grito idóneo, no desentraño aún el misterio de por qué la gente va. Lo más obvio sería que lo hacen para refrescarse unos a los otros la historia patria. Pero nunca resulta. Hace un par de años, estoy apresado entre dos esposos. Siento que la señora, a mi izquierda, mueve sus labios muy cerca de mis párpados para preguntarle a su marido, ubicado a mi derecha, su bigote traspasando mi abrigo:
     —Oyes gordo. ¿Y ése quién será? —pregunta la señora señalando la cara iluminada de Morelos, quien, por impericias de los iluminadores, tiene más parecido con Richard Nixon.
     —Es Benito Juárez —responde el esposo, con tanto dominio sobre la historia nacional que hasta se permite un resoplido de hastío.
     Tan cerca de la pareja, me permito una rectificación erudita:
     —Es el Siervo de la Nación.
     —Ah —se sorprende la señora—, oyes, gordo, que dice el joven que es el Siervo de la Canción.
     —Pues no se parece nada a Pedro Vargas —protesta el marido duplicando la entropía del universo.
     La otra opción es que el Grito cumpla una función propagandística, cuyo mensaje vaya de las autoridades serenas hasta los ciudadanos bañados en harina. Pero, ¿qué legitimación puede haber en exhibir, frente a millones, que el Presidente de la República no puede hacer ondear la bandera ni hacer repicar la campana al mismo tiempo? ¿Qué utilidad política puede contener la posibilidad de que la esposa del señor presidente municipal se caiga de ebria por el barandal del balcón principal? ¿Y de qué sirve que los ciudadanos confirmen que los hijos del gobernador también tienen la mirada opaca de la oligofrenia hereditaria?
     La última opción es que se haga para refundar, cada 15 de septiembre, el milagro del patriotismo: el preciso instante en que un huevo relleno de harina coincide con una cabeza y, ambos, terminan en una mesa de operaciones. Aunque imperfectos, en los Gritos hay expresiones conmovedoras del compromiso nacional. Por ejemplo, el irrenunciable momento en que la gente quiere cantar el Himno Nacional al unísono y se alcanza a escuchar un leve destiempo: "y retiembla en su suelo profanar con sus plantas tu hijo te dio". O el de la señora que se echó tanto hacia atrás, para escaparse de un cohetón descendente, que terminó desbarrancada.
     De hecho, fueron esos signos de patriotismo los que me alejaron del Grito. Dejé de asistir desde la noche en que el lado oeste de La Plaza fue atacado a olotazos por el ala norte. Resistimos como pudimos —escondiéndonos detrás de la estatua del Cura Hidalgo, cuya levita ya portaba un grafiti casi tan fallido como anacrónico: "Viva Rod Stewart" —y algunos regresaron a casa como si se hubieran revolcado en esquites. Al día siguiente de la celebración patria, me soné la nariz y de su trama profunda surgió el símbolo inequívoco del material de que está hecha la Patria: un grano de maíz con mayonesa. ~